Un nuevo capítulo de mi vida

Esta última noche del año escribiremos un capítulo más en la historia de nuestra vida. Lo que hayamos redactado con absoluta libertad en las páginas de este libro, en la que nosotros somos los únicos protagonistas, no podremos borrarlo. Dios nos lo entregó para que lo fuéramos cumplimentando y como cada año nuestras notas diarias habrán dejado su impronta. En lo escrito no caben borrones ni enmiendas. No es posible corregir nada. Ahora, esa parte del libro sólo pertenece a Dios… y a nuestra conciencia. Este capítulo de nuestra vida forma parte de la eternidad. El día del juicio final lo releeremos juntos, Dios y cada uno de nosotros, con todas sus consecuencias.
Antes de que concluya el año es la oportunidad de sentarse frente al Señor, con el libro abierto en el capítulo “2015”. Habla de nosotros mismos. De nuestra historia, la que nosotros hemos escrito personalmente. Es recomendable leerlo despacio, en conciencia. Saborear los momentos alegres y dar gracias por ellos. Recordar las páginas más amargas y dolorosas, y elevar también nuestras gracias al Padre. Deleitarse con los pasajes más hermosos y tratar de corregir en nuestro corazón aquello de lo que nos arrepentimos.
Las páginas que hay que leer con más atención son aquellas de las que no nos sentimos orgullosos. Las que más duelen. Las que más nos avergüenzan. Las que nos producen dolor. Intentar arrancarlas es inútil. Serán sustituidas por las nuevas páginas que escribamos en el año que comienza.
Es el momento de recrearnos también con aquellos pasajes en los que el Señor está presente. ¡Que bellas son las escenas en las que Dios se nos muestra con su amor y misericordia!
Cuando decidamos cerrar el libro, tomémoslo entre las manos y entreguémoselo al Padre pronunciando tan sólo dos frases muy simples: “Gracias, Dios mío” y “Perdón, Padre bueno”. Dios, que es amor, siempre perdona y abre nuevos caminos a nuestra esperanza. Y nos permite escribir con toda libertad un nuevo capítulo de nuestra vida. Si lo que escribamos va acompañado de su mano y de su corazón tal vez al final del año que comienza nos sintamos orgullosos de nosotros mismos. Para ello, la primera frase de este nuevo capítulo podría ser esta: “Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía”.

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En cualquier caso, Padre mío, ¡te pido que me llenes de tu bondad y de tu alegría, de tu claridad y sabiduría, de tu amor y tu misericordia, de tu bondad y tu optimismo, de tu fuerza y tu prudencia, de tu magnanimidad y tu clarividencia para iniciar el año nuevo con energías renovadas! ¡Regálame un año feliz y enséñame a repartir felicidad!

¡FELIZ AÑO A TODOS LOS LECTORES DE ESTAS MEDITACIONES!

Hoy escuchamos la Cantata BWV 171 de Juan Sebastian Bach para el año nuevo:

Traspasar la barrera del miedo

Tener miedo forma parte de nuestra pobreza. Miedo al dolor, al fracaso profesional, a la muerte, a equivocarse en las decisiones vitales, al descontrol, a la soledad… El miedo es el parachoques que nos previene de los peligros y nos mueve a la reacción; nos hace conscientes de que, en nuestra humanidad, no podemos con todo. El miedo, unido a todo aquello que no controlamos y que amenaza con aplanar nuestra vida, la felicidad, la seguridad económica, la salud… es el símbolo de esa barcaza sacudida por el oleaje y que asegura el hundimiento seguro.
El más profundo de los cambios es traspasar la barrera del miedo y agarrarse a la confianza. “No temas”, son las palabras que el Señor dirige al corazón de nuestros miedos. Una voz que nos devuelve la paz perdida, que infunde serenidad al corazón. El miedo humano no se espanta con razones, se acalla con presencias que apoyan nuestro ánimo. Sucede en lo humano, se manifiesta en la fe.
Sucede que, derrotando nuestros miedos primerizos al cambio, repletos de confianza nos atrevamos a “saltar de nuestra barca” y empecemos a “caminar sobre las aguas” de lo desconocido, animados por esa voz que nos alienta, como le sucedió a Pedro. Ocurre cuando nos atrevemos a dar cambios relevantes en nuestra vida y nos tomamos en serio el seguimiento de Jesús. Son los cambios que tienen su raíz en la generosidad, la buena predisposición, la ilusión y el sentimiento de que queremos y estamos dispuestos a lograrlo. Y, es frecuente que, tras esta decisión valerosa, los miedos retornen con mayor fuerza de la esperada. En este caso el desconcierto y la sensación de zozobra es más intensa. Siempre existe un miedo antes del cambio y otro después del cambio. ¿En qué sustentamos los cambios profundos de nuestra vida? ¿Qué o quién sostienen nuestras trasformaciones? Hay cambios que se logran por uno mismo, que dependen exclusivamente de la propia capacidad y de la fortaleza para derrotar la propia resistencia y los miedos. Pero hay cambios que sólo se sostienen por la Gracia. Para los primeros es necesaria mucha generosidad y valentía. Para los segundos, los requisitos indispensables son humildad y confianza. Y, al terminar el año, es bueno sopesar cómo hemos vivido y qué miedos nos han paralizado para avanzar hacia la santidad cotidiana, esa a la que todos estamos predestinados.

