En la pequeñez… la fecundidad

Vivimos en una sociedad en la que quien no alcanza el éxito en algo pasa desapercibido. Por el éxito se mide a las personas. Se apuesta siempre por el triunfador, por el que gana, por el que más reluce. Y, el hombre, se apunta a la vanidad de los halagos. Y la envidia corroe a los que no lo alcanzan. Es así y no podemos negarlo.
¡Qué difícil se hace abrazar con humildad la sencillez, la minoridad, la simplicidad! ¡El éxito se asocia con el poder y el tener, con el acaparar! Pero los relatos del Evangelio nos dejan claro que pobreza y bendición van siempre unidas y que no hay que tener miedo al no tener. Ahí está el caso de la viuda del templo que dona sus dos reales, su única riqueza; o la viuda de Sarepta, a la que sólo le resta un puñado de harina y un poco de aceite en la alcuza. ¡Cuántas veces olvidamos aquello que exclama el Salmo, de que “El Señor sustenta al huérfano y a la viuda”!
Pero en los relatos de los evangelistas las categorías que se nos presentan son radicalmente diferentes a las nuestras; los hombres somos tan limitados que sólo somos capaces de pensar como humanos, no como lo haría Dios. Y Dios, Padre Creador, da importancia a lo pequeño, a lo sencillo, a lo humilde, a lo poco reconocible: cede el lugar a los que se colocan los últimos, da primogenitura a los que pasan desapercibidos, elige a las que son estériles, ensalza a los humildes, pone como ejemplo a los niños, bendice a las viudas… ¡Pero esta paradoja no es la nuestra! ¡En realidad nos puede la soberbia, el reconocimiento, el tratar de llamar la atención para ser valorados y aplaudidos, ser servidos…! ¡Queremos ser señores y no siervos! Y ahora me pregunto: ¿Puede Dios sentirse orgulloso de un corazón tan simple y vacuo como puede ser el mío que no comprende que en la pequeñez está la fecundidad?

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¡Oh Dios, creo firmemente en los planes que tienes preparados para mí, que son planes de amor y humildad, no de orgullo y vanidad! ¡Ayúdame, Padre, a comprometerme sin descanso para hacer que Tu reino crezca en mi corazón y entre las personas que se relacionan conmigo! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que me aleja de Ti! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que en este tiempo de Adviento que ahora comienza mi vida sea un compromiso hacia la verdad y que mis actitudes y decisiones sean las mismas de Jesús, Tu Hijo amado! ¡Ayúdame a buscar tu amanecer de amor y servicio más que el egoísmo que destruye mi corazón! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre constructivo y positivo, que no vea la negatividad a mi alrededor y sea siempre generoso con los demás y agradecido con lo que Tú me ofreces! ¡Y en este tiempo de Adviento que mi corazón se renueve por completo para vivir una auténtica vida cristiana! ¡Haz fecunda mi pequeñez, Señor! ¡Ayúdame a ser fecundo, Señor, desde la sencillez y desde la humildad, para que mi vida dé vida, para que mi fe sea un testimonio y cuando yo no puedad envía Tu Espíritu para que haga el trabajo por mí! ¡Gracias, porque donde yo no llegó allí estas Tú!

Con Martín Valverde cantamos el Salmo de la humildad:

