Vaso espiritual, honorable y digno de devoción

Hay ocasiones que rezo las letanías del Rosario de manera mecánica pues las cuentas del Rosario las paso mientras me dirijo al trabajo, o a recoger a un hijo, o manejando el coche… Pero ayer en el sosiego de una capilla pude ir desgranando la belleza de invocaciones a la Virgen y al pronunciar vaso espiritual, vaso honorable, vaso insigne de devoción… me detengo de golpe. Y miro la imagen de la Virgen situada junto al altar e, inmediatamente, después el sagrario donde descansa su Hijo. Sí, María, Nuestra Madre, es un vaso sagrado. Es el vaso que ha tenido el honor de llevar a Cristo en su vientre, que dio vida al Señor de la vida, que más que un vaso es un cáliz de amor porque en ese cáliz cada día se vierte la misma sangre que Cristo derramó en su dolorosa Pasión.
Por eso María es un vaso digno de honor y de devoción, la mujer que nos lleva a Jesús. Un vaso lleno de gracia. Un vaso lleno de Dios. Un vaso en el que María se vacía de si misma para dar cabida al Amor. Un vaso lleno de dones que recibimos del Señor. Un vaso lleno de gracias. Un vaso bendecido.
Y yo también tengo que intentar convertirme en un vaso espiritual porque como dice la Sagrada Escritura como hombre soy un vaso frágil creado por las manos de Dios, el maestro de los alfareros. Un vaso que recoja el líquido de la esperanza para lograr una profunda conversión del corazón, un verdadero arrepentimiento de las faltas y un auténtica necesidad de vivencia cristiana.
¡Señora, quiero en este último sábado de noviembre exclamar de nuevo con regocijo: Vaso espiritual, vaso honorable, vaso insigne de devoción! ¡A Ti toda mi devoción, mi amor y mi entrega!

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¡Señora mía, Tu eres la experiencia más hermosa del Evangelio! ¡En Ti, María, Dios se ha hecho Noticia Buena para el hombre! ¡Quiero imitarte en todo, María, y especialmente en como acoges y guardas como creyente la Palabra de Jesús! ¡Gracias, María, por tu corazón bueno y disponible, por tu corazón siempre limpio y puro, sincero y transparente, claro y luminoso, sencillo y humilde, lleno de luz y de amor, abierto al infinito y siempre joven! ¡Aquí estoy, Señora, tratando de ser coherente, caminando en pos de la santidad, en busca de semillas de alegría, en busca de la paz y el bien, en busca del rostro del Dios vivo, en busca de la esperanza cristiana, en busca de la paz del corazón, en busca de tu ejemplo maravilloso! ¡Totus tuus, María! ¡Siempre tuyo, María!

Acompaño esta meditación con una bella canción en francés a la Virgen María:

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