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¡Dame la gracia, Señor, para vencer mis resistencias! ¡Permíteme que seas Tu el que haga y me conduzca siempre! ¡Gracias, Señor, porque arrojas de mi vida las angustias, las penas, las tribulaciones, las confusiones, la ansiedad y todo aquello que me aleja de Ti y que tanto te desagrada y permites que me abandone a Tu voluntad con confiada esperanza! ¡Señor, me invitas a no tener miedo! ¡Me invitas a grabar bien esta frase capaz de transformar mi vida espiritual! ¡Me invitas a tener confianza en Ti para realizar los anhelos bellos y nobles que Dios ha sembrado en mi corazón! ¡Señor, soy feliz por tu elección y tu llamada! ¡Estoy alegre, Señor, porque siento que soy tuyo y que Tu amor me envuelve cada día! ¡Mi corazón salta de gozo, Señor, porque me amas y que nadie me puede quitar tu amor! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que me dé la fortaleza para avanzar, la sabiduría para comprender, la paciencia para esperar! ¡Y, Señor, cuando sienta miedo o angustia, recuérdame lo mucho que represento para ti! ¡Me consuela saber, Señor, que soy valioso para Ti y que me amas con un amor infinito! ¿Cómo Señor, puedo alabarte por tu gran amor? ¡Venciendo el miedo y transmitiendo a todos mis hermanos que no tengan miedo, pues todos somos valiosos para ti!

Una pequeña joya de Telemann. Su Aleluya del Salmo 117:

¡Dios me escucha! ¡Y yo lo quiero compartir!

La creación es como una sinfonía maravillosa que nos une a la mano creadora de Dios. En ella, las notas que se deslizan en el pentagrama de la vida une las voces de los pájaros y los vientos, la oscuridad de la noche y la luminosidad del día, la omnipotencia de las montañas y la quietud de los valles, la inmensidad de los mares y la sinuosidad de los ríos, la enormidad de los cetáceos y la delicadeza de las insectos…
En esta gran sinfonía perfecta mi sencilla voz trata de hacerse escuchar. No es una voz vibrante, que enamore. De hecho, la mayoría de las ocasiones es un desatino por lo que desafina. Y las palabras que surgen de mis labios demuestran la pobreza de mi ser.
Pero aún y así, postrado ante el sagrario en actitud orante, necesito y deseo elevar mi alabanza a Dios, invocarle desde el corazón, como esa alma que suplica de su bondadosa paternidad la misericordia y la compasión.
Soy pequeño y un pecador. Tropiezo en la misma piedra una y otra vez. Por eso, mi corazón se estremece cuando se pone a cantar porque desearía poderle ofrecer un canto puro y limpio que surja de un corazón que sepa transmitir amor.
Me duele cantar de esa manera. Sin embargo, consciente de mi pequeñez extiendo mis manos para ofrecer pobreza, miseria e incapacidad.
Pero entonces Dios, que escucha desde el trono de la divinidad el coro de voces que suplican su amor, escucha mi voz, como escuchó la de aquel pobre hombre, que suplicaba en la penumbra del templo, con sencillez y aflicción: “¡Dios mío! ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!”.
Dios me escucha. Y me mira con ternura. Y acoge en su corazón esa voz frágil, quebradiza, desafinada y temerosa de ese hijo que le ha ofendido en tantas ocasiones para a continuación mendigar su perdón.
Y esa voz tenue y desafinada se vuelve firme y vigorosa para elevar a Dios un canto que exclama su fidelidad eterna. Es un canto que alaba a Dios y que agradece su Amor eternal a pesar de mi miseria y mi debilidad.
¡Dios es grande y su misericordia infinita! ¡Y yo lo quiero compartir!

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¡Jesús, amigo, ten piedad de mi, miserable pecador! ¡Señor, sé que con frecuencia actuo mal, que no hago lo que Tú esperas de mí, que mi forma de actuar se aleja muchas veces del camino del amor, que mis palabras hieren a los que me rodean, que mis pensamientos no vivifican el mandamiento del amor! ¡Señor, también sabes que me duele actuar así! ¡Me duelo porque traiciono tu amor y el de los demás! ¡Te pido, perdón, Señor, y te suplico la fuerza de Tu Espíritu para vivir como viviste Tú! ¡Transforma mi vida, Señor! ¡No te quiero rechazar porque eres el gran regalo del Dios del perdón! ¡Y a Tí Padre, soy consciente que he quebrantado tus leyes y que mis pecados me separan de ti! ¡Perdóname y ayúdame a no pecar de nuevo! ¡Creo firmemente que Tu Hijo Jesucristo murió por mis pecados, resucitó de la muerte, está vivo y escucha mi oración! ¡Anhelo que Tu Hijo Jesús se convierta en el Señor y Salvador de mi vida, a que gobierne y reine por siempre en mi corazón! ¡Envía tu Espíritu Santo, Dios de bondad, para que me ayude a obedecerte y a hacer tu voluntad por el resto de mi vida!

Nos deleitamos hoy con la obertura, el recitativo y el aria inicial de La Creación de Joseph Haydn:

Valentía frente al aborto

El día de hoy recordamos a los Niños Inocentes que el sátiro Herodes ordenó asesinar tras el nacimiento de Cristo. Un día de reflexión sobre todos los niños y niñas que sufren con Jesús la santa inocencia de Cristo… Fueron estos infantes inocentes los primeros cristianos santos de la Iglesia. Por eso se les asegura, desde tiempos inmemoriales, su lugar de privilegio en el calendario de los Santos. Tuvieron el honor de ser los salvadores de nuestro Salvador. Aquellos niños no sólo murieron por Cristo, lo hicieron en su lugar. Recordamos hoy también el sufrimiento martirial de tantos niños en el mundo que han sido abortados, el mayor genocidio consentido en nuestra sociedad desde hace varias décadas. La gravedad de estas muertes aceptadas por la sociedad ha menguado progresivamente en la conciencia de tantos hombres y mujeres, muchos de ellos cristianos. El aborto es un crimen que no permite distinción entre el bien y el mal porque lo que se dilucida es el derecho fundamental a la vida. Seamos siempre valiente a defender el derecho a la vida y no giremos la mirada nunca la mirada por razones de interés o por engañar nuestra conciencia.

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¡Dios mío, enséñame a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada!

Recordamos a los Santos Inocentes con este canto del Aleluya: Laudate Pueri Dominum dedicado a ellos:

¡Bendita sea la Navidad!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya!
Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Hoy nos ha nacido un Salvador, cantamos para glorificar a Dios:

¿Cuál es mi estado espiritual al recibir a Jesús en la Eucaristía?

Me hago esta pregunta con frecuencia meditando cuál sería el de la Virgen María en el momento de la Anunciación. En este cuarto sábado de diciembre, al día siguiente de que María haya dado a luz en Belén, contemplando y siguiendo a Nuestra Madre, Ella que tuvo en su seno al Hijo de Dios, puedo tomarla como ejemplo para comprender cómo debo yo recibir a Jesús en la comunión eucarística.
La respuesta es sencilla. Con fe, esperanza, alegría y pureza de corazón. Lo mismo que sucedió el día que el mensajero de Dios, el ángel san Gabriel, llevó a cabo la Anunciación y le anunció a la Virgen la Buena Nueva de que el Espíritu Santo descendería sobre Ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra para advertirle a su vez que lo que naciera de su seno sería santo y llamado Hijo de Dios. Y María, en su humildad y sencillez, exclamó llena de gozo: «He aquí la esclava del Señor; ¡Hágase en mi según tu palabra!». Emociona sólo de pensarlo.
Por tanto mi estado espiritual debe estar lleno de fe, de fe en la Palabra de Dios que en boca del ángel nos hace comprender que Jesús fue encarnado en el seno de una joven humilde de Nazaret y que prolonga la Encarnación en el altar eucarístico durante la Santa Misa.
Y también de esperanza, esa esperanza que es una anticipación de la vida eterna aquí en la tierra.
Y alegría por sentir que la existencia de Dios es verdadera y que ese Dios que se encarnó en el seno de la Virgen anhela habitar mi corazón en cada comunión si lo recibo con fe y esperanza.
Y pureza de corazón necesaria para recibir a Dios y dejar a Cristo hospedarse en el interior de mi corazón, limpio de pecado y de iniquidad. Y, cada día, al recibir a Jesús Eucaristía tendré presente el estado espiritual de María Santísima para pedirle la gracia de recibir a su Hijo en cada comunión, con la misma fe, la misma esperanza, la misma alegría y la misma pureza de corazón con que lo hizo Ella.

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¡María, tu sabes que hay momentos en los que todo me desborda, que no puedo más, que no encuentro salida, en que la tristeza se apodera de mi, que todo es difícil… pero surge una luz! ¡Es la luz de Tu Hijo, Jesús que despierta en mi una nueva ilusión, una alegría renovada, que da fuerzas a mis desesperanzas y ganas de luchar para salir adelante! ¡Y, María, puedo sentirlo en mi corazón porque se hace presente en la Eucaristía! ¡Gracias, María, por tu fiat! ¡Gracias, María, por haber encarnado al Hijo de Dios, que en la Eucaristía se convierte en Pan Vivo bajado del Cielo! ¡Y, a Ti, Señor, gracias, por estar siempre conmigo! ¡Gracias Señor, porque en la Eucaristía me unes a tu vida en la medida en que yo estoy dispuesto a entregar la mía! ¡Y hoy, Señor, en el día de san Esteban, el primer mártir que no se avergonzó de su fe cristiana y derramó su sangre por Ti, te pido por todas las personas que viven situaciones difíciles y por las familias que están pasando por situaciones complicadas! ¡Te misericordia de todos ellos, Señor!

Adoremus in Aeternum para acompañar la meditación de hoy.

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación

¡Feliz Navidad a todos los lectores de estas meditaciones! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!

Quisiera hoy interiorizar esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»? En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy Jesús nos demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
Ayer noche cantamos en casa el Adeste Fideles. Y con gran alegría puse el corazón en la estrofa final que reza así:

Pro nobis egenum, et foeno cubantem,
Piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis non redamaret?
Venite adoremus, venite adoremos
Venite adoremus Dominum.

Por nosotros pobre y acostado en la paja
Démosle calor con píos abrazos
A quien así nos ama ¿quién no le amará?
Venid, adoremos, venid, adoremos
Venid, adoremos al Señor.

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Por eso, hoy exclamo con alegría desbordante, con emoción contenida, con amor eterno: ¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Una bella cantata de Waugham Williams para el día de Navidad: A Christmas Cantata: II. Narration: Now the birth of Jesus Christ

Esta noche nacerá un Salvador

Esta noche nacerá un Salvador: el Mesías, el Señor. ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida! Que Dios se hace niño para permanecer entre nosotros. Hoy Dios entra en el mundo para acompañarnos.
Hoy quiero sentirme un humilde pastor de Belén, una alma sencilla, haciendo vela, dispuesto a dormir al raso, siendo un testigo privilegiado del nacimiento de Dios. Se lo decía a nuestras hijas ayer noche. A pesar de los problemas, de las dificultades, del sufrimiento pesan más las cosas bonitas que nos han ocurrido este año sabiendo que Cristo está a nuestro lado cada minuto de nuestra vida y que lo hará hasta el final de los tiempos.
Y me siento un pastor presuroso a reaccionar al anuncio del ángel. Y lo que vamos a vivir esta noche no quiero que me deje indiferente. Por eso quiero caminar hacia Belén, decidido y alegre, conmovido y expectante. Quiero alejar de mi corazón las preocupaciones, los problemas de mi trabajo diario, mis cansancios… Quiero responder a la llamada del ángel, que susurra en mi corazón. Quiero que hoy el Señor me encuentre velando, orando, meditando este acontecimiento tan importante en nuestra vida. Quiero aparcar mi rebaño que se manifiesta en vivir encerrado en mi propio yo, en mis egoísmos y mis intereses, en mis medianías, en mi soberbia y mis tonterías, en mis pegas y excusas cuando se trata de las cosas del Padre.
Quiero que esta noche me coja bien despierto, con los ojos bien atentos, con el corazón predispuesto. Quiero estar en comunión con el Señor; sentirlo vivo en mi corazón; escuchar los susurros del Espíritu Santo; dejarme guiar por la voluntad del Padre; actuar, pensar y vivir de acuerdo con lo que espera de mí; poner las cosas de Dios en mi vida como algo prioritario; no dejarme oprimir por las urgencias de la vida cotidiana…

