La revolución de una sonrisa

¿Por qué es tan importante sonreír cada día? Porque la revolución del amor se inicia con una sonrisa. Porque detrás de una sonrisa afable, serena, afectuosa, cariñosa y sobrenatural está siempre Dios. Porque sonreír es signo de paz y alegría. ¡Una simple sonrisa… cuanta felicidad transmite! ¿Y por qué no somos capaces de sonreír cada día?
Con un sonrisa reconocemos al que tenemos delante su dignidad como persona: por la mañana, sonreír al conserje de la oficina; al guardia del parking; a la panadera de la panadería de la esquina; a la enfermera del hospital; a tu mujer cuando te ha preparado tu arroz al horno preferido; a los enfermos del Cottolengo; a tu hijo cuando te cuenta orgulloso una cuita del colegio; a tu madre cuando se queda con tu hijo para que puedas ir a una reunión de padres; al compañero de trabajo con el que pasas muchas horas de tu tiempo; al gasolinero que te llena el depósito del vehículo; a la feligresa que pasa la bandeja en Misa; al Señor al mirarlo pendido de la Cruz al entrar en una Iglesia… Pero también, al grosero que se cruza con su coche cuando vas en moto y casi te tira; al pesado del vecino que aparca mal su coche en su plaza del parking; al del vecino que no entiende que para ver una película en la tele no se necesita el Dolby Maxi como si estuviera en un cine público…
Hay días que sonreír se convierte en un acto heroico. Cierto. Porque estás cansado; porque los problemas te superan; porque físicamente estás hecho una piltrafa; porque estás a día veinte y sabes que no llegarás a final de mes; porque psicológicamente no puedes superar tantas presiones; porque el enfado con tu mujer ha sido descomunal; porque ese amigo te ha decepcionado; porque has perdido el móvil… Y, en estas circunstancias, la sonrisa es imposible. Pero es preferible una sonrisa triste a la tristeza de no sonreír nunca.
No hemos de sonreír porque estemos contentos. Es al contrario, porque estamos contentos sonreímos. Y, aunque todo este gris a nuestro alrededor, una sonrisa no cuesta mucho y tiene un valor incalculable. Una sonrisa crea felicidad en el matrimonio, fortalece la familia, promueve la buena relación en el trabajo y es, sin duda, la mejor contraseña de la amistad verdadera. Una sonrisa ofrece alegría al apesadumbrado, luz al que se encuentra en tinieblas, descanso al que está cansado y fortaleza al hundido por el sufrimiento y las preocupaciones. Y, lo más importante, la sonrisa es como la lluvia fina. Penetra y se instala en nuestro rostro por su constancia. Soy el primero que debo aplicarme en esta tarea, por eso me pregunto: ¿Qué dificulta sonreír cuando se tiene a Dios en el corazón?

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¡Hoy, Señor, me comprometo a estar todo el día contento, con una sonrisa en el rostro para transformar al que me mira! ¡Hoy, Señor, con la ayuda del Espíritu expulsaré de mi corazón todo pensamiento que me incline a la tristeza o el dolor! ¡Hoy me propongo sonreír todo el día, Señor, sin lamentarme de nada y agradeciéndote la alegría y la felicidad que me regalas! ¡Hoy aceptaré con una sonrisa agradecida todo lo que decidas enviarme, Señor! ¡Y cuando algo no me agrade, Señor, lo aceptaré con amor y me mortificaré agradeciendo que eso haya ocurrido! ¡Señor, si acepto las cosas que tu me envías con alegría y con una sonrisa estaré poniendo a prueba mi voluntad para ser feliz! ¡Quiero pedirte, Señor, que no solo mi boca sonría, sino también mis ojos y mi corazón! ¡Espíritu Santo, lléname de tu amor para que mi rostro sea testimonio cotidiano de la alegría que el Señor me brinda cada día! ¡Señor, gracias, por el regalo maravilloso de mi sonrisa que es testimonio de mi alegría cristiana y mi amor por ti y por los demás!

El aria Con l’ali di costanza del Ariodante de Häendel es muy indicada para esta meditación. Sobre todo al escuchar el recitativo:

Oh, felice mio core!
Dopo tanti tormenti
pur giungesti alla sfera dei contenti.

Oh, mi corazón feliz!
Después de muchos tormentos
pero llegó a la esfera de lo feliz.

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