Somos como huellas en la arena

Concluye el primer mes del año, un tiempo nuevo en nuestra vida. Ya nos decía Heráclito que «todo pasa», célebre idea que se ha transformado en principio filosófico. Sucede en nuestra vida como con el televisor; el mando permite cambiar los canales y los programas se van sucediendo hora a hora anulando el anterior. La pantalla de plasma no cambia, diferentes son las imágenes que emite. A los hombres nos sucede lo mismo: lo que permanece es el mundo, pero somos nosotros los que nos vamos uno tras otro.
Somos como huellas en la arena. Damos un paso en la orilla y unos minutos más tarde las olas se ocupan de borrarlas. Pero hay algo que no pasa en nuestra vida: Dios, y con Dios la fe. La única forma de que nuestra vida no quede anulada es seguir siempre la voluntad del Señor, confiar y adherirse a Él, unirnos a su amor y misericordia.

000000

¡Señor Dios, eres mi Padre amoroso, que siempre me estás esperando y que estás atento a lo que me sucede en cada momento de mi vida! ¡Que mi oración te llegue hoy a ti como un aliento de esperanza y un grito de confianza que brota de la pobreza de mi corazón! ¡Señor, si en ocasiones tienes que denegar mi plegaria cuando te pido algo inconveniente o inútil, dame aquello que realmente necesito y mantén viva mi confianza de que tú eres un Padre bueno y cariñoso! ¡Y cuando me veas, Señor, desalentado, temeroso o negligente, haz que siga caminando hacia adelante con esperanza; hazme vigilante en la oración, para que sea capaz de percibir vivamente la venida de tu Hijo! ¡Que Jesús camine junto a mi por el camino que nos ha mostrado, para que me conduzca hacia ti!

¡Qué oportunas son esas palabras de santa Teresa de Ávila que se han convertido en un verdadero testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo pasa. Sólo Dios basta».

Anuncios

Fijarse en la esperanza

Último sábado de enero con María en nuestro corazón. Ayer tuve el día quejoso, hasta que logré ponerlo todo en manos del Espíritu Santo y de la Madre. ¿Cuántas veces nos quejamos de que nos encontramos solos en la lucha diaria, que hay que parar muchos frentes, que tenemos muchos tropiezos y no nos quedan fuerzas? ¿Cuántas veces sentimos la presión de nuestras parajeas que quieren la inmediatez de lo nimio cuando en apariencia tenemos responsabilidades mayores? ¿Cuántas veces nos entra la tristeza y el desconsuelo por algún acontecimiento desgraciado que nos ha ocurrido, por ese contratiempo inesperado que hemos sufrido?
Somos por lo general quejicas. ¡Pero no somos conscientes de que si enfrentamos los problemas, si luchamos, si sufrimos… es Cristo quien afronta el problema, quien lucha, quien se esfuerza, quien sufre, quien trabaja en y con nosotros, porque con ese Cristo formamos un único cuerpo!
Y eso nos lo enseña María, a fijarnos en la virtud de la esperanza; a través de ella nos resultará más sencillo amar al Señor, sabiendo además lo generoso que es con nosotros.

000

¡Señora, quisiera hacer como hacías Tú que mantenías la serenidad de espíritu, que no te inquietabas por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones y por lo que los otros decían! ¡María, como Tú deseo lo que Dios quiere! ¡Quiero, Señora, ofrecerle en medio de las inquietudes y las dificultades los pequeños sacrificios de mi alma sencilla para aceptar alegre todo lo que la Providencia provea! ¡Quiero, Señora, como hiciste Tú a lo largo de la vida confiar ciegamente en el Dios que me quiere para Él y que se me presenta siempre de la manera más inesperada, como hizo contigo en la Anunciación! ¡Quiero sentir, como lo hiciste Tú, pensar que estoy en sus manos, fuertemente cogido, cuanto mayores son las dificultades y las tristezas! ¡Quiero como Tú, María, tener siempre un rostro que sonría, que conserva la serenidad y el amor en la mirada y tratar de contagiarme del Amor de Cristo! ¡Quiero llenarme, como te llenaste Tú, Madre, de la paz de Dios! ¡Quiero adorar al Señor como lo hiciste Tu y confiar, confiar siempre!