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¡Quiero amarte Señor! ¡Quiero sentirte, Niño Jesús! ¡Quiero abrazarte con el mismo mimo que tu Madre, la Virgen María! ¡Quiero arroparte con telas dignas que cubran tu desnudez divina y oculten la desnudez de mi alma humana, Niño Dios! ¡Quiero, Señor, deshacerme de esos pañales ásperos y sucios producto de mi miseria y mi pequeñez y arroparte con trapos de hilo que cubran también mi alma sedienta de Ti!
¡Que nazcas de nuevo en mi vida, Niño Dios, y que en el pesebre de mi interior se renueve mi pobreza espiritual, mis infidelidades hacia ti y mis amores tantas veces egoístas e interesados! ¡Te quiero, Cristo Niño, porque contigo hoy en mi corazón veré la vida con optimismo, confianza, esperanza y alegría! ¡Renueva y transforma mi alma, Niño Jesús, para que pueda caminar siempre a la luz de Dios! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz un corazón semejante al tuyo!

Gaude, Gaude, Emmanuel entonamos hoy con alegría:

Exteriorizar la alegría

En la entrada de una tienda, escrito con letras rojas sobre un trozo de madera, leo este proverbio oriental: “Cuando estás triste no serás capaz de ascender ni una colina; pero si estás alegre, no se te resistirá ni la montaña más alta”. Prosigo mi camino, pensando en esta frase que la dueña de la tienda ha colocado en el escaparate invitando a la alegría cotidiana.
No hemos de conformarnos con sentir alegría, hemos de exteriorizarla. La alegría es un regalo de Dios. Hay que aprender a utilizarla, conservarla, expandirla y regalarla. La alegría está en todas partes.
Y, ahora, que esperamos con alegría la inminente llegada de Cristo en Belén, nuestra alegría tiene que ser más intensa en estos días porque sabemos que Dios está cerca; tomará nuestra condición de hombres para, menos en el pecado, ser uno más de nosotros.
El horizonte de la vida cristiana no está exenta de experiencias dolorosas, de pruebas, de sufrimiento, de rechazo, de dificultades, de incomprensiones, de dolor y de conflictos. Pero en medio de todas las pruebas hay que saber conservar el dinamismo de la alegría, porque es mucho más que un sentimiento fugaz, es un estado permanente del espíritu que nace de la fe y del compromiso con Cristo. La alegría es el canto de un corazón lleno de Dios.

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¡Señor, quiero estar alegre, pero a veces los problemas y las tribulaciones me consumen, concédeme tu gracia para tener siempre mi corazón en paz, alegre y radiante en amor! ¡Jesús, maestro bueno, que mañana te harás presente en Belén, quiero seguir tus pasos! ¡Dame tu Espíritu para aprender a vivir siempre alegre y feliz! ¡Quiero levantarme cada mañana alabándote y dándote gracias por todo lo que me regalas cada día, para descubrir Tu presencia en cada instante de mi vida y vivir en la alegría del encuentro y la alabanza! ¡Enséñame, Señor, a vivir con alegría los hechos cotidianos de mi vida! ¡Envía tu Espíritu para que no ve venza el desaliento, para que no pierda la esperanza, para que la rutina del día a día no aminore mi fe, para que no pierda la capacidad de asombro ni de sorpresa ante las cosas en aparencia pequeñas que realizas en mi vida! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para encontrar todos los días los rastros visibles de tu caminar en mi vida! ¡Ayúdame, Señor, a vivir una fe alegre, serena y comprometida, que no se oculte ante las pruebas y se empequeñezca ante las adversidades! ¡Dame la alegría, Señor, de anunciar y vivir los valores del Reino aunque produzcan incomprensión y soledad! ¡Descúbreme, Señor, la alegría de quienes dieron la vida por el Evangelio! ¡Dame tu Espíritu, Señor, para aprender a vivir con alegría y transmitiendo alegría!