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La luz del Adviento

La luz del Adviento se abre hoy invitándonos a la esperanza. Es tiempo de preparación para la Navidad. Se cierra una etapa y se abre otra. Tiempo que anuncia también el final del año. Nos coge agotados por las turbulencias experimentadas, por la vorágine del trabajo, por las dificultades que hemos tenido que sortear… Es tiempo de poner orden a aquello que nos propusimos, de hacer balance, de responder a aquellas preguntas que nos invitan a mirar nuestro interior con honestidad y ver que ha sido de nosotros en este año que concluye.
Es el peregrinaje del corazón. Es el momento de levantarse si hemos caído; de ponerse de nuevo en camino si nos hemos quedado en el umbral de la esperanza; de coger fuerzas si estamos agotados. Todo por una razón sencilla: es Cristo quien nos llama.
El tiempo de Adviento que hoy iniciamos guía nuestro corazón a Dios. Es una invitación a caminar y formularse muchas preguntas que, tal vez, durante el año hemos aparcado en nuestra oración: ¿En qué situación estoy en este momento del año? ¿Cuál ha sido mi verdadero camino? ¿Qué experiencia ha calado más en mi durante estos meses previos? ¿Cuáles han sido mis alegrías? ¿Y mis tristezas? ¿Y mi relación con el Padre y los que me rodean?
El tiempo de Adviento nos invita a abrir los ojos de nuestra vida. A disponer nuestro corazón a lo importante. Dios, la familia, la oración, la amistad, el compromiso… Y como tiempo de esperanza y espera es una llamada a centrar nuestra mirada en Cristo, que en pocos días esperará nuestra visita en el portal de Belén.

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¡Señor, en este primer día de Adviento, quiero ponerme en pie y seguir caminando hacia tu encuentro! ¡Quiero, Señor, con alegría mirarte y tratar de convertirme en un signo de esperanza! ¡Quiero acogerte en mi corazón, mi Dios, para tener más intimidad, amistad y familiaridad contigo! ¡Señor, soy consciente de que quieres hacerme partícipe de tus designios, de tu vida y de tu misma felicidad! ¡Lo acepto y te doy gracias y le pido al Espíritu Santo que sea Él el que me guíe para reconocer Tu voz en mi interior! ¡En este camino hacia la Navidad, hacia la verdadera certeza de que Cristo anida en mi alma, quiero seguir la guía del Espíritu Santo para llenarme de certezas, de profunda serenidad y de una gran paz interior!¡Ven, Señor, no tardes, ven pronto!

Para este primer día de Adviento propongo esta antifonía chipriota de gran belleza. Se trata del Veni Splendor-Lucis eternem, tan adecuada a este nuevo tiempo litúrgico.

Mirar a los que me rodean con los ojos de María

Tengo en casa una Virgen del libro hecha de piedra que mi mujer y yo compramos hace unos años en los Pirineos franceses. Es una Madonna delicada y amorosa, con un libro abierto en su regazo enseñándole, tal vez, al Niño cantos de alabanza al Padre.
Hoy me he fijado, no sé por qué, en su mirada. Limpia, amorosa y clara. Y a pesar de esa nitidez la mirada de María continua siendo un misterio para los hombres porque nunca seremos capaces de comprender totalmente la profundidad desde la que surge; la hermosura que sus ojos lucen; la belleza que sus pupilas transmiten; el resplandor intenso que nace de su alma pura e inmaculada.
La mirada a Jesús, irradia no sólo amor sino también entrega, obediencia y generosidad. Desde la cueva de Belén, la Virgen contempló al Niño consciente de que Dios tenía mucho que decir en aquel entorno. Su mirada contemplativa no sólo veía con ojos de humanidad sino, sobre todo, con ojos de Madre de Dios. En ese mismo pesebre, María fijaba su mirada comprometida a José con esos ojos de confidencia, lealtad, amistad, compañerismo… eran los ojos de la esposa y madre que ama en los momentos de soledad y de alegría, de dificultad y gozo, de pobreza y de esperanza.
Hoy le pido a María que sea capaz siempre de mirar a los que me rodean con esa misma pureza, magnanimidad, alegría y ternura con la que miró a ella a cuantos rodearon su vida.

