La fuerza poderosa del Espíritu Santo

Un padre de familia me muestra orgulloso una estampita de la Virgen de Medjugorge. En el reverso ha pegado la oración del Espíritu Santo del cardenal Verdier. Y me explica feliz que ha descubierto la fuerza del Espíritu Santo recientemente: “Cada vez que tengo una reunión importante me encomiendo a Él. No sabes los frutos que da”. “No sólo ante una reunión. Lo deberías hacer en todo”, replico.
“¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo!” ¡Cómo no va a actuar el Espíritu de Dios cuando le invocamos si es la fuerza que nos impulsa a seguir adelante, el que nos mantiene en el camino de la vida, el que impide que nos acomodemos, el que da alas a nuestra esperanza! ¡Cómo rechazar la fuerza del Espíritu Santo si es el alma de la Iglesia! ¡Sin la gracia del Espíritu Santo hasta el Evangelio sería letra muerta! Cuando prescindimos del Espíritu Santo ponemos freno a los frutos de nuestra vida cristiana, pensada para ser apostólica. De la mano del Espíritu Santo todas nuestras obras se vivifican. El Espíritu Santo da savia nueva a nuestra fe, a nuestra vida acomodaticia, a nuestras obras adormecidas. De la mano del Espíritu Santo nuestras infelicidades, indigencias morales y miserias se regeneran; las pústulas sangrantes de nuestros pecados se limpian y sanan; nuestras infidelidades se curan; nuestras desesperanzas se transforman en confianza.
“¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo!”. Invocar al Espíritu de Dios es camino seguro para sentirse revestido de su presencia amorosa.
La esperanza nos salva, lo dejó escrito Benedicto XVI en una de sus Encíclicas. Para vivir necesitamos esperanza. Y para esperar es imprescindible la fuerza del Espíritu Santo. Uno de los grandes peligros en el camino de oración es caer en el desaliento a consecuencia de la reiteración de nuestras faltas, y recaídas, la aparente inutilidad de nuestros propósitos y nuestra falta de confianza en la providencia divina. Es el Espíritu Santo el que nos otorga la fuerza necesaria para levantarse y comenzar de nuevo, para creer cada vez que nos sobreviene la duda. Cuando uno pide la conversión verdadera conmueve el corazón del mismo Dios, quien acude raudo para transmitir su gracia.

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¡Ven, Espíritu Santo sobre mi vida! ¡Ven Espíritu Santo consolador, que no me canse nunca de invocarte pese a que los problemas me superen, el pecado esté instalado en mi ser, el desánimo haga mella en mi vida, mi fe sea tibia y mis facultades no estén en el mejor momento! ¡Ven Espíritu Santo consolador, que eres la sonrisa de mi alma, la brisa que me da la paz, derrama sobre mí tu gracia divina para que mi vida cristiana esté revestida de amor, paz, caridad y generosidad! ¡Ven Espíritu Santo iluminador, haz de mi un sembrador de esperanza, que sepa transmitirla en mi hogar, en mi entorno profesional, en mi comunidad eclesial y entre todos mis amigos!

Comparto el Veni Sancti Spiritus de John Dunstable

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