Hoy toca música del siglo XIII. Es una joya del Códice de las Huelgas dedicado a la Virgen: Maria Virgo Virginum.

¡Cuánto tengo que imitar de San José para santificar mi vida personal!

Hacía ayer oración en una iglesia con una capilla dedicada a San José. Sentado en el banco junto a la imagen del Padre de Jesús. Mientras le contemplaba pensaba en su trabajo callado, minucioso, generoso y silencioso; modelo ideal que debería desarrollar todo cristiano. En San José, ejemplo para todos los que somos padres, se resume además con mayúsculas el espíritu de servicio; el abandono confiado a la Divina Providencia; la conciencia de estar haciendo lo que es voluntad de Dios incluso en lo más sencillo y humilde, con empeño, amor y generosidad; ejemplo de vida espiritual logrando convertir su hogar en un templo donde lo primero que primaba es el amor; que supo siempre imponer la paz; que tuvo el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres; que ejercitó el espíritu de obediencia y docilidad en actitud permanente de atención a la voluntad de Dios y a la Sagrada Escritura; que no perdía el tiempo en lo inútil y vano de la vida sino en lo que verdaderamente tiene fundamento; que supo ser prudente en todas las decisiones de su vida.
La vida de José nada tenía que ver con la autoafirmación y la complacencia personal porque él trabajaba con la plena conciencia de que cumplía la voluntad del Señor, pensando únicamente en el bien de Jesús y María, y de todos aquellos con los que convivía en la pequeña aldea de Nazaret. ¡Cuánto tengo que imitar de San José para santificar mi vida personal!

000000

¡San José que sepa imitar de ti tu espíritu de recogimiento, de humildad, de servicio, de amor a los demás, de serena confianza en la Providencia de Dios! ¡San José, enséñame a amar de verdad a tu Hijo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con toda mi mente! ¡San José, padre adoptivo de Jesús, que sepa descubrir aquellos gestos que me hacen imagen viva de la disponibilidad con la que Dios nos recibe tal cual somos! ¡Ayúdame a intuir entre todos los acontecimientos del día a día el paso de Dios en mi vida! ¡Aleja de mí, San José, el apego estúpido a mi bienestar personal! ¡Hazme ser consciente de los dones que Dios me regala cada día! ¡Que sepa ser agradecido por ello, San José! ¡Que mis decisiones, esposo amante de María, las tome siempre sin antes valorar bien a quienes realmente pueden afectar! ¡Ayúdame, San José, a ser consciente de que una vida de amor no está exenta de la sombra del sufrimiento y del dolor que tiene como único camino alcanzar la felicidad! ¡Ayúdame, san José, a ser capaz de consolar a todos los que se sientan afligidos por cualquiera situación! ¡Y dame la gracia de ser un buen marido y padre de familia, siempre a imagen tuya!

Tal vez si hubiera tenido un iPod, San José hubiese escuchado esta Chacona en Fa Menor de Pachelbel mientras trabajaba en su carpintería de Nazaret:

¿Qué ocurre cuando las cosas se tuercen?

