Dios está aquí… ¿te lo crees?

Potencialmente hay días muy difíciles, repletos de dificultades, en lo que todo parece hundirse alrededor. Una amiga ha vivido una experiencia de profundo dolor con la pérdida de su esposo, el hombre con el que había modelado su vida, el que incluso le había rescatado de la oscuridad llevándole hacia la conversión al catolicismo. Ella era una descreída que no tenía fe y desde el noviazgo él le había hecho entender que con Cristo iba a ser más feliz porque el Señor está con nosotros todos los días de nuestra vida. Mi amiga así lo creía… pero velando a su marido en el tanatorio su dolor se había convertido en un valle de lágrimas y nos comentaba que por primera vez desde hacía mucho tiempo tenía la sensación de que Dios no estaba a su lado. Desde su bautismo no había experimentado nada semejante en su caminar por la senda de la Iglesia. En su angustia por la pérdida del ser que más quería le resultaba imposible sentir la presencia de Dios en su vida. Ella, ferviente en sus creencias, sabía que Dios no la abandonaría. Sin embargo, le costaba sentir que estaba allí. Y, repetía, inundada por las lágrimas, el dolor y la tristeza algo que muchos hemos exclamado alguna vez: «¡Señor, ¿dónde estás ahora que te necesito?»
Una situación muy dolorosa y muy triste. Tal vez tenga que pasar un tiempo para que esta amiga recupere la esperanza y comprenda que suceda lo que suceda en nuestra vida Dios siempre está con uno. Aunque las circunstancias amenacen con el hundimiento de nuestra vida, allí está Dios. Aunque los escenarios de nuestra vida nos lleven a situaciones tristemente desagradables, allí está Dios. Aunque los problemas nos invadan por todas partes llevándonos hasta la ansiedad, allí está Dios. Allí está Dios incluso en la pérdida de lo que uno más ama. Incluso como dice Isasías cuando pases por el fuego la llama arderá en ti pero no te quemarás. Allí está Dios en las circunstancias imprevistas en las que no sabes cómo actuar. Y en los obstáculos que debes saltar para salir adelante, allí está Dios. En las dificultades que debes vencer y en la falta de recursos que tienes para resolver esa situación, allí también está Dios. Y en los temores de nuestra vida, en la soledad, en el desconsuelo, en la tristeza, Dios está allí. Y en la contrariedad, todo tendrá sentido porque allí está Dios.
Porque Dios está allí siempre, a nuestro lado, envolviéndonos con su amor y misericordia, esperando nuestra madurez y nuestra confianza. Incluso en acontecimientos tan alejados de tu vida y que nada tienen que ver con uno, allí está Dios. Un Dios que está presente y que espera el mejor momento para cambiar aquello que esperas porque de nuevo el profeta Isasías nos recuerda que no hay quien de mi mano libre.
Incluso Dios está aquí, leyendo a tu vera esta meditación. Dios está aquí y quiere que entendamos que nada hay que temer porque en la vida las situaciones no se producirán como uno quiere sino como Dios lo ha dispuesto. Y, Él, que nos ha creado, sabe perfectamente cómo actuar contigo. A mí esto me llena de consuelo, y de esperanza, y de alegría, y de tranquilidad, y de paz, y de serenidad… ¡Gracias, Señor, porque estás cerca de mí, escuchas el latido de mi corazón y haces tuyas mis aflicciones!

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¡Señor, quiero serte siempre fiel aunque la oscuridad se cierna sobre mi vida y no comprendo lo que sucede! ¡Quiero, Señor, seguir a tu lado aunque las tormentas volteen el diminuto barco de mi vida! ¡Y te doy gracias, Señor, porque me permites vivir la vida cada nuevo día! ¡Gracias, Señor, porque estás a mi lado y en los momentos tristes y más difíciles me consuelas! ¡Señor, me dirijo a ti para alabarte y para decirte con alegría que mi cuerpo, mi mente y mi corazón están llenos de Ti por tantas cosas que tengo que agradecerte! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mi humilde hogar, por los alimentos calientes de cada día, por mis amigos, por tus enseñanzas, por mis cualidades y también por mis defectos que deben ser corregidos, por la belleza que puedo admirar a mi alrededor y por ese regalo espiritual que es la Eucaristía que puedo vivificar cada día! ¡Gracias, Padre, por ser mi amigo inseperable! ¡Gracias, Señor, porque cuando sonrío tú lo haces conmigo, cuando lloro tú lo haces conmigo, cuando me aflijo tu lo haces conmigo, cuando canto tú lo haces conmigo, cuando trabajo tú lo haces conmigo! ¡Gracias por el entusiasmo por vivir que me regalas! ¡Señor, gracias, por todo! ¡Gracias por la fe que me das que en los momentos de incertidumbre y de derrumbamiento, cuando mi corazón sufre, me permite mantenerme entero sabiendo que cuento contigo! ¡Gracias, Padre, porque siempre me escuchas y comprendes mi sufrimiento! ¡Gracias, porque estás aquí, conmigo, y me motivas cada día para ir avanzando en el peregrinaje de la vida! ¡Gracias, Señor, por tanto amor que no merezco!

Dios estás aquí, tan cierto como el aire que respiro cantamos en este día al Señor:

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