La Palabra que resuena

Los hombres no sólo escuchamos a través del oído. Lo hacemos también a través del cuerpo pues cuando estamos predispuestos a acoger la palabra ésta penetra en nuestro interior. Se amplifica a través de él. El oído no es capaz de seleccionar los sonidos. Lo oye no lo oye. La vista, sin embargo, es mucho más selectiva. El oído es capaz de precisar la sinfonía que suena en la radio, el murmullo del agua, el canto de un pájaro, las palabras amorosas de una madre a su hijo o el silbido del viento. Todo al mismo tiempo. Pero para acoger la Palabra es necesario un tiempo de silencio. Es la única manera de acoger en el corazón la voz verdadera.
Toda escucha necesita como eje fundamental el afecto. Si escuchas desde el corazón, rompes la barrera con el otro y dejas que penetre su palabra. Si es así con los hombres, ¡cómo no será con Dios!
Cuando la Palabra nos roza, nos acaricia e, incluso, nos hiere, se convierte en algo eterno en nuestro interior. La Palabra no se encuentra en el exterior sino que habita en lo más profundo de nuestro corazón. Está allí, recogida, esperando ser escuchada, necesitada de despertarse como una sinfonía hermosa cuya melodía no cansa nunca.
Toda escucha exige también atención, interés, curiosidad, solicitud… El problema es que los hombres no estamos acostumbrados a escuchar porque el mundo tiene infinidad de reclamos más importantes que centran nuestra atención. Y esa melodía hermosa queda profanada e impide que la Palabra resuene.
Dios tiene una única palabra: Jesús. Y un complemento: Amor. A partir de aquí se hace manifiesta la simplicidad del Creador. Y a través de la unión de ambas palabras todo lo demás emerge de forma radical. Basta escuchar en el interior ambas palabras para que todo lo demás vaya germinando en nuestro interior. Pero es imprescindible que en el interior de cada uno haya el mínimo de silencio y mucha atención. La Palabra nos buscará siempre en cada minuto de nuestra vida, pero hay que tener la predisposición a dejarse llenar de esa aparente simplicidad. ¡Y no tratar de manipularla a nuestra conveniencia y nuestro interés!

05

¡Señor, en este día quiero estar abierto a escuchar tu Palabra pero a mi alrededor falta el silencio! ¡Ayúdame a aprender a estar callado y a escuchar atento tu voz! ¡Que tu palabra, Señor, ilumine cada día mi vida, que tu palabra me comprometa y me ayude a vivir en tu presencia! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, pero me preocupo tan poco de Ti! ¡Tú me visitas cada día, Señor, y me invitas a que abra la puerta de mi corazón! ¡Desde lo profundo de mi ser te espero y exclamo: “Ven Señor Jesús”! ¡Quiero entregarme a Ti, Señor, mi cuerpo, mi alma y mi espíritu; mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis finanzas, mis debilidades y mis fortalezas; mi pasado, mi presente y mi futuro! ¡Todo lo que pequeño que soy, Señor, por toda la eternidad! ¡Dame, Señor, un corazón arrepentido de todo lo que he hecho que te ha herido; todos mis pecados, mis iniquidades, mi frialdad de corazón, y mi falta de confianza! ¡Espíritu Santo, te doy la bienvenida en mi vida ahora, te alabo y te amo, y te pido que me hagas dócil a la Palabra, que me ayudes a recibir las cosas que he pedido al Padre por medio de Jesús! ¡Hazme, Señor, completamente consciente de tu presencia y permíteme escuchar siempre Tu voz! ¡Señor Jesús, úngeme con el Espíritu Santo al aprender y obedecer!

Del compositor barroco inglés Richard Jones disfrutamos hoy del tercer movimiento Giga Allegro de su hermosa Sonata No. 5. en Re mayor:

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