Tristemente vivimos a merced de los sentimientos. Cuando las cosas nos sonríen nos mostramos alegres, las virtudes brotan de manera natural, todo parece más sencillo y el amor surge de manera espontánea y, en ocasiones, ingenua. La seguridad se convierte en un baluarte de mi carácter y mi espíritu se fortalece. La serenidad hace olvidar las tormentas y los altibajos accidentales. Incluso en el corazón parece afianzarse la gracia de Dios.
En tiempos de bonanza los ojos ven en la oscuridad y el corazón cicatriza fácilmente las heridas. Uno puede incluso invocar aquellas palabras del Salmo que exclaman que no vacilaré jamás. Pero poco a poco la jactancia, el orgullo o la soberbia si no se podan a tiempo crecen abonadas por esa falsa confianza que se asienta en lo profundo del corazón humano. En los tiempos en que las dificultades no aparecen puede ocurrir que Dios sea un punto lejano.
¿Y qué ocurre cuando las cosas se tuercen? Llega la desesperanza. La memoria se torna olvidadiza. Es difícil recordar los tiempos hermosos, regalo de Dios. La vida ya no sonríe y nuestro rostro es el reflejo del alma. Entra el desasosiego y la desesperanza. Y crece el sufrimiento. Los sentimientos nos esclavizan. Y nuestros humores son como una pieza de teatro. En tiempos de turbulencia se pone a prueba la fe, la confianza, la paciencia… y la perseverancia. Y la sabiduría para encajar los desajustes que trae la vida.
Cada día surge el momento propicio para analizar mis estados del alma. Hacerlo sinceramente ante el Señor en la oración. Ante el Señor y ante uno mismo. ¿Cómo me comporto conmigo mismo cuando las cosas me van bien y qué talante tengo cuando todo sale torcido? ¿Cómo lidiar con mi con confianza y seguridad cuando las cosas van como la seda o con el pesimismo cuando las dificultes surgen a todas horas? ¿Cuál es mi reacción cuando las cosas me sonríen y espiritualmente me siento fuerte y agradecido y me abandono a la desconfianza y al desaliento cuando todo parece desmoronarse? ¿En qué medida soy capaz de dominar todos los sentimientos que revolotean por mi cabeza y dañan mi corazón? En definitiva, ¿vivo a merced de mis sentimientos o vivo de la fe viva de que en Cristo todo se puede?

000

¡Señor, quiero conocerte mejor! ¡Quiero tener, Señor, un mejor conocimiento de Ti a través de los sufrimientos y de la verdad de mi vida! ¡Necesito, Señor, intuir con el afecto de mi corazón ese gran misterio que eres Tú! ¡Quiero ofrecerte todo aquello que me preocupa, todos mis sufrimientos, mis anhelos, mis esperanzas, mi desconsuelo, las dificultades que se debaten en mi corazón pequeño para resurgir con fuerzas renovadas y con una mayor experiencia de Ti! ¡Deseo, Padre de la Misericordia, que habitas en mi corazón con luz eterna, contemplar siempre a Tu Hijo amado, penetrar en su misterio, en la gracia del Espíritu Santo, para conocerte mejor a Ti! ¡Dame la oportunidad de acceder al misterio del conocimiento de la verdad para con humildad, paciencia y amor, convencido de mi ignorancia y mi pequeñez, crecer en sabiduría! ¡Permite, Señor, que sea capaz de humillarme en mi sufrimiento para crecer en sencillez y humildad!

Acompaño esta meditación con la Cantata 33 de J. S. Bach Allein zu dir, Herr Jesu Christ (Sólo en tí, Jesucristo, reside mi esperanza):

Admirar y anhelar la belleza

Caminando por la ciudad observo los anuncios en las paradas de los autobuses, en los paneles de las calles, en las fachadas de los edificios. La mayoría de esta publicidad presenta una belleza ilusionista con una impresionante habilidad para tentar al hombre y empequeñecerlo haciéndole vulnerable ante la tentación. Todo debe ser amado. En la contemplación de la cosas y de la vida siempre hay un elemento de belleza. La rosa que has regalado a tu mujer pero se va marchitando con el paso de los días; el dálmata de tu vecino; el gesto risueño de ese niño que se sienta a tu lado en el metro; la sonrisa de tu hijo o de tu mujer; el cuadro que has admirado en un museo; el amanecer a orillas del mar; la conversación bajo una noche estrellada; la música de James Blund que te recuerda aquel momento hermoso de tu vida. En todos estos momentos hay una relación muy íntima y personal con la eternidad.
Por eso es necesario dejarse admirar por la belleza del momento y de las cosas, descubrirla, anhelarla, incluso aunque lo observes en el barrizal de tus problemas y angustias, para elevarla a Dios, Creador de todas las cosas. Pero no hay que quedarse ligado a la belleza porque la belleza se presenta sólo como un rayo luminoso y el hombre no está hecho para una luz fugaz sino para la inmensidad del sol, no para la oscuridad de ese mar tenebroso sobre el que se reflejan sus rayos.
Es el motivo por el que en el mundo reine el desencanto porque nos obstinamos a agarrarnos a lo temporal, a lo material, a lo que nos es duradero. Olvidamos que la belleza no refleja más que la verdad y que está, en su esencia más elevada, es Dios.
Cada vez que el corazón del hombre se abre a la belleza de las cosas, y trata de percibir las cosas en su verdadera esencia, se va abriendo a Dios, lo interioriza, y parte de ese cielo que nos corresponde penetra en nuestro corazón.

