¡Qué bellas haces la cosas, Dios mío!

El saludo del Ángel a la Virgen —«¡Alégrate!, Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios»— me dibuja la manera de cómo debería contemplar el Pesebre hoy. Aunque allí veo a la Virgen y a san José con el Niño recién nacido, en este humilde pesebre se me ofrece un misterio incomprensible para una mente tan racional y humana.
Dios se hace Niño para salvar a los hombres —¡para salvarme! — y elige para Su Encarnación el seno virginal de «la Llena de Gracia», de la «Llena de Santidad y Perfección», de la «Llena del Amor de Dios», de la «Llena del Espíritu Santo» y de la «Llena de Pureza». ¡Qué hermoso es el hacer de Dios!
Emociona comprender que la Virgen se convierte por voluntad de la Santísima Trinidad en un Paraíso Terrenal para Cristo en la tierra, para que la Segunda Persona, en su Encarnación no extrañe el Paraíso Celestial que es el seno inmaculado y puro de Dios. Un Paraíso el de María repleto de amor, de alegrías, de cantos, de alabanzas, de gozos, de júbilo y de gracias. De ahí surge el «¡Alégrate!» del Ángel a la Virgen que no es más que la alegría de ese Dios que iba a encarnarse en el seno virginal de María.
Y el día que Cristo es encarnado en el seno maternal de Nuestra Señora no sentirá diferencia alguna entre la pureza inmaculada de la Virgen y la pureza inmaculada de Dios Padre. Y de aquí surge el canto del ángel: «¡Llena de gracia!».
Y para que Cristo al llegar a este mundo manchado por el pecado y la malicia que surge del corazón del hombre, y en el que los desprecios, la indiferencia, la soberbia, el egoísmo, la aridez… están al orden del día, la Santísima Trinidad nos dio a María, inmaculada desde su Concepción, llena del mismo amor que Dios profesaba por su Hijo desde la eternidad. ¡Qué bellas haces las cosas, Señor! Y para que el Dios hecho Niño no sintiera un abismo entre el amor eterno del Padre en el cielo y el amor de la Madre en la tierra, el Ángel anuncia a María que «el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra» para que nada corruptible, profano, impuro, humano, impregnado de pecado, manche una vida tan inmaculada.
Contemplo el pesebre y no puede más que asombrarme por el misterio que encierra el Niño abrazado por su Madre. Sí, Señora: «¡Alégrate! Llena de gracia […] El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios».

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¡Dios te Salve, Madre de la Vida, Madre digna de amor, madre del Amor Hermoso! ¡Enséñame, María, a amar a Dios y mis hermanos como los amas Tú! ¡Haz, Señora, que mi amor a los demás sea siempre paciente, generoso, benigno y respetuoso! ¡María, Causa de nuestra alegría, ayúdame a captar cada día la alegría cristiana, la alegría de la fe, la aceptación de la renuncia y del dolor, la unión con Tu Hijo! ¡Ayúdame, Señora, a que mi alegría sea siempre plena y auténtica, que sea capaz de comunicarla siempre a los que me rodean! ¡Ayúdame a no quejarme, Señora, imitando tu ejemplo de aceptación y de renuncia! ¡Ayúdame, María, a creer de verdad como creíste Tu y que mi fe en Dios y en Tu Hijo, en la Iglesia y en los hombres, sea una fe valiente y generosa! ¡A pocos días de que des a luz a Tu Hijo, te pido por aquellos niños que no van a nacer, a los que se les va a impedir la vida, a los que tienen dificultades en su día a día, a los que son víctimas de la pobreza, de la persecución, del esclavismo y de la indiferencia!

De la Misa en do menor de Mozart nos deleitamos hoy con el Incarnatus Est:

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