Quejas por todo y por todos

Si uno mira las cosas con objetividad comprende que la queja que sale de sus labios es injusta. Aunque parezca lo contrario, no hay motivos aparentes para quejarse de los demás o de las situaciones que uno vive. Basta echar una ojeada al mundo más cercano para comprender que siempre hay alguien que está viviendo una situación más complicada, más dolorosa, más sufriente. Mucho más que la de uno mismo. Pero claro, el victimismo, la queja fácil, la búsqueda de compasión, de sentirse arropado nos puede mal por ese halo sutil de arrogancia y soberbia que inunda nuestra alma.
La queja surge siempre por ese aparente desprecio que hemos recibido, por esa injusticia que han cometido contra nosotros, por esa desatención a nuestras opiniones, por ese agravio doloroso que tanto nos ha dolido, por la incapacidad para reconocer nuestra valía y nuestro esfuerzo… Entonces hay que levantar la voz y reclamar —exigir, incluso— que se nos reconozca. Vivimos de la queja. Y cuando nos quejamos no somos conscientes —o tal vez lo somos, pero nuestra soberbia nos ciega— que detrás de nuestros lamentos y suspiros quejumbrosos, de nuestras frases gemebundas, de nuestras palabras dolientes atentamos contra el Señor porque, en definitiva, es a Él quien le estamos recriminando que no se cumple nuestra voluntad, que no se hace lo que esperamos, no se impone nuestro criterio o no es tenido en cuenta nuestro siempre imprescindible parecer.
Nadie se queja jamás de no tener lo que no se merece. ¡Nos olvidamos tantas veces que nacemos llorando! ¿Por qué no evitar siempre ese quejido que trata de lograr la compasión ajena hacia uno mismo? Con ello no sólo tendremos más paz interior, sino lograremos las mortificaciones de nuestros sentidos y haremos más felices a los que tenemos alrededor. Y cuanto sea necesario desahogarse, aligerar las cargas, descargar los sufrimientos o aliviar las tristezas, ¿por qué en lugar de martirizar al más cercano no poner el dolor de nuestro corazón a los pies de la Cruz y, observando, ese cuerpo magullado que no pronunció queja alguna exclamar: «¡Señor, ¿quién soy yo para abonarme al victimismo y la queja?!». Seguro que a los pies del madero santo el alivio sanará nuestro corazón enfermo y nuestro egoísmo y nuestra soberbia quedará atemperada por el roce con ese Amor magullado por nuestro pecado.

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¡Señor, me comprometo a vivir plenamente identificado contigo! ¡Señor, no quiero ceder a la dolorosa tentación de la queja que todo lo destruye y todo lo emponzoña! ¡Espíritu Santo ayúdame a no vivir quejándome para no desconectarme de Dios! ¡Ayúdame a confiar en el Señor; que mis quejas se conviertan en oración de gratitud y mis lamentos en alabanzas a Dios por lo que Él hizo, hace y seguirá haciendo en mi vida y en la de los que me rodean! ¡Señor, perdona mis lamentos y mis quejas, ayúdame a no darle cabida a mi corazón! ¡Quiero en este día, Señor, elevar mi oración de gratitud, de confianza en ti! ¡Y como el santo Job, Señor, que pueda exclamar «Olvidaré mi queja, cambiaré mi triste semblante y me alegraré»!

Del compositor Benedetto Marcello escuchamos hoy su cantata Chiaro e limpido fonte:

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Un comentario en “Quejas por todo y por todos

  1. Muchas gracias, siempre estas meditaciones calan en mi interior! …perdón AMADO DIOS por quejarme teniéndolo todo, perdón por no ser agradecida, perdón por ser humanamente débil y necesitar de vez en cuando un hombro en el cual llorar.
    Oh DIOS bendito, hazme un corazón de barro, es todo lo que te pido: que tenga tu SENCILLEZ Y HUMILDAD, siempre tan lleno de LUZ, dame un corazón LIMPIO Y PURO, dale vuelta con tus manos y hazlo IGUALITO QUE EL TUYO.
    PD: derrama PADRE MISERICORDIOSO tu PAZ sobre este corazón imperfecto.
    Feliz y bendecido día.

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