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¡María, Madre… pon tu mirada también sobre mí! ¡Madre, pronuncio con el mismo cariño esta palabra que tantas veces pronunció tu Hijo para decirte que me consagro a Ti! ¡Te ofrezco la pobreza de mi vida, lo que soy, para que lo eleves al Padre! ¡Te ofrezco, María, mis anhelos de ser para Dios y para los que me rodean, como lo fue Jesús, siempre dando amor! ¡Mírame, Madre! ¡Mírame, porque quiero que mi corazón se deje transformar por tu hermosura y por los sentimientos de tu Hijo! ¡María, Madre del amor hermoso, quiero que tu mirada ilumine mi camino, que tu mano me guíe para lograr los ideales de mi vida, que me sienta atraído por tu corazón y que con tu consejo elija siempre en mi vida lo que es verdaderamente de Dios! ¡María, mírame, para que tu mirada sea un estímulo para mí, para que no ceje en mis luchas cotidianas, para que no me desaliente nunca, para que no deje de sonreír aunque la tristeza inunde mi corazón y, sobre todo, para que sepa dar amor a los demás como lo diste siempre Tú!

¡María, mírame! cantamos también con esta bella canción:

Vaso espiritual, honorable y digno de devoción

Hay ocasiones que rezo las letanías del Rosario de manera mecánica pues las cuentas del Rosario las paso mientras me dirijo al trabajo, o a recoger a un hijo, o manejando el coche… Pero ayer en el sosiego de una capilla pude ir desgranando la belleza de invocaciones a la Virgen y al pronunciar vaso espiritual, vaso honorable, vaso insigne de devoción… me detengo de golpe. Y miro la imagen de la Virgen situada junto al altar e, inmediatamente, después el sagrario donde descansa su Hijo. Sí, María, Nuestra Madre, es un vaso sagrado. Es el vaso que ha tenido el honor de llevar a Cristo en su vientre, que dio vida al Señor de la vida, que más que un vaso es un cáliz de amor porque en ese cáliz cada día se vierte la misma sangre que Cristo derramó en su dolorosa Pasión.
Por eso María es un vaso digno de honor y de devoción, la mujer que nos lleva a Jesús. Un vaso lleno de gracia. Un vaso lleno de Dios. Un vaso en el que María se vacía de si misma para dar cabida al Amor. Un vaso lleno de dones que recibimos del Señor. Un vaso lleno de gracias. Un vaso bendecido.
Y yo también tengo que intentar convertirme en un vaso espiritual porque como dice la Sagrada Escritura como hombre soy un vaso frágil creado por las manos de Dios, el maestro de los alfareros. Un vaso que recoja el líquido de la esperanza para lograr una profunda conversión del corazón, un verdadero arrepentimiento de las faltas y un auténtica necesidad de vivencia cristiana.
¡Señora, quiero en este último sábado de noviembre exclamar de nuevo con regocijo: Vaso espiritual, vaso honorable, vaso insigne de devoción! ¡A Ti toda mi devoción, mi amor y mi entrega!

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¡Señora mía, Tu eres la experiencia más hermosa del Evangelio! ¡En Ti, María, Dios se ha hecho Noticia Buena para el hombre! ¡Quiero imitarte en todo, María, y especialmente en como acoges y guardas como creyente la Palabra de Jesús! ¡Gracias, María, por tu corazón bueno y disponible, por tu corazón siempre limpio y puro, sincero y transparente, claro y luminoso, sencillo y humilde, lleno de luz y de amor, abierto al infinito y siempre joven! ¡Aquí estoy, Señora, tratando de ser coherente, caminando en pos de la santidad, en busca de semillas de alegría, en busca de la paz y el bien, en busca del rostro del Dios vivo, en busca de la esperanza cristiana, en busca de la paz del corazón, en busca de tu ejemplo maravilloso! ¡Totus tuus, María! ¡Siempre tuyo, María!

Acompaño esta meditación con una bella canción en francés a la Virgen María:

Nadie puede salir triste de la Eucaristía

Me ocurrió hace un tiempo en una Misa en una pequeña parroquia de barrio, saliendo de una reunión. Una Eucaristía en la más pura intimidad. Apenas cinco personas, todos ellos ancianos. En el momento de la consagración, cuando el sacerdote eleva la Hostia un hombre mayor, con voz entrecortada pero amorosa, exclama: “Señor, Jesús, ¡cuánto te amo!”.
“¡Cuánto te amo!”, esta expresión me llena de congoja y de una profunda emoción. Este hombre siente de verdad lo que está ocurriendo. La unión íntima con Cristo. Es una oración breve pero llena de amor. Como es la Eucaristía, el sacramento del amor. El anciano comulga antes que yo. Y recibe con profunda fe el Cuerpo de Cristo que se une íntimamente a Él, y en Él, a Dios Padre, en el amor del Espíritu Santo. Dios en el hombre, el hombre en Dios. Un testimonio de amor y de fe. Nunca nadie puede salir triste de la Eucaristía. ¡Claro que no, donde hay amor hay alegría!

