En la pequeñez… la fecundidad

Vivimos en una sociedad en la que quien no alcanza el éxito en algo pasa desapercibido. Por el éxito se mide a las personas. Se apuesta siempre por el triunfador, por el que gana, por el que más reluce. Y, el hombre, se apunta a la vanidad de los halagos. Y la envidia corroe a los que no lo alcanzan. Es así y no podemos negarlo.
¡Qué difícil se hace abrazar con humildad la sencillez, la minoridad, la simplicidad! ¡El éxito se asocia con el poder y el tener, con el acaparar! Pero los relatos del Evangelio nos dejan claro que pobreza y bendición van siempre unidas y que no hay que tener miedo al no tener. Ahí está el caso de la viuda del templo que dona sus dos reales, su única riqueza; o la viuda de Sarepta, a la que sólo le resta un puñado de harina y un poco de aceite en la alcuza. ¡Cuántas veces olvidamos aquello que exclama el Salmo, de que “El Señor sustenta al huérfano y a la viuda”!
Pero en los relatos de los evangelistas las categorías que se nos presentan son radicalmente diferentes a las nuestras; los hombres somos tan limitados que sólo somos capaces de pensar como humanos, no como lo haría Dios. Y Dios, Padre Creador, da importancia a lo pequeño, a lo sencillo, a lo humilde, a lo poco reconocible: cede el lugar a los que se colocan los últimos, da primogenitura a los que pasan desapercibidos, elige a las que son estériles, ensalza a los humildes, pone como ejemplo a los niños, bendice a las viudas… ¡Pero esta paradoja no es la nuestra! ¡En realidad nos puede la soberbia, el reconocimiento, el tratar de llamar la atención para ser valorados y aplaudidos, ser servidos…! ¡Queremos ser señores y no siervos! Y ahora me pregunto: ¿Puede Dios sentirse orgulloso de un corazón tan simple y vacuo como puede ser el mío que no comprende que en la pequeñez está la fecundidad?

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¡Oh Dios, creo firmemente en los planes que tienes preparados para mí, que son planes de amor y humildad, no de orgullo y vanidad! ¡Ayúdame, Padre, a comprometerme sin descanso para hacer que Tu reino crezca en mi corazón y entre las personas que se relacionan conmigo! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que me aleja de Ti! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que en este tiempo de Adviento que ahora comienza mi vida sea un compromiso hacia la verdad y que mis actitudes y decisiones sean las mismas de Jesús, Tu Hijo amado! ¡Ayúdame a buscar tu amanecer de amor y servicio más que el egoísmo que destruye mi corazón! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre constructivo y positivo, que no vea la negatividad a mi alrededor y sea siempre generoso con los demás y agradecido con lo que Tú me ofreces! ¡Y en este tiempo de Adviento que mi corazón se renueve por completo para vivir una auténtica vida cristiana! ¡Haz fecunda mi pequeñez, Señor! ¡Ayúdame a ser fecundo, Señor, desde la sencillez y desde la humildad, para que mi vida dé vida, para que mi fe sea un testimonio y cuando yo no puedad envía Tu Espíritu para que haga el trabajo por mí! ¡Gracias, porque donde yo no llegó allí estas Tú!

Con Martín Valverde cantamos el Salmo de la humildad:

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Un comentario en “En la pequeñez… la fecundidad

  1. Perdona Oh Padre bueno nuestra altivez, permite que por siempre seamos como las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros… y sin embargo, con AMOR CELESTIAL las alimentas.
    Un corazón como el tuyo es lo que deseamos AMADO DIOS…
    Gracias por tan bonita meditación! gracias por tan hermosa canción.
    Bendiciones infinitas.

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