08

¡Señor, te pido me ayudes a cambiar ese materialismo de mi corazón que no me permite los momentos de contemplación, de alegría para ver las cosas con el único fin de admirar su belleza! ¡Señor, ayúdame a detenerme a mirar la belleza de la Creación, ayúdame a orar con ese simple gesto que es mirar al cielo y darte gracias por todo lo que me das! ¡Señor, quiero aprender de Ti y mirar hacia el cielo y dejar que el cielo entre en mi! ¡Padre, creador de todas las cosas, gracias por la belleza que has puesto en todas tus creaciones! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites admirar la fuerza y la belleza de todo lo que me rodea! ¡Te pido que ayudes a todos tus hijos a ver esta misma perfección para respetar el entorno en el que vivimos! ¡Te pido también, Padre, que ayudes a los que no creen en Ti que no duden de tu sabiduría para darle a cada una de tus creaciones la posibilidad de ser una extensión viva de tu perfecto amor! ¡Padre, Tu que eres el Señor de la ternura, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que sepamos cuidar y respetar la vida y la belleza que ésta lleva implícita por venir de Ti!

La belleza también está en la música como en esta Cantata espiritual del compositor barroco italiano Benedetto Ferrari (c.1597-1681):

¿Soy consciente de lo que quiere Dios de mí?

La respuesta me ha llegado súbitamente, al abrir la Biblia para buscar una palabra. Mi mirada se dirige hacia un versículo muy breve, pero profundo del Libro de los Proverbios: «Dame, hijo mío, tu corazón y miren tus ojos mis caminos» (23:26). Eso es lo que desea Dios, que entregue mi corazón. También quiere que con frecuencia viva, proceda y me conduzca con probidad; que demuestre respetabilidad; que no se me hinche el corazón cuando mis virtudes y mis acciones me lleven a hacer el bien; a servir sin esperar nada a cambio; convertirme en un humilde modelo con mi testimonio… Pero eso no es lo importante. Dios quiere, por encima de todo, mi corazón. Mi ser verdadero. Que ame de verdad, que ame con infinita misericordia, que ame con celo cristiano… que al que yo ame pueda tomar prestado mi corazón.
Este es el camino. Complejo pero certero. «Dame, hijo mío, tu corazón». ¿Pero cómo te lo voy a dar, Señor, si la mayoría de las veces miro hacia mi mismo y no mira hacia Ti? Pero aquí reside la grandeza. Dios me pide que le entregue mi corazón y éste se regocija al recibir su gracia porque ésta se desprende a raudales sobre aquel corazón que lo busca. Entonces, el corazón se llena de alegría, se siente libre de todas las ataduras que alejan de Dios y que impiden vivir con sinceridad estando en disposición de poder entregar o acoger todo aquello que el Espíritu desea de mí. Entregando mi corazón a Dios mis latidos me hacen consciente de que no actúo según mi voluntad, soy realista ante la verdad de mi vida y es imposible creerse mejor que los demás.
Dando por completo mi corazón a Dios mi vida se llena de confianza, de seguridad, de necesidad de Él, con anhelo para tener como ejemplo a Jesús, mi hermano e hijo de Dios, cuyo corazón también me espera con impaciencia.
«Dame, hijo mío, tu corazón». ¿Pero cómo te lo voy a dar, Señor, si cada dos por tres la confusión me invade, los problemas me ahogan, las cosas no salen como las tengo previstas, me paso el rato amargado quejándome de lo que me sucede, contemplo pasar la vida viendo las circunstancias desde una perspectiva humana, incrédulo a los milagros que obras en mi vida? Ahora comprendo que si te entrego mi corazón todos mis esfuerzos tendrán un valor infinito porque me regocijaré en tu santa voluntad, la aceptaré con alegría, con sencillez, con gratitud y mucha humildad.
Entregando por completo mi corazón a Dios, ¡serás Tú, Señor, quien guíe mis pasos, aplacarás las tormentas de mi vida, apaciguarás las incertidumbres con Tu Palabra, como has hecho esta mañana, rebajarás los deseos de mi voluntad para hacer sólo la tuya y, sobre todo, aprenderé de nuevo a que mi corazón dé amor del verdadero.
¡Hoy, Señor, te entrego por completo mi corazón, y cualesquiera que sean las circunstancias de mi vida es para Ti! ¡Solo para Ti!

