Los milagros existen

Lo habitual cuando uno se refiere a los milagros es pensar en hechos extraordinarios como que un paralítico se levante de su silla de ruedas, que un muerto resucite o que un ciego recobre la vista.
Comprendo que circunscribir sólo a ese tipo de sucesos las intervenciones gratuitas divinas y los signos reales de su presencia, de su fuerza, de su misericordia y de su amor, podría considerarse algo muy injusto. Fundamentalmente porque Dios no cesa de enviarnos signos de su presencia entre nosotros. Ayer, hoy, mañana, Dios obra una infinidad de prodigios. Lo que sucede es que, debido a nuestra ceguera y nuestra falta de fe, no somos capaces de percatarnos de ellos.
Sin embargo, considero que el gran milagro es la de aquel que encontrándose con Cristo, fija su mirada en sus ojos porque se lo encuentra de frente y, con una gran sencillez, se deja conquistar por su amor y su misericordia. Y, a continuación, abriendo su corazón y dejando el control de la situación a Cristo, le da un sí sin condiciones. Este hecho ya es, de por sí, un milagro. Es indiferente si esa persona es notario o carnicero, si es doctor en ciencias o carpintero, si tiene una gran fortuna o es pobre de solemnidad, si es un personaje reconocido socialmente o un desconocido a ojos de los demás. Cada vez que tiene lugar ese impresionante acto lleno de misterio que es la reciprocidad llamada-respuesta, el intercambio generoso entre el amor de Dios y la fe del hombre, solo puedo llegar a exclamar con alegría a todo aquel que quiera escucharme: “¡Creedme! Los milagros existen. Yo los he visto”.

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¡Señor, creo en ti, creo que en mi vida son posibles los milagros, pero ayúdame a liberarme de mi pasajera incredulidad! ¡Señor, perdóname por cerrar tantas veces mi corazón a Ti y pensar que todo podré lograrlo con mis propias fuerzas y según mi voluntad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una oración humilde, valiente y sincera para que Tú puedas obrar en mí el milagro que me tienes preparado! ¡Espíritu Santo, Tú que eres el Espíritu de la Verdad, penetra en mi corazón y en mi mente y enséñame a creer en el Padre y abandonarme a él con una confianza profunda y radical!

Qué mejor para ilustrar esta meditación con la cantata BWV 35 de Bach Geist und Seele wird verwirret (“El espíritu y el alma se turban”) que se refiere al pasaje evangélico del milagro de la curación del sordomudo:

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