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¡Gracias, Señor, porque cada día en la Eucaristía me das la mayor muestra de amor que se pueda dar en el mundo! ¡Te pido María que me ayudes cada día a redescubrir el carácter central de la Eucaristía para vivir en plenitud la comunión fraterna! ¡Haz, Señor, que me adhiera con fervor a tus mandatos y no dejes que jamás me aparte de Ti! ¡Gracias, Señor, porque te has entregado a mí como alimento y como amigo! ¡Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame; Agua del costado de Cristo, lávame; Pasión de Cristo, confórtame! ¡Y como este anciano, Señor, dale a mi corazón la capacidad de amar como Tu nos has amado!

Hoy os presento una joya de Claude Le Jeune, su motete Emendemus in melius, a 5 voces (Hagamos enmienda a mejor).

¡Cuando me fallan las fuerzas!

Son muchas las ocasiones que tras un esfuerzo ímprobo uno se siente sin fuerzas, incluso decae el ánimo para llevar a cabo otro tipo de actividades. Aunque uno sepa que cualquier recompensa radica en el esfuerzo y no en el resultado.
Esa misma falta de ánimo que nos impide llevar a cabo determinadas actividades profesionales tiene su traslación a la vida espiritual. Hay momentos en la vida que cuando los problemas económicos se convierten en algo acuciante, los problemas familiares hieren el alma, cuando las deudas ahogan, cuando la inestabilidad profesional se convierte en un sin vivir, cuando las tentaciones merodean por nuestro camino, cuando los deseos carnales inundan la mente como una invitación maliciosa del demonio, cuando el sufrimiento se hace insoportable… analizas tu vida y entiendes que estás sin fuerzas porque no estás suficientemente sujeto a la Cruz. Entonces surgen valerosas esas palabras del profeta Josué, que condujo al pueblo de Israel a la tierra prometida tras la muerte de Moisés, y que a mí tanto me han ayudado en momentos de decaimiento de mi fortaleza interior: «Yo te he mandado que seas fuerte y valeroso; No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas». ¡Qué gratificante sentir la compañía de Dios en mi debilidad!
El problema no radica en si tienes o no las fuerzas para avanzar en medio de los problemas sino si tienes suficiente fe y estás convencido de que Dios te acompaña siempre cuando las fuerzas comiencen a fallarte a pesar de tu esfuerzo. Yo siento que tengo una fe quebradiza porque si realmente la tuviera haría mías las enseñanzas de Jesús cuando nos recuerda aquello de que «si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: «Trasládate allá» y se trasladaría; nada os sería imposible». Por tanto, si nada me resulta imposible es intrascendente la gravedad de mis problemas, del grado de adversidad que estoy atravesando, lo acuciante de mis necesidades, la intensidad de mi sufrimiento porque en Cristo todo lo puedo y todo me fortalece. Y si es el Señor el que me fortalece y mi fe en Él es inquebrantable será Él mismo quien obre el milagro en mi vida ayudándome a sacar la fuerza de la debilidad, el espíritu de superación en el desánimo y la lucha para salir adelante en la batalla.
La debilidad humana no reside en la ausencia de fuerzas, la flaqueza no se encuentra en la imposibilidad de poder afrontar los problemas; radica en creer de verdad que Dios se encuentra caminando a mi lado y que esa presencia es más real cuando uno pone todo su empeño desde la fe y la esperanza. Y cuando las fuerzas me flaquean, cuando me siento casi sin ánimo, es la oportunidad para vislumbrar que en ese momento el Señor se quiere hacer vivencialmente presente en mi vida.

