Corredentora en la Santa Misa

Segundo sábado de noviembre con María en el corazón. Me regalan un libro con imágenes de la Virgen en el Calvario. Una de las imágenes me llama poderosamente la atención. Es Calvario y Cristo en Majestad, una tabla de 1295 que procede de las tumbas de Sancho Sánchez Carrillo y de su esposa Juana, en la iglesia de San Andrés de Mahamud (Burgos). La pieza forma parte de un extraordinario conjunto del gótico castellano temprano del que sólo han quedado ocho plafones, todos en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, y la imagen yaciente del caballero conservada en el Cincinnati Art Museum de Ohio.
Me llama poderosamente la atención la imagen de la Virgen ante un Cristo cuyo cuerpo, desfigurado, está prácticamente borrado (véase la ilustración). En la Eucaristía de la tarde esta imagen no desaparece de mi mente. Para los católicos la Santa Misa representa perpetuar, renovar y actualizar el sacrificio que padeció el Señor en el Gólgota. Asistiendo a la Eucaristía participamos directamente del sacrificio de Cristo en el Calvario. Y en la Santa Misa el Nuevo Monte Calvario es el altar eucarístico donde el mismo Señor renueva su oblación en la Cruz dando su Cuerpo en la Eucaristía y derramando su Sangre en el cáliz. ¡Qué impresionante milagro cotidiano y qué poco lo valoramos!
Y en este mismo lugar está María, la Madre, postrada a los pies de la Cruz, ofreciendo su dolor al Dios Creador para la salvación del género humano. Y, al igual que dos siglos atrás, María se encuentra orante a los pies del Altar viviendo con intensa devoción el memorial eucarístico. ¡Qué inmensa gracia cotidiana y qué poco la valoramos!
¡Creo en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía! ¡Creo en la presencia real de la Santísima Virgen como corredentora en el memorial de la Santa Misa! ¡Este doble sentimiento me llena profundamente de alegría y no puedo más que dar gracias a Dios por regalo tan grande!

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¡Gracias Padre por darnos a la Virgen como corredentora, como mediadora de todas las gracias y como abogada de todos sus hijos después del mismo Jesús, Tu Hijo amado! ¡En mi pequeñez y en mi insignificancia, María, me presento hoy ante Ti para mendigar tu amor! ¡Que aprenda de Ti poner en manos de Dios mi destino! ¡Que aprenda de Ti a sufrir como lo hiciste Tu a los pies de la Cruz! ¡Qué aprenda de Ti a tener la serenidad y la paz interior para aceptar las privaciones de esta vida! ¡Que aprenda de Ti a aceptar las humillaciones y las negaciones de la vida! ¡Que aprenda de Ti a acompañar a Jesús en el camino del Calvario! ¡Que aprenda de Ti a cargar con los dolores y la adversidad! ¡Dígnate, querida Madre, a permanecer siempre en mi corazón, en cualquier momento del día y de la noche, iluminarlo eternamente con la Luz de Tu sabiduría y calentarlo con el ardor de Tu Amor!

Para acompañar esta meditación qué mejor que escuchar una Misa dedicada a la Virgen. Se trata de la Missa in honorem BVM:

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