Detalles insignificantes que alegran mi vida

No tengo por costumbre leer en la cama. En cuanto me acuesto se me cierran los ojos y el sueño se hace profundo. Ayer, sin embargo, abrí un ensayo y disfruté largo tiempo de la lectura. ¡Una delicia de libro!
Antes de dormirme siento la necesidad profunda de dar gracias a Dios por tantas gracias: por ese libro que acrecienta mi interés por la lectura; por darme oídos para disfrutar de la música clásica; por tener un techo donde cobijarme; por estos hijos que me ha dejado en custodia y que tanto me quieren; por una mujer que me soporta; por ese pan recién hecho y crujiente que me espera al día siguiente en la panadería de la esquina; por los veinte minutos de desayuno entre risas y agobios por llegar tarde al colegio; por el teléfono que me conecta con tantos amigos; por la Misa diaria que me llena de Dios; por la maravilla de poder asistir cada día a la Eucaristía o de rezar con amigos ante el Santísimo; por la sonrisa de la anciana de mi rellano que siempre tiene una palabra amable cuando nos cruzamos por la mañana; por las oraciones que compartimos en el coche; por la siesta de diez minutos que me permite ser persona a mitad del día y aguantar hasta la madrugada; por el desafío logrado que se convierte en un triunfo a la tenacidad; por esa palabra amable que he escuchado de un colega; por tantos amigos que me acompañan en mi peregrinar en esta vida; por la salud que me permite llegar a muchas cosas; por la sonrisa de los residentes del Cottolengo; por ese arroz al horno exquisito que prepara mi mujer; por la conversación a pie de calle ese amigo que tenía que ser de cinco minutos porque nos esperaban nuestras mujeres y acaba siendo de una hora; por, por, por… Son pequeñas cosas, detalles en apariencia insignificantes, que alegran mi vida.

07

¡Gracias, Señor, porque aunque pequeñas me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo! ¡Señor, ante Ti hoy dejo todos mis proyectos, mi vida, mis sueños y mi libertad! ¡Estoy, Señor, decidido a amarte y servirte haciendo siempre tu voluntad y no la mía! ¡Recibe, Señor, en tus manos la ofrenda que hoy te hago! ¡Reviste, Espíritu Santo, con tu fortaleza mi pobreza para que no tenga miedo a decirte que sí y no permitas que crea que serte fiel sólo depende de mí pues llevo en vasijas de barro el tesoro de las pequeñas cosas que me regalas sin yo merecerlo! ¡Señor, aquí estoy, Tú me conoces, sabes lo que hay en el fondo de mi corazón; te pido que me transformes, me restaures, me ilumines, que con tu gracia transforma mi alma y limpia mi corazón! ¡Señor, haz que crezca en mi interior esta sed de querer beber que en el agua viva que eres tu! ¡Y, aunque tengo tanto que agradecerte, consuélame Señor cuando venga el dolor! ¡Que no me olvide, Señor, que clavado a un madero fuiste inmolado por Amor! ¡Y cuando con mis obras sólo desee brillar, que la contemplación de tu Cruz me haga ser consciente de hasta donde yo debo llegar! ¡Gracias, Señor, de nuevo porque las pequeñas cosas de mi vida me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo!

Hoy comparto una bonita pieza de violín de Pietro Locatelli, compositor italiano que no se había asomado todavía a estas meditaciones:

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