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¡Señor, tu conoces lo que hay en lo más profundo de mi corazón; ayúdame a ser un cristiano consciente de mis limitaciones! ¡Dame, Señor, a través de tu Espíritu, la fortaleza para ser valiente y no hundirme ante las dificultades que se me presentan en la vida! ¡Dame la capacidad, Señor, para tener la humildad de descubrirte a Ti en las cruces de cada día! ¡Señor, cuando las cruces lleguen a mi vida dame el don de aceptarlas con alegría, de entenderlas como oportunidad que tu me ofreces para mejorar y demostrarte lo mucho que te amo! ¡Hazme consecuente con la fe que tengo, Señor! ¡Y que todas las cruces me sirvan también para ser más caritativo y comprensivo con los demás! ¡Que me haga más humano y generososo, más amable y servicial!

La Sonata para dos violonchelos en la menor es una preciosa obra del compositor italiano Giovanni Battista Sammartini:

A cuenta de los atentados de París…

Hay quien ve en los tristes atentados en París y sus secuelas un hecho apocalíptico, como así he escuchado y leído en varios medios de comunicación y en conversaciones con amigos. No es así. No hemos de manipular la palabra de Dios. Pero sí es cierto que Jesús dice que la vida cristiana no será sencilla. Que la vida es una lucha de Dios, del amor, de la caridad, de la generosidad contra este misterio del mal y la iniquidad. Y que ocurrirán muchos momentos en la historia que el mal será terrible. Ya lo advirtió el Papa Francisco, y no se trata de imponer miedo, pero desde hace tiempo una Tercera Guerra Mundial está en marcha. Lo que sucede que es una guerra asimétrica, en la que en algunos lugares —Irak, Siria, Yemen, Nigeria…— la guerra es entre ejércitos que luchan entre sí. Hace setenta años, Hitler y el nazismo también querían dominar el mundo. Por el afán del poder, por el afán de acumular riqueza, por el afán de una superioridad de raza… ahora es por otros motivos. Por intentar reafirmar la identidad de los pueblos, por una necesidad de luchar contra imperios que durante la historia han colonizado aquellas tierras, por un fanatismo religioso, por la manipulación de la religión…
Pero a pesar de estas guerras y estos atentados los cristianos nos tenemos que coger a la fe. Todo lo que dijo Jesús en cualquier momento puede suceder a cada uno de manera individual: por un accidente de automóvil, por una enfermedad, por un ataque terrorista en un avión o una estación de tren. Pero como cristianos debemos estar asidos a la Cruz de Jesús cada día. Esta realidad nos tiene que hacer pensar qué sentido tiene para mí «mi» vida y «la» vida, de tal manera que suceda lo que suceda —una enfermedad, un accidente…— mi vida de cada día tiene que tener un sentido. No puedo estar pendiente de cuándo consiga eso o aquello, cuando logre ese o aquel objetivo, cuando pueda hacer eso o aquello… Hemos de tener proyectos en nuestra vida, Dios nos ha creado para tener proyectos hermosos pero hemos de hacerlo de tal manera que si mañana tuviésemos que presentarnos delante de Dios lo pudiésemos hacer con la alegría propia del que ha hecho las cosas bien y en conciencia.
¿Y cuál es esta manera de cada día sea una vida llena? Es amando, es hacer las cosas por amor; quien no vive para servir no sirve para vivir. Vivir para servir. Vivir para amar. Buscar el sentido de las cosas y hacerlo con amor y por amor. Amar. La acción de entregarse y abrirse al mundo y a los demás. Que cada día podamos acostarnos con el orgullo de haber tratado de hacer las cosas bien y pedir perdón por ese egoísmo, ese orgullo, esa vanidad que nos ha impedido darse a los demás. Que mi vida tenga verdadero sentido, que sea un verdadero hijo o hija de Dios. Y hay que pedírselo cada día al Señor. Es la manera de tener más paz en el corazón.

