Temor a la soledad

Tenemos pavor a la soledad; los hombres necesitamos estar rodeados de gente para no perder esa seguridad humana que otros nos proporcionan. Muchas de las soledades que jalonan nuestra vida lo provoca nuestro egoísmo, que nos encierra en nuestro mundo, en nuestra realidad cotidiana y en nuestras cosas; en definitiva, no queremos complicarnos la vida. Pero hay también soledades que son consecuencia del desamor, del no sentirse queridos por nadie o por muy pocos. Dolorosas son las soledades que provoca el pecado de otros, que señalan con el dedo de la culpa a los que quieren vivir con coherencia el Evangelio. La más hermosa de las soledades es la que Dios obsequia a nuestra alma, un regalo cuyo fin es adentrarse por los caminos de la profunda intimidad con Él y la oración.
Pasando las hojas del Evangelio comprendemos el sentido de la soledad humana. Ninguna soledad humana es comparable a la soledad de Cristo en el desierto, en el huerto de los olivos, en la Cruz o en su descenso a los infiernos. La soledad más profunda es la de sentirse abandonado por el Padre. En los momentos de dificultad, cuando los problemas de todo tipo hacen que nuestra alma sufra, todo parece desmoronarse. Es la soledad del alma. No debe darnos miedo esa soledad que, la sintamos o no, va siempre de la mano providente y amorosa del Padre. Con esa soledad es la que hemos de vivir la radicalidad y fidelidad al Evangelio, pero de manera radical y según los criterios del mundo. Cristo abrazó la mayor de las soledades que puede tener el hombre, sólo porque así llenaba de dulce y silenciosa compañía esos huecos vacíos que, a veces, tanto oprimen el alma.
En este cuarto sábado de octubre contemplo una imagen de Nuestra Señora que preside mi escritorio. Y me cuestiono cómo superó ella tantas amargas soledades en su vida, especialmente cuando con su entereza de alma, supo estar ahí, al pie de la Cruz, llenando con su presencia la soledad tremenda en que sufría su Hijo. Lo hizo porque su vida estaba impregnada de Dios, llenando de Cristo cada uno de los vacíos de Su alma. ¡Una gran enseñanza la tuya, Señora!

¡Señor, tu conoces mis miedos y mis debilidades, te pido que arranques de mi corazón todo miedo a la soledad! ¡Sabes, Señor, que son muchas las ocasiones en que mendigo amor por miedo a la soledad! ¡Ayúdame, Señor, a descubrirte a Ti como la verdadera compañía que necesito para avanzar en mi vida, para no tenerle miedo a nada, para confiar en tu poder maravilloso y disfrutar de todo lo que tienes pensado para mí! ¡Señor, hazme comprender también que en ocasiones es mejor estar aparentemente solo que hacerlo acompañado de personas que me dañan y no me dejan crecer como persona y como cristiano! ¡Señor, hazme comprender que nunca estaré solo porque Tú siempre caminas a mi lado! ¡Que Tú eres mi pastor, y a que a tu lado lo tengo todo aunque no tenga nada! ¡Y cuando la soledad se haga presente en algún momento de mi vida como una cañada oscura, como un camino sin luz, traspasa conmigo estos senderos para que lo haga sin miedo porque tu vara y tu callado me sosiegan! ¡María, Señora del Rosario, dame también tu compañía!

Os deseo un feliz sábado mariano con este Ave María compuesto por uno de los más grandes compositores renacentistas españolas,Tomás Luis de Victoria.

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