0000

¡Ya lo has escuchado, Señor, te entrego por completo mi corazón, y cualesquiera que sean las circunstancias de mi vida es para Ti! ¡Solo para Ti! ¡Te entrego mi corazón para que lo renueves y lo purifiques, para que lo vivifiques y lo transformes! ¡Te lo entrego para que lo cambies y no haya más sentimiento que Tu Amor! ¡Te lo entrego para que lo llenes de bondad, para que sea capaz de ver las cosas como Tú las ves, para que sea uno contigo! ¡Entrégate a mí como yo me doy a Ti, Dios mío! ¡Fortaléceme, Señor, que soy débil, con tu fuerza interior! ¡Llena mi corazón de ella! ¡Consuela mi corazón con tu paz y sáciame con la belleza de tu mirada! ¡Ilumina, Señor, mi corazón con la fuerza de tu luz para que sea capaz de irradiar a los demás! ¡Purifica, Señor, mi corazón con el halo de tu santidad para que yo pueda peregrinar hacia la santidad cotidiana! ¡Llena, Señor, mi corazón con el agua viva para que se inunde de tu gracia! ¡Te alabo y te bendigo, Padre de Misericordia, porque siempre me escuchas aunque mi corazón cerrado y desagradecido solo escucha aquello que es de su interés! ¡Tú me dices hoy: «Dame, hijo mío, tu corazón y miren tus ojos mis caminos»! ¡Señor, te entrego por completo mi corazón, y cualesquiera que sean las circunstancias de mi vida es para Ti! ¡Solo para Ti!

I heard the voice of Jesus say (Escucho la voz de Dios que habla) cantamos en este periodo cuaresmal:

Lo que San Pablo significa hoy para mi vida

Antes de escribir estas líneas, leo pausadamente varias veces el episodio de la conversión de San Pablo. De perseguidor de cristianos a principal apóstol del Señor. La llamada de Dios es imponente. Le tira por tierra y lo eleva hasta el cielo. Es una fuerte llamada a la conversión.
Con esta escena uno comprende que lo primero que logró el Señor es que aquel hombre orgulloso se desprendiera radicalmente de lo que antes consideraba importante para él. Le hizo entender la necesidad de tener una percepción completamente nueva de la vida, de la realidad y de las cosas. A la luz de la revelación, todo es diferente. Todo carece de importancia cuando se conoce la Verdad. Y contemplo mi vida. Y siento en este día como la conversión llama de nuevo a la puerta de mi corazón.
¿Cuántas veces me ha tirado Dios del caballo y no he sido capaz de reaccionar? ¿Cuántas veces me ha llamado Dios por mi nombre y no he querido escuchar su voz? ¿Cuántas veces Dios me ha tratado de arrebatar mi egoísmo, mi soberbia, mis placeres mundanos, los malos consejos y he cerrado los ojos para tratar de no contemplar la verdad? ¿Cuántas veces el Señor me pregunta en lo más profundo de mi corazón por qué le persigo y prefiero callar? Pero cada vez que Dios me despoja de mis apetencias, de mis placeres, de mi voluntad, de lo que es importante para mí… surgen en mi vida rayos divinos que me sugieren cerrar los ojos y evitar contemplar lo mundano de esta vida para elevar mi mirada al cielo y contemplar la Verdad.
¿Cuántas veces prefiero callar y no exclamar como San Pablo: «¿Quién eres Tú, Señor?»? ¿Cuántas veces dejo pasar los susurros del Espíritu Santo en mi vida que ofrecen luz a mí caminar? ¿Cuántas veces hago caso omiso a la inspiración de Dios? ¿Cuántas veces desobedezco a conciencia la invitación del Señor? ¿Cuántas veces callo antes de proclamar que soy seguidor de Jesús?
¿En qué me diferencio de san Pablo si tengo la misma fe, la misma doctrina, el mismo amor por los demás, la misma caridad… y al mismo Dios? Mi falta de amor verdadero por el Señor, una valentía auténtica para proclamar en mi entorno social, profesional y familiar el Evangelio de Jesús y el deseo de convertirme en un auténtico apóstol que se levanta para dar luz y ardor al pequeño mundo que envuelve mi corazón.

000

¡Ante tu presencia, Señor, como haría san Pablo, llevando en el fardo de mi vida todo mi presente y mi pasado, con todo lo que he sido y soy en la actualidad, con mis grandes limitaciones y mis pequeñas capacidades, con la fortaleza que recibo del Espíritu y las debilidades consecuencia de mi humanidad, levanto hoy mi voz para proclamar mi amor por Ti y mi compromiso para seguirte como discípulo tuyo! ¡Te agradezco profundamente, Señor, el amor que sientes por mi a pesar de mis múltiples pecados y faltas y, sobre todo, por tu gran misericordia! ¡Es el momento de una auténtica conversión, Señor! ¡Ayúdame a enderezar mi vida, a cambiar el rumbo de mi vida, a ser lo que tu quieres que yo sea en esta vida! ¡A ser lo que Tú verdaderamente querías que fuera cuando hiciste el milagro de darme la vida! ¡Te pido, Señor, que envíes tu Santo Espíritu para que ilumine mi corazón, mi entendimiento y mi ser para que, a la luz de tu Verdad y de tu Amor, me acerque cada día más a Ti y a los demás! ¡Para que esta auténtica conversión aleje de mi las preocupaciones, las faltas, los rencores, el egoísmo, la envidia, el orgullo, la desconfianza, el mal carácter, la falta de capacidad de amar y servir! ¡Ilumíname para más sensible a la realidad del Evangelio, a hacer mías Tus Palabras, a creer de verdad en Tu mensaje, a dejarme guíar siempre por Ti! ¡Ayúdame a que esta conversión implique vivir siempre en torno a Ti y que mi vida sea el espejo de tu inmenso amor, tu gran misericordia y tu infinita bondad y compasión! ¡Ayúdame, Señor, desde este mismo instante a ser una persona nueva, comprometida contigo y con los demás!

¿Quién eres tu, que persigues a los cristianos? cantamos hoy acompañando a esta meditación:

¿Qué sentido tiene amarrarse al dolor de la historia pasada?