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¡Señor, concédeme la experiencia de la humildad para entregarme más a los demás y vivir más acorde con lo que Tú nos has enseñado! ¡Hazme comprender, Señor, el motivo por el cuál Tú escogiste el camino de la pequeñez, la sencillez de corazón, la entrega generosa, la vida oculta en el pequeño pueblo de Nazaret, por qué teniendo todo el poder que venía de Tu Padre, no enriqueciste a pobres, ni curaste a todos los enfermos, ni solventaste todas las desgracias y problemas, no resucitaste a todos los muertos! ¡Hazme comprender, Señor, porque el signo de tu vida fue la humillación y la Cruz! ¡Hazme comprender, Señor, porque con el ejemplo de tu vida y de tu muerte respondes a las preguntas que surgen en nuestra vida! ¡Dame, Señor, la sabiduría que viene de tu Espíritu para que sea siempre reflejo tuyo frente a los demás! ¡Ayúdame a vivir con autenticidad para vivir para servir y servir para amar!

Johann Sebastian Bach compuso esta maravillosa cantata titulada Ihr Menschen, rühmet Gottes Liebe, BWV 167 (“Alabad, hombres, el amor de Dios”), estrenada en Leipzig el 24 de junio de 1723:

¡El miedo me paraliza!

Cada uno tenemos una especie de centinela interior en el corazón. Es aquel responsable de abrir o vedar el paso a la gran mayoría de los miedos y temores que se presentan en nuestra vida. Es esa voz interior que permite que se asiente en el corazón el pesimismo, la tristeza, la desilusión e, incluso, la fatalidad. Es esa voz interior que proclama que se desea lo contrario pero que si uno se atreve a dar el primer paso y no se es correspondido, o no se cumplen las expectativas, o no se consigue el objetivo, uno se sentirá rechazado, desmoralizado o fracasado.
Esa cantinela del miedo se experimenta con cierta frecuencia. Es como una profecía del auto-engaño, el arma poderosa que tiene el demonio para luchar contra la fe del hombre, el arma más vigorosa y eficaz del cristiano. Se trata de cambiar el discurso tristón, negativista, nocivo y autodestructivo por un alegato presidido por la fe y la confianza para dejar de vivir angustiado y atemorizado por todo. Pero eso no siempre resulta sencillo.
La realidad del miedo no es cómo actúa en cada uno sino el daño que provoca en nuestro interior. Vivir con miedo puede provocar la paralización de todos los planes que Dios tiene ideados para nosotros.
La oración se convierte así en el abono del espíritu, un abono que permite que la fertilidad de la semilla de la fe implantada en nuestro corazón emerja como un brote de vida nueva. Cuando una semilla se deja de regar y alimentar acaba muriendo. Comenzaba ayer la lectura del Libro de Job e impresiona sentir aquello que aparece escrito: «lo que determines, se realizará». Cuando uno logra cambiar sus pensamientos negativos, ponerlo todo en manos del Señor, pedir en la oración con fe viva que el miedo desaparezca de su corazón, cambia radicalmente la manera de enfocar su vida.
La dificultad surge con el escepticismo que nos presenta la Palabra. En las Escrituras reposa el valor de la confianza que Dios nos pide y sobre la que todo hombre debe apoyarse. Tal vez uno no sienta que ese puede ser el soporte de su vida. No importa. El abono que se ha esparcido en el corazón absorbe adecuadamente la totalidad de los nutrientes actuando en consecuencia en el interior. Y brotará en el momento oportuno. Conocer las Escrituras ayuda a vencer los miedos que se presentan en la vida y ofrece instrucciones precisas para superar con decidida voluntad los miedos, las dudas, los temores y los sufrimientos en nuestra vida.
Hay que construir la fe cada día, abonarla, confiando plenamente que Dios es quien dice ser y que cumplirá su plan en nuestra vida. ¿O acaso no es cierto eso que exclama el Salmo de que «Dios es mi salvación, a quién temeré»?

