Pero tú, ¿ya sabes cuál es tu problema?

Le formulo esta pregunta a un amigo, que vive en la amargura y en la queja permanente. Le digo, con toda prudencia y con mucho amor: «Tu problema es que estás henchido de ti, pero vacío de Dios». El egocentrismo que suele llevar consigo la susceptibilidad es uno de los grandes males del corazón del hombre. Es el egoísmo colocado en un pedestal.
De los labios de mi amigo siempre surge este pronombre personal que le incapacita para salirse de sí mismo: «Me». «Me interesa…», «me conviene…», «si no me afecta…», «si me beneficia…», «si me favorece…», «si no me tratan como me merezco…», «si no comprenden lo que me pasa», «si no se hacen cargo de que me esfuerzo tanto…», «me», «me», «me»… Individualismo en estado puro. Susceptibilidad en máximo grado. ¡Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nuestro propio yo pasa por encima de todo y de todos! ¡Cuántas veces nuestro propio yo nos impide abrirnos a los demás! ¡Cuántas veces somos incapaces de abandonar el «me» para buscar el «tu»!
¡Cuánto cuesta olvidarse de uno mismo y entregarse a los demás! ¡Cuánto cuesta romper la coraza que rodea nuestro corazón, desapegarse del egoísmo que corroe nuestro interior y buscar la necesidad de los demás! ¡Cuánto cuesta aparcar nuestra propia verdad y abajar nuestros propios criterios para enfocar nuestro caminar hacia la verdad del Evangelio! ¡Qué difícil es aparcar el egocentrismo de nuestros «me» y aprender de la humildad del Señor!
El ser egocéntrico lleva como muleta la susceptibilidad porque todo egoísta ahoga en sus penas la desconfianza. El egoísta vive del recelo, del yo, de la limitación de la empatía con los demás. El egocéntrico no es capaz de hacerse cargo del sufrimiento de los demás porque siempre ha de estar en guardia, atento a lo que otros opinan o dicen de él, sin hacerse cargo de su situación. El egocéntrico ve en las actitudes de los demás intenciones con doble sentido, siempre en continua sospecha, siempre envenenando las relaciones de amistad, siempre con un grado de acidez, incapaces de aceptar una crítica o una verdad, incapacitados para confiar en los demás, recelosos de la bondad y la generosidad, etiquetando a todos y a todo, alimentando el desquite, inhabilitados para ver la belleza de los demás, hurgando en las heridas del dolor y justificando siempre su impaciencia y su infelicidad. En definitiva, viendo al mundo con hostilidad porque en realidad son incapaces de soportarse a sí mismos.
Todos tenemos nuestras mezquindades. Se trata de descubrir esos «me» que nos producen dolor para convertirlos en «aquí los tienes; te los entrego Señor». Nadie es perfecto pero basta con cambiar la visión de nuestra vida, ponerla según los criterios del Evangelio, para ser conscientes de nuestra pequeñez y avanzar hacia un cambio de actitud. Hoy, ¿no sé por qué?, tengo mucho trabajo por delante.

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¡Señor, quiero aprender de ti esa enseñanza que nos has dejado en el camino hacia la humildad: olvidarme de mi mismo para curar mi soberbia y mi egoísmo, para sanar esa enfermedad de mi alma que tanto dolor produce, para evitar tener esa mirada ruin de la vida, para evitar juzgar a los demás y mirarme en el espejo de mi indignidad, para olvidarme de que el hombre es respetado por ti cuando se abaja y se olvida de sí y, en su pequeñez, hace grande su entrega a los demás! ¡Señor, quiero caminar haciendo tu voluntad, guardando tus preceptos, buscándote de corazón sin cometer iniquidad ni seguir mi propio interés! ¡Señor, quiero ser consciente de que encontraré el reino allí donde te deje reinar, donde deje que tu justicia, tu amor y tu paz ocupen el lugar de mis torpezas! ¡Ven y quédate en mi, Señor Jesús, en mi vida diaria y toma posesión de mi para que sepa gobernar y perdonar, santificar e iluminar, para que me esfuerce en ordenar todas las cosas para el bien de todos y para renovarme por tu fuerza, tu gracia y tu misericordia! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Del músico italiano Antonio Lotti escuchamos hoy su bellísimo Laudate Dominum, las primeras palabras del Salmo 116 que dice así: Laudate Dominum omnes gentes; Laudate eum, omnes populi; Quoniam confirmata est; Super nos misericordia eius; Et veritas Domini manet in aeternum (¡Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos! Porque es inquebrantable su amor por nosotros, y su fidelidad permanece para siempre).

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