¡Dios me escucha! ¡Y yo lo quiero compartir!

La creación es como una sinfonía maravillosa que nos une a la mano creadora de Dios. En ella, las notas que se deslizan en el pentagrama de la vida une las voces de los pájaros y los vientos, la oscuridad de la noche y la luminosidad del día, la omnipotencia de las montañas y la quietud de los valles, la inmensidad de los mares y la sinuosidad de los ríos, la enormidad de los cetáceos y la delicadeza de las insectos…
En esta gran sinfonía perfecta mi sencilla voz trata de hacerse escuchar. No es una voz vibrante, que enamore. De hecho, la mayoría de las ocasiones es un desatino por lo que desafina. Y las palabras que surgen de mis labios demuestran la pobreza de mi ser.
Pero aún y así, postrado ante el sagrario en actitud orante, necesito y deseo elevar mi alabanza a Dios, invocarle desde el corazón, como esa alma que suplica de su bondadosa paternidad la misericordia y la compasión.
Soy pequeño y un pecador. Tropiezo en la misma piedra una y otra vez. Por eso, mi corazón se estremece cuando se pone a cantar porque desearía poderle ofrecer un canto puro y limpio que surja de un corazón que sepa transmitir amor.
Me duele cantar de esa manera. Sin embargo, consciente de mi pequeñez extiendo mis manos para ofrecer pobreza, miseria e incapacidad.
Pero entonces Dios, que escucha desde el trono de la divinidad el coro de voces que suplican su amor, escucha mi voz, como escuchó la de aquel pobre hombre, que suplicaba en la penumbra del templo, con sencillez y aflicción: “¡Dios mío! ¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!”.
Dios me escucha. Y me mira con ternura. Y acoge en su corazón esa voz frágil, quebradiza, desafinada y temerosa de ese hijo que le ha ofendido en tantas ocasiones para a continuación mendigar su perdón.
Y esa voz tenue y desafinada se vuelve firme y vigorosa para elevar a Dios un canto que exclama su fidelidad eterna. Es un canto que alaba a Dios y que agradece su Amor eternal a pesar de mi miseria y mi debilidad.
¡Dios es grande y su misericordia infinita! ¡Y yo lo quiero compartir!

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¡Jesús, amigo, ten piedad de mi, miserable pecador! ¡Señor, sé que con frecuencia actuo mal, que no hago lo que Tú esperas de mí, que mi forma de actuar se aleja muchas veces del camino del amor, que mis palabras hieren a los que me rodean, que mis pensamientos no vivifican el mandamiento del amor! ¡Señor, también sabes que me duele actuar así! ¡Me duelo porque traiciono tu amor y el de los demás! ¡Te pido, perdón, Señor, y te suplico la fuerza de Tu Espíritu para vivir como viviste Tú! ¡Transforma mi vida, Señor! ¡No te quiero rechazar porque eres el gran regalo del Dios del perdón! ¡Y a Tí Padre, soy consciente que he quebrantado tus leyes y que mis pecados me separan de ti! ¡Perdóname y ayúdame a no pecar de nuevo! ¡Creo firmemente que Tu Hijo Jesucristo murió por mis pecados, resucitó de la muerte, está vivo y escucha mi oración! ¡Anhelo que Tu Hijo Jesús se convierta en el Señor y Salvador de mi vida, a que gobierne y reine por siempre en mi corazón! ¡Envía tu Espíritu Santo, Dios de bondad, para que me ayude a obedecerte y a hacer tu voluntad por el resto de mi vida!

Nos deleitamos hoy con la obertura, el recitativo y el aria inicial de La Creación de Joseph Haydn:

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