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¡Señor, tengo fe, pero a veces dudo y tengo miedo! ¡Señor, tu me animas de dejarme dominar por los temores y los miedos, pero te reconozco que hay momentos de incertidumbre y de turbación! ¡Te pido, Señor, que en estos momentos vengas a mi corazón, ven a mí cuando el sufrimiento y la incomprensión, el dolor y las dudas, cuando los temores y los ruidos interiores me afecten y me bloqueen, me dejen sin fuerzas y sin saber cómo actuar! ¡Envía, Señor, tu Espíritu para ser fuerte ante la adversidad! ¡Ven a mí, Señor, cuando mi cuerpo enferme y mi corazón se quiebre, pero también cuando se enferme mi alma y mi espíritu! ¡Perdóname, Señor, las veces que he pensado que estabas alejado de mí o no me escuchabas, que no te interesaban mis inquietudes y mis problemas! ¡Perdón, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para no perder nunca la calma ni la serenidad! ¡Ven a mí, Señor, porque sin Ti no tengo paz! ¡Ven, Señor a mi vida!

Acompaño hoy esta meditación con la Canción de la luna del compositor checo Antonín Dvorak:

Una mirada con otros ojos

Estoy convencido que cuando Jesús caminaba por las polvorosas carreteras de Galilea y se encontraba con sus paisanos tenía siempre en mente los rostros de las personas más desfavorecidas, de tantas familias sencillas rotas por el dolor y por el sufrimiento y haciéndose partícipe del drama familiar y humano de todos ellos. Jesús, con sus gestos, dignificaba el valor de la persona humana.
Por eso Jesús tiene tan presente a los niños, esos niños que los apóstoles colocan a sus pies —niños que en aquella sociedad no contaban nada— y que Él pide que los situemos en el centro de la vida porque la capacidad que ellos tienen para solucionar sus problemas, para olvidar absolutamente las querellas personales para luego continuar jugando no lo tenemos los adultos. La inocencia de sus corazones, el no vivir con ansiedad el presente y, sobre todo, el futuro, el no dejarse arrastrar por las huellas del dolor del pasado, es algo que sólo los niños tienen capacidad para llevar a cabo. Pero si no lo hacemos nosotros, los que nos llamamos cristianos, no podemos comprender el reino de Dios.
Si no somos capaces de rehacer las relaciones humanas, de ver la dignidad del otro, de mirar hacia adelante por encima del dolor de nuestro pasado, no podremos comprender las dificultades que sin duda trae la vida. Sin duda. Y nos anima el Señor a mirar a los otros con otros ojos, con los ojos del amor, a descubrir que las relaciones humanas son difíciles —que sabemos por nuestra experiencia personal— pero cuando nuestro corazón se llena de resentimiento, de dolor y de pena sólo nos hacemos daño y hacemos daño a los demás. Cuando somos capaces de perdonar y seguir adelante en el matrimonio pero, también, en las relaciones de amistad, de vecindad y en el trabajo, en todas las relaciones humanas, y lo superamos con esperanza, sin acumular dolor y resentimiento damos una oportunidad al mundo y ponemos en práctica los valores del Evangelio. Cuando se profundiza en el Evangelio, que llega directamente al corazón del ser humano, uno comprende cómo debe cambiar su vida.
Sólo si cambiamos nuestra manera de entender el mundo, de comprender el futuro, de no dejarse arrastrar por el pasado, todo lo haremos más sencillo. Y depende de nosotros. Depende de cada uno de nosotros hacernos como niños. Este mundo en el cual las cosas nos pesan tanto, los sentimientos, las ideologías… que nos apartan unos de los otros; quizás es el momento de mirar el mundo con los ojos de un niño, como cuando éramos pequeños que todo lo veíamos nuevo, dinámico, que toda cambiaba y que impedíamos que el rencor se acumulara en nuestra vida, quizás así nuestras actitudes pueden ser diferentes y haremos mucho bien a los que nos rodean.

