¡Que mi vida sea en este Adviento una verdadera escuela de oración!

Segundo domingo de Adviento. Los Evangelios nos presentan a Jesús en intensa y permanente oración. Toda su vida es un canto a la plegaria. La primera imagen es la de un niño de doce años camino al Templo, a la Casa del Padre para rezar; y, a partir de esta escena, se suceden cuadros de oración en las más variadas situaciones. Cuando recibe el bautismo de Juan y asume Su misión redentora; durante los cuarenta días en el desierto antes de comenzar su vida pública; cuando es tentado por el diablo ora con textos de la Escritura; cada sábado en las celebraciones en las sinagogas; en la árida soledad del desierto; la víspera de la decisiva elección de los doce Apóstoles; antes de comer y en la Santa Cena, que ya es de por sí una escuela de oración; cuando nos transmite el Padrenuestro; antes de la Transfiguración; cuando les explica a los discípulos su Pasión; al revelar el Evangelio a los pequeños y exclama: “¡Padre, yo te alabo!”; en el Huerto de los Olivos, reza sudando sangre por tanto sufrimiento; en la angustia de la agonía, pide que oren con él; durante la Crucifixión ora por los ladrones y por sus torturadores; en la hora de la muerte, clama el Salmo: “¡En tus manos entrego mi espíritu!”; y al expirar brama con el grito del pobre.
¿Qué me enseña Jesús con tanto ejemplo de oración? Que la oración va íntimamente unida a la vida, a la realidad cotidiana, a los hechos de nuestra vida, a las decisiones que hemos de adoptar. Que la única manera de ser fieles al proyecto de Dios en nuestra vida es quedarse a solas con él y escuchar su susurro y sus palabras que llegan con el viento del Espíritu.
Pero hay más. En los momentos cruciales de su vida, esos que son decisivos para que se cumpliese lo que dicen las Escrituras, Jesús rezaba. Y lo hacía con los Salmos. Su rezo no apagó en Él la creatividad sino que compone él más bello y sublime salmo convertido en oración y que nos ha legado como plegaria esencial de nuestra vida cristiana: el Padre Nuestro.
Que este tiempo de Adviento y de conversión interior ¡mi vida sea, a imitación de Cristo, una verdadera escuela de oración!

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¡Señor, quiero permanecer en silencio ante Tu presencia y serenar mi corazón inquieto! ¡Quiero, Señor, postrarme ante Ti con todos mis sentidos despiertos para agradecerte todo lo que haces por mi! ¡Quiero, Señor, darte gracias por tanto amor que recibo a pesar de mis desprecios y mis silencios! ¡Quiero, Señor, vaciar mi corazón de tanta vacuidad, de tantos anhelos materiales y antojos de relleno, para aguardar tu próxima venida libre de ataduras! ¡Quiero, Señor, detenerme un rato para ir a tu encuentro y, junto a Ti, al encuentro de los que más amas que son los necesitados de amor y de esperanza! ¡Quiero, Señor, escuchar el susurro de tu voz y permanecer en silencio para deleitarme con las buenas nuevas que tienes para mi! ¡Quiero, Señor, quitar de mi corazón los malos pensamientos, el orgullo, la vanidad, la tirantez, la desesperanza, la envidia, el rencor, la soberbia… para acogerte limpio de corazón! ¡Quiero, en la oración, Señor, prestarte toda mi atención para fijar mi rostro en tu rostro, mi mirada en tu mirada, mis ojos en tus ojos y callar para esperar tu misericordia! ¡Quiero, Señor, decirte que te amo aunque no se expresártelo mejor! ¡Quiero, Señor, que en este tiempo de Adviento envíes tu Espíritu sobre mí para que me conviertas en aquello que esperas de mi!

Paz en la tierra, paz en las alturas, cantamos en este domingo de Adviento:

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Un comentario en “¡Que mi vida sea en este Adviento una verdadera escuela de oración!

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