La amabilidad de María

«Madre amable». Lo rezo con devoción a María en el Santo Rosario y lo siente profundamente mi corazón. Porque la amabilidad es una de la características de María, que ofrece a los hombres el verbo y el sufijo que conjugan esta palabra tan grande, el verbo («amor») y su cualidad («idad)». María es la figura amable por excelencia, la mujer afectuosa que se acerca a sus hijos y acoge sus penas; la Señora de grandeza de espíritu que, en su calidez de Madre, asume los dolores humanos y los envuelve con su delicadeza.
María, la «Madre amable». La que se preocupa por cada uno de sus hijos. Y que nos conoce por nuestro propio nombre. La que nos invita a la santidad y a la unión íntima con Jesucristo. La Esposa del Espíritu Santo, que derrama sobre nuestras almas la fortaleza cristiana.
María, la «Madre amable». Que acoge con sus manos amorosas a aquellos alejados de Su Hijo, los que viven envueltos en el pecado, los que la niegan, los que desperdician su vida. Para todos ellos es «Madre amable» y «Madre de Misericordia» porque para la Virgen todos deben alcanzar la salvación eterna.
María, la «Madre amable». A la que siempre puedes acudir… y te sonríe. A la que siempre puedes pedir… y te escucha. A la que siempre puedes llorar… y te consuela en su regazo. A la que siempre te puedes dirigir… y te llena de confianza. A la que siempre puedes descargar tus penas… y te acoge con amor y ternura. A la que siempre puedes pedir sanación… y te acaricia. A la que siempre puedes pedir buen consejo… y te lo otorga. A la que suplicas ante las tentaciones… y te ampara.
María, la «Madre amable». La Madre en la que el cristiano siempre puede confiar porque nunca falla. Y, teniendo una Madre como espejo, ¿Por qué me cuesta tanto imitarla en todo?

Mater amabilis

¡Oh María, Madre nuestra! ¡Tu que eres la Madre Amable que tiene un corazón repleto de amor y de ternura, porque dominas con toda perfección las pasiones, dame la fortaleza para sobreponerme a la adversidades para recordar y guardar siempre la caridad, la generosidad, la entrega, el amor, la amabilidad, el afecto… para convertirme ante los demás en imagen de tu dulzura! ¡Y como tu Señora, guárdame de la insignificancia, dame amplitud de miras, grandeza de pensamiento, palabras justas y actos honestos! ¡Ayúdame a eliminar la crítica de mi vida, alejarme del egoísmo, evitar toda ostentación y controlar mi carácter! ¡Ayúdame, Madre de la amabilidad, a no juzgar apresuradamente y ser siempre generoso con el que lo necesita! ¡Ayúdame a comprender, María, que son las cosas insignificantes las que crean diferencias en la vida porque en las grandes todos somos uno! ¡Oh, Señora mía, que nunca me olvide de ser amable! ¡Mater amabilis, ora pro nobis!

Para acompañar esta meditación abrimos el corazón para deleitarnos con la pieza de W. A. Mozart: Mater amabilis:

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