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¡Señor, te pido tu mirada que lo reviste todo de ternura para mirar a los demás con amor y compasión y para quedar perdonado! ¡Señor, quiero actuar como Tú, que hiciste todas las cosas condicionadas por tu amor infinito y tu compasión! ¡Ayúdame, Espíritu Santo a ser sensible y tierno con los que me rodean! ¡Ayúdame, a poseer un corazón delicado que me ayude a alcanzar al corazón que sufre, que exige atención, que necesita ser consolado! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a mirar a todo y a todos con un mirada compasiva y purificadora, comprender desde dentro! ¡Posa tu mirada, Señor, sobre mí y repíteme que me amas para sentirme revestido de tu ternura, para sentirme rehabilitado e iluminado! ¡Señor, todo lo que es mirado con misericordia, mira con misericordia, por eso te pido tu mirada para parecerme un poco a Ti y mis ojos se parezcan a los tuyos! ¡Pero también, Señor, enséñame a ser como un niño, a mirar como un niño, a disfrutar de la vida como un niño, a sacar partido de las cosas pequeñas como lo hace un niño! ¡Enséñame a confiar en ti y creer en la vida y en los demás sin hacer cálculos! ¡Enséñame a disfrutar de la vida como un niño, sin temer el futuro y quedarme pensando en el pasado!

Like a child, una canción de confianza en Dios:

¡Quiero que Cristo reine en mi interior!

Hoy es la festividad de Cristo Rey. Frente a un crucifijo de madera que me traje de Jerusalén medito el pasaje evangélico de la muerte de Cristo, el momento crucial en el que comienza su verdadero reinado en el mundo. Y contemplando la cruz comprendo que ese es el trono de su reinado. Impresiona rememorar lo que representa el rótulo que preside la Cruz: «Jesús, Rey de los judíos». Pienso que los que le ven morir estarían desafiándole a que mostrara explícitamente la fuerza de su realeza, incluso entre amigos y conocidos. Hubiese sido a los ojos de los hombres el poner a cada uno en su lugar la demostración más enfática de su realeza. Pero Cristo prefirió, sin embargo, demostrar su poder real poniendo toda su atención en un paria social, en un malhechor con el que compartía la Cruz, diciéndole: “En verdad hoy estarás conmigo en el paraíso”.
No me importa si Cristo Rey reina o no en nuestra sociedad, lo importante es si reina o no en mi interior; no me concierne si los poderosos de este mundo reconocen su poder, lo que quiero es reconocerlo yo y sentirlo vivo en mi corazón.

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¡Que seas tu el Rey y el Señor de mi vida! ¡Reina dentro de mi, ayúdame a establecer las prioridades de mi vida! ¡Impide que viva para mí mismo, encerrado en mi mismo, orientado en mi mismo porque eso me aparta de la eternidad! ¡Quiero vivir para Ti, Señor, a pesar de mis caídas y mis contrariedades! ¡Y en este día, dame una fe más fuerte y más firme para acercarme a Ti, para aprender a sufrir, para aprender a rezar, para aprender a amar! ¡Y en este día, Señor, te pido por los que no te conocen, te han desechado, te han despreciado, nunca te han conocido, viven separados de Ti o viven en el error, compadécete de ellos y acércalos a tu Sagrado Corazón! ¡Señor, Tu eres el Rey de todos, de los que te seguimos fielmente con nuestra miseria y pequeñez, de los que se han alejado de Ti por las circunstancias de su vida, de los pródigos que te han abandonado, haz que todos volvamos siempre a la casa del Padre y te reconozcamos a Ti como el verdadero Pastor! ¡Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco la pobreza de mis obras para conseguir que todos los corazones reconozcan tu realeza y para que así se establezca en todo el mundo el Reino de tu Paz!

En Ti, Señor, esperé se canta en el Te Deum, una forma de clamar por la esperanza en Dios. Hoy la rememoramos en este último domingo en la que celebramos que Dios es el Rey del universo, un reino donde domina la verdad y la vida, la justicia y el amor, la paz y la gracia. Y lo hacemos con la composición de Giovanni Valentini: