¡Qué difícil es acordarse del que las cosas le van mal!

Último domingo de Adviento antes del nacimiento de Cristo. Resuena en mi corazón el canto del Magnificat. La glorificación de la humildad, la cercanía con la sencillez. La gran fiesta de los dóciles de corazón, de los que ensalzan el misterio de la simplicidad.
Vivimos en la era del tenerlo todo, del poseerlo todo. Viajamos por el mundo con facilidad, navegamos a través del ordenador para saber y conocer más; luchamos por ganar más, por tener más; nos resulta fácil comunicamos en inglés, en francés, en alemán…; anteponemos nuestra imagen personal a la profundidad de nuestro corazón…
La Virgen, ejemplo de sumisión a la voluntad del Padre, nos coloca en nuestro justo lugar. Nos alienta a entender el mensaje de la humildad. Los valores y los principios más sólidos se asientan en los corazones de los humildes; nos deja saber que los hechos más relevantes de la historia, como el nacimiento o la muerte de Cristo, se producen siempre entre la gente sencilla, nunca adornados con la grandilocuencia de lo poderoso.
La inclinación preferencial de Dios es por los pobres, los abandonados, los vacíos de poder económico, social, político…, los humildes de corazón, los desconsolados, los abatidos, los sufrientes, los afligidos, los desesperados, los que –por desgracia– no representan nada a los ojos de este mundo materialista y egoísta en el que vivimos. Por eso, tal vez, nació en la aldea más pequeña de Judá, Belén, en un pobre pesebre y rodeado de pastores. Es una lección de sencillez. Pero nosotros nos empecinamos en acercarnos siempre al triunfador, en prestar atención al que le van bien las cosas, al que tiene éxito. ¡Qué difícil es acordarse del que ha fracasado, del que las cosas le van mal, del que tiene necesidad!
Dentro de cuatro días celebraremos Nochebuena. Y de cinco, Navidad. Un tiempo en que Dios desciende de las estrellas para salvar nuestra vida. Y, comienza de nuevo nuestro peregrinar, después de adorar al Niño Dios.

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¡Niño Jesús, que en unos días te harás presente en el portal de Belén, quiero orientar siempre mi mirada hacia Ti, hacerme pequeño, sencillo, humilde, sumiso a tu voluntad! ¡Te pido, Niño Jesús, un corazón humilde como el tuyo! ¡Quiero acogerte en mi vida como lo hizo tu Madre, con fe, con confianza en Dios! ¡Quiero ser como un papel en blanco en el que Tu, Padre bueno, escribas todo aquello que esperas de mi! ¡Quiero adherirme al plan que Tu, Señor, tienes pensado para mi repitiendo constantemente el mismo Amén que salió de los labios de tu Madre!

Do They Know It’s Christmas? cantamos hoy:

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