Que mis actos sean obras para Dios

Hoy es la festividad de la presentación de la Santísima Virgen en el Templo acompañada de sus padres, san Joaquín y santa Ana, que seguían la tradición judía de presentar a sus primogénitos a Dios. Es una fiesta hermosa. Hoy mi corazón está más unido a Nuestra Madre que, desde su Concepción Inmaculada, por la voluntad de Dios, estuvo consagrada a Él. Esta presentación corrobora la consagración interior a la que la Virgen estaba predestinada.
El gran aprendizaje para mí en este día es que, como hizo la Virgen, debo prepararme para realizar en mi vida los designios de Dios y que todos mis actos sean obras para Él. Como hijo de Dios soy templo vivo del Espíritu Santo y me alma se abre a su luz. En el Templo la Virgen se abrió al continuo amor del Padre desapegándose de lo terrenal para dar su fiat («¡Hágase») incondicional a la voluntad divina. ¡Y cuánto me cuesta a mí decir siempre que «sí» al Señor!
Hoy también es la fiesta de todas las personas consagradas a Dios en la vida religiosa pero lo es asimismo de todos los bautizados que hemos sido elegidos por el Padre que nos ha creado para cumplir en nuestras vidas su designio divino.
En este día siento que debo imitar a la Virgen en su humildad, en su entrega decidida al Padre, en su confianza, en su celo apostólico, en la profundidad y sencillez de su oración, en su sincero amor a Dios, en su consagración a Él, en la necesidad de desapegarme de lo material y, sobre todo, del qué dirán los demás. Imitándole a Ella me será más fácil darle a Dios ese que espera de mí.

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¡María, Madre de Bondad y Misericordia, quiero imitarte en todo para llegar a ser un buen hijo de Dios! ¡Acógeme, Señora, en el templo espiritual que es tu Corazón Inmaculado para impregnarme de la sabiduría de Dios y donde el corazón crece cada minuto en el amor a Dios y a los demás! ¡Sagrado Corazón de María me entrego a Ti y al Sagrado Corazón de Tu Hijo! ¡Te encomiendo también a aquello que no conocen a Dios, cuyas almas están muertas y sus cuerpos magullados por el dolor, por aquellos que viven en la desesperanza, por los que no tienen fe, por los que están atrapados por el materialismo y el consumismo, por los que pasan por situaciones de oscuridad espiritual, por los que no tienen esperanza! ¡Entra en su corazón! ¡Y en este día, especialmente, quiero dar gracias al Señor por mis padres que fieles a su fe me presentaron en el templo el día de mi bautismo para que, en el caminar de mi vida, cumpliera la voluntad de Dios y mi cuerpo se convierta en morada del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, por este regalo que me diste! ¡Te ofrezco a mi mujer y a mis hijos! ¡Hazlos tuyos, María! ¡Protégelos siempre, Señor! ¡Te pido también por todos los consagrados y consagradas del mundo entero y, especialmente, aquellos y aquellas que están cerca de mi corazón, para que sean fieles a Dios y al mensaje del Evangelio que testimonian con su vida y su ejemplo!

Oh Dios que has querido que la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo, fuera presentada en el templo, concédenos, que por su intercesión, merezcamos ser presentados al templo de tu gloria, nos invita la Iglesia a rezar hoy. Y para honrar este día, lo cantamos con este bellísimo Ave María a cuatro voces del compositor suizo Johann Baptist Hilber:

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