Santos de carne y hueso

Celebramos hoy la festividad de Todos los Santos, una fiesta solemne. Es un día alegre porque nos permite sentir que no caminamos solos sino que hay una nube en el cielo repleta de testigos de la fe que nos acompañan siempre. Con estos santos, que han peregrinado como nosotros, los hombres formamos el Cuerpo de Cristo. Sólo pensar que con ellos somos santificados por el Espíritu Santo es motivo de alabanza y de gozo, de júbilo y de alegría. Me hace sentirme fuerte, esperanzado, optimista, confiado porque hay una milicia celestial de santos que cada día, postrados ante Dios, intercede por mí —y por ti—, ante el Padre. ¡Qué alegría, que gozo, que contentamiento porque eso me permite poner todavía con más convencimiento mi mirada en el Señor!
Observamos a los santos en las estatuas de la iglesias, en los atrios, en las fachadas de los templos, en las plazas públicas —éstas, lamentablemente, cada vez menos— y podemos llegar a pensar que no son más que figuras inertes, pasivas, meros soñadores del pasado sin relevancia en el presente. Pero nada de eso es cierto. Los santos fueron como nosotros gente corriente, con las mismas tribulaciones y sufrimientos, con los mismos defectos y virtudes. Gentes de carne y hueso que tuvieron la valentía y el coraje de buscar la radicalidad de la santidad ordinaria, de imitar a Cristo en todos sus actos, de vivificar su vida para asemejarse a la del Señor. Hombres y mujeres de vida ordinaria, en la mayoría de los casos sencilla, aunque su corazón fuese muy grande. Gentes de integridad probada, de vida interior serena, de valentía comprobada, de entrega confiada a Dios, de servicio humilde a los que más lo necesitaban, de amabilidad alegre, de gozo cristiano, de búsqueda de la verdad, la justicia, la paz, la solidaridad y el amor, de orgullo por ser hijos de Dios sin avergonzarse de ello… Gentes corrientes, de las que no conocemos sus rostros, ni sus nombres y, ni siquiera, sus acciones, pero que fieles a su bautismo dieron un «sí» sin condiciones y que a lo largo de su vida trataron de ser coherentes con su fe y trataron de cumplir con fidelidad y amor la voluntad del Padre.
Hoy todos ellos resplandecen en la luz de la Iglesia y yo me siento gozoso porque mi corazón se ilumina por sentirme lleno de alegría al contemplar el ejemplo luminoso de tantos santos corrientes que pueblan el cielo. Y me siento alegre porque yo también puedo aspirar a la santidad. Ese debe ser mi gran deseo. Ser santo. Ser santo para sentirme cerca de Dios. Ser santo para ser luz para los que me rodean. Ser santo para pertenecer a esa comunidad de los que se sienten cerca del Padre. Ser santo para reafirmar mi vocación de cristiano. Ser santo para ser dócil a los designios de Dios. Ser santo para ser amigo verdadero de Dios. Ser santo no para lograr éxitos extraordinarios ni reconocimientos humanos sino única y exclusivamente para seguir a Cristo en la cotidianidad de mi vida marcada por las dificultades, el sufrimiento pero también por las gracias que el Señor me concede.
¡Qué día tan hermoso! ¡Qué día tan hermoso, Señor, saber que estás acompañándome en este día y me invitas a seguirte con fidelidad y confianza para algún día entrar a formar parte de la familia de los santos corrientes que pueblan el cielo en tu compañía!

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¡Señor, que alegría pensar en este día! ¡Tú me invitas a la santidad, Señor, y aquí me tienes con mi miseria y mi pequeñez dispuesto a seguir tu invitación! ¡Padre bueno, ser santo exige esfuerzo y con la ayuda de tu gracia y de la fuerza de Tu Espíritu sé que es posible lograrlo porque no es una obra mía sino una obra tuya! ¡Señor, gracias, porque en mi vida todo es un don de Tu amor y yo no quiero permanecer indiferente ante él! ¡Ayúdame a renunciar a mi soberbia, a mi orgullo, a mis dependencias, a mi pecado… para perderme a mí mismo y unirme más a ti! ¡Señor, tu exclamas que bienaventurados sean los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de la paz, los perseguidos por causa de la justicia! ¡Hago mío este mensaje, Señor, pero me resulta tantas veces seguirlo por mi autosuficiencia y mi orgullo, por mi dureza de corazón y mi insensibilidad antes las necesidades ajenas que te pido ayuda e imploro tu misericordia! ¡Dame el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, me inspiren hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen mi actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

Del maestro de capilla Jan Dismas Zelenka nos deleitamos hoy con su Missa Onmium Sanctorum ZWV 21, compuesta para la festividad de Todos los Santos:

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