Pues nada mejor para acompañar esta meditación sobre la alegría que este preludio BWV 734 de Bach Nun freut euch, lieben Christen (Alegraos, queridos cristianos) en una magnífica grabación de Vladimir Horowitz:

¡Qué bellas haces la cosas, Dios mío!

El saludo del Ángel a la Virgen —«¡Alégrate!, Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios»— me dibuja la manera de cómo debería contemplar el Pesebre hoy. Aunque allí veo a la Virgen y a san José con el Niño recién nacido, en este humilde pesebre se me ofrece un misterio incomprensible para una mente tan racional y humana.
Dios se hace Niño para salvar a los hombres —¡para salvarme! — y elige para Su Encarnación el seno virginal de «la Llena de Gracia», de la «Llena de Santidad y Perfección», de la «Llena del Amor de Dios», de la «Llena del Espíritu Santo» y de la «Llena de Pureza». ¡Qué hermoso es el hacer de Dios!
Emociona comprender que la Virgen se convierte por voluntad de la Santísima Trinidad en un Paraíso Terrenal para Cristo en la tierra, para que la Segunda Persona, en su Encarnación no extrañe el Paraíso Celestial que es el seno inmaculado y puro de Dios. Un Paraíso el de María repleto de amor, de alegrías, de cantos, de alabanzas, de gozos, de júbilo y de gracias. De ahí surge el «¡Alégrate!» del Ángel a la Virgen que no es más que la alegría de ese Dios que iba a encarnarse en el seno virginal de María.
Y el día que Cristo es encarnado en el seno maternal de Nuestra Señora no sentirá diferencia alguna entre la pureza inmaculada de la Virgen y la pureza inmaculada de Dios Padre. Y de aquí surge el canto del ángel: «¡Llena de gracia!».
Y para que Cristo al llegar a este mundo manchado por el pecado y la malicia que surge del corazón del hombre, y en el que los desprecios, la indiferencia, la soberbia, el egoísmo, la aridez… están al orden del día, la Santísima Trinidad nos dio a María, inmaculada desde su Concepción, llena del mismo amor que Dios profesaba por su Hijo desde la eternidad. ¡Qué bellas haces las cosas, Señor! Y para que el Dios hecho Niño no sintiera un abismo entre el amor eterno del Padre en el cielo y el amor de la Madre en la tierra, el Ángel anuncia a María que «el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra» para que nada corruptible, profano, impuro, humano, impregnado de pecado, manche una vida tan inmaculada.
Contemplo el pesebre y no puede más que asombrarme por el misterio que encierra el Niño abrazado por su Madre. Sí, Señora: «¡Alégrate! Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios».

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¡Dios te Salve, Madre de la Vida, Madre digna de amor, madre del Amor Hermoso! ¡Enséñame, María, a amar a Dios y mis hermanos como los amas Tú! ¡Haz, Señora, que mi amor a los demás sea siempre paciente, generoso, benigno y respetuoso! ¡María, Causa de nuestra alegría, ayúdame a captar cada día la alegría cristiana, la alegría de la fe, la aceptación de la renuncia y del dolor, la unión con Tu Hijo! ¡Ayúdame, Señora, a que mi alegría sea siempre plena y auténtica, que sea capaz de comunicarla siempre a los que me rodean! ¡Ayúdame a no quejarme, Señora, imitando tu ejemplo de aceptación y de renuncia! ¡Ayúdame, María, a creer de verdad como creíste Tu y que mi fe en Dios y en Tu Hijo, en la Iglesia y en los hombres, sea una fe valiente y generosa! ¡A pocos días de que des a luz a Tu Hijo, te pido por aquellos niños que no van a nacer, a los que se les va a impedir la vida, a los que tienen dificultades en su día a día, a los que son víctimas de la pobreza, de la persecución, del esclavismo y de la indiferencia!

De la Misa en do menor de Mozart nos deleitamos hoy con el Incarnatus Est: