El bien de la caridad

Una idea remueve mi corazón de manera constante. Es la señal por la que se me debe reconocer como discípulo de Cristo: amar a los demás siguiendo el mandamiento del amor, ese que muestra que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
Eso sólo se puede hacer escrutando sinceramente el corazón, analizando la propia conciencia, siendo consciente de la propia verdad. Y, desde esa realidad, averiguar si Dios anida en mi interior.
Si quiero recibir a un huésped tan egregio e ilustre he de perseverar en mis obras de amor y de misericordia. Si comprendo que Dios es amor y quiero que more en mi interior mi caridad no puede limitarse a un círculo cerrado porque la divinidad de Dios no gusta quedarse confinado en límite alguno.
Cada minuto de mi vida, cada encuentro con alguien, es un momento propicio para ejercitar la caridad porque el amor no entiende de tiempos, ni de horas, ni de minutos. El amor es un concepto de eternidad.
Todos los días se nos ofrece la posibilidad de tener una ofrenda de misericordia. No es la benignidad con el pobre mendigo, es la benignidad con el impedido por la debilidad del corazón, del necesitado de una palabra de consuelo, del que espera un abrazo de compasión, del que requiere una mirada de afecto, del que suplica un gesto de perdón…
Es la misma gracia y misericordia que Dios me concede cada día. ¿Por qué me cuesta tan poco pedir a Dios que me conceda su gracia y me supone un esfuerzo desmedido el ejercicio de la caridad hacia los demás? Lo primero que tendré que hacer es verificar el estado de mi corazón. Y tal vez descubra que el huésped que descanse en Él no sea Dios.

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¡Señor, concédeme que el Espíritu Santo me llene generosamente con sus múltiples dones, especialmente con el don de la caridad! ¡Ayúdame a expresarte siempre mi gratitud y a revelar tu bondad compartiendo lo que soy y lo que tengo, con alegría y sinceridad, como hiciste siempre Tú! ¡Hazme siempre una persona discreta y circunspecta cuando ayude a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a aprender a percatarme de las necesidades de la gente que me rodea! ¡Dame la gracia, Señor, de ser generoso de corazón siendo sensible y compasivo y también generoso de manos con acciones de servicio comprometidas y serviciales! ¡Padre, Tú nos das las cosas que necesitamos y compartes con nosotros lo mejor de Ti mismo, tu Hijo Jesús, acepta de mis humildes manos mi vida, ayúdame a compartirla con los demás sin poner ni etiquetas ni códigos de precio a cada uno de mis dones! ¡Ayúdame a ser, Señor, un verdadero discípulo de la caridad!

Del compositor barroco italiano Francesco Geminiani nos deleitamos hoy con el allegro de su festiva Sonata in re minor.

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