Inmersos en el Jubileo de la Misericordia. Sabemos que nuestro corazón, como el corazón de los que nos rodean, tiene necesidad de misericordia y de compasión. Estamos necesitados de descubrir que Dios es Padre, que tiene misericordia de mí. Con tanta frecuencia arrastramos heridas ocultas a los ojos de los que nos quieren, con las que lamentablemente convivimos íntimamente, sufriendo de manera injusta para no manifestar aquello que nos humilla, nos debilita, nos sojuzga: la debilidad y el pecado.
Vivir la misericordia de Dios nos permite evitar que el amor propio o el orgullo nos venzan. Son ambos enemigos acérrimos del alma, adversarios hostiles de nuestra bondad. En el intento de tratar de convivir con las sombras, nos vemos aprisionados de las más formas más variadas, con tramposas argumentaciones, razonamientos falaces y excusas inciertas. Si no logro dar claridad a esta oscuridad del alma, permitiendo que la luminosidad de la Palabra de Dios, de su misericordia y de su perdón penetren en ella, todas estas sombras se enquistan y me llevan a vivir de manera sombría o poco auténtica tratando siempre de limpiar el dolor de la propia conciencia.
Pero si soy capaz de abrirle el corazón a Dios, con la certeza de que Él acoge mi pecado y mi miseria y debilidad; si me arriesgo a manifestar el dolor de mi corazón, ser consciente de la realidad de mi vida, podré descubrir lo que implica nacer de nuevo, empezar de nuevo, esperar de nuevo, sentir de nuevo, ver la luz con una claridad nunca antes vista, dejarse sorprender por ese Padre amoroso que me coge de la mano para lanzarme al mundo con una esperanza renovada.
¿Qué sentido tiene amarrarse al dolor de la historia pasada? Si este Año Santo es el del perdón y la reconciliación, en la que que Jesús desea abrir la puerta de Su corazón, y el Padre quiere mostrar sus entrañas de misericordia, y para eso nos envía el Espíritu Santo para que no permanezca parado, ¿qué motivos tengo para guardarme el dolor de mi vida dilapidada del pasado?
Este Año Santo me invita a atravesar con alegría renovada la puerta del corazón y sentir de nuevo con alegría cristiana el atractivo de la paz, del amor, de la serenidad, de la esperanza, del silencio… y cuando todo eso esté impregnado en lo más profundo de mi ser soy consciente de que sentiré la imperiosa necesidad de darme con mayor afán a los que tengo a mí alrededor, y a Jesús, que anidando en lo más profundo de mi corazón, me ha susurrado sin que yo fuera capaz de escucharle: «¡Aquí estoy y te amo!».

000

¡Bendito seas, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo, que me reconfortas y fortaleces en mi sufrimiento y mi tribulación! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a preparar mi alma para las pruebas que me envía el Señor! ¡Ayúdame a enderezar mi corazón para mantenerme firme y no tema los momentos de dificultad, de adversidad o de dolor! ¡Ayúdame, Espíritu de bondad, a aceptar todas las humillaciones, todas las pruebas, todas las situaciones que no controlo! ¡Ayúdame a confiar siempre en el Dios de la Misericordia! ¡Ayúdame a esperar siempre en Él! ¡Ayúdame a ser paciente ante los acontecimientos de mi vida, a aguardar su Misericordia infinita, a no desviarme nunca del camino, a confiar plenamente en Cristo, mi Señor y Salvador! ¡Ayúdame a comprender que el Señor nunca defrauda, que cuando le invocas siempre te atiende! ¡Ayúdame a confiar siempre en el Señor que es compasivo y misericordioso, que perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia! ¡Ayúdame a no perder nunca la esperanza!

Acompaña esta meditación esta hermosa canción plegaria de Lou Fellingham titulada God of Mercy:

De la mano de la Madre de la Misericordia

Cuarto sábado de enero con María, Madre de la Misericordia, en nuestro corazón. Comienzo mi oración rezando la Salve. Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia… ¡La costumbre me impide descubrir la fuerza de esta frase! ¡Y me detengo lleno de alegría para meditar estas palabras! Nos encontramos caminando con el corazón abierto en el Año de la Misericordia y peregrinamos junto a la Virgen, la gran puerta de entrada a la Misericordia de Dios.
Me fijo en María, en su amor, en su generosidad y en su piedad y le pongo mi vida en sus manos para que ella me permita comprender y acoger la misericordia divina en mi vida. Ella es en si misma la misericordia pues en ella Dios se compadeció del hombre a través de su maternidad virginal; y María, que se convirtió en Madre de todos a los pies de la Cruz, se conmueve por la miseria de sus hijos, se compadece de su sufrimiento, acoge sus desgracias, se conmueve por su sufrimiento físico y moral, sana a los que están profundamente heridos por el mal y acoge, con ternura de madre, a todo al que acude a su regazo.
Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia. Sí, la Virgen habla al corazón de los necesitados. No busca a los triunfadores, ni a los soberbios, ni a los que alardean del éxito, ni a los que van de sobrados, ni a la beautiful people… María es la Madre de los últimos entre los últimos, de los que fracasan, de los humildes, de los sencillos de corazón, de los que trabajan en la sencillez de la vida, de los que no cuentan, de los puestos en ridículo, de los injuriados, de los que son juzgados con malicia, de los despreciados, de los reprendidos, de los que son apartados, de los enfermos, de los que aman con un corazón sincero, de los que sirven sin esperar aplausos y premios… Y a todos los mira con una mirada llena de misericordia. Y esa mirada de María nos hace comprender que vivimos cuando recibimos con amor la mirada del otro que es la mirada que nos otorga el gran don de la vida.
Ante los ojos misericordiosos nadie pasa desapercibido. Y ante los míos, en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social: ¿soy yo misionero de la misericordia?

¡Dios te Salve María, Reina y Madre de Misericordia! ¡Gracias, María, porque a través tuyo Dios manifiesta Su Misericordia! ¡María, Madre de Misericordia, cuida de todos nosotros, para que la Cruz de Tu Hijo no sea algo inútil en esta sociedad que tanto le necesita, para que no nos desviemos nunca del camino del bien, para que no perdamos jamás la conciencia del pecado, para que crezca en nosotros el Amor a Dios, la Suma Misericordia, para que seamos capaces de amar a los demás y hacer siempre obras de misericordia! ¡Dios te Salve Reina y Madre de Misericordia! ¡Dame consuelo en mis angustias, alivio en mis sufrimientos, fortaleza en mis tentaciones! ¡Enséñame, Señora, a amar como Tu amas! ¡Pongo en tus manos misericordiosas todos mis anhelos, mis esperanzas, mi proyectos, mi vida para que las eleves al Padre! ¡Humildemente te pido que me alcances de Dios Padre la gracia que ya sabes te pido, si conviene para el bien de mi alma y si no es conveniente, como mi abogada y defensora, dirige mi voluntad para honrar y dar gloria a Dios y para la salvación de mi alma!

Salve, Mater Misericordie

¿Por qué cuesta trabajar la fidelidad a Dios?

Tengo un amigo apasionado por la jardinería. Los fines de semana dedica horas a cuidar su jardín, trabajar la tierra, plantar nuevas flores, mimar las que ya tiene, cortar el césped… Recuerdo una frase suya cuando me explicaba que un rosal que había plantado junto a la terraza no tenía la hermosura que esperaba: «La que no se planta es la única semilla de la que puedes estar seguro no dará ningún fruto».
Los hombres estamos en esta vida para dar frutos. En ocasiones podemos creernos tan insignificantes y pequeños por lo que somos o tenemos que pensamos es innecesario plantar nuestros dones para obtenerlos. Ocurre con frecuencia que, para lograr algo, merman las fuerzas, los recursos para salir adelante son exiguos, el ánimo está por los suelos. Pero, acaso ¿no luchamos denodadamente cuando algo nos interesa especialmente y deseamos alcanzarlo? En este caso ponemos todo el empeño, toda la ilusión, todo el esfuerzo, incluso aquel que merma en otros momentos. Vivimos con la daga de la inseguridad pendiendo sobre nosotros, abonados a la falta de confianza en nuestras propias capacidades, con una fe tibia para fortalecer nuestra debilidad… todo ello ralentiza la consecución de las cosas positivas que pueden sucedernos e, incluso, frena nuestro propio desarrollo como personas. Somos como esas semillas que quedan en el bolsillo del jardinero. Como no se plantan, nunca darán el fruto deseado.
Pero Dios, que no pretende fortalecer a los poderosos, sino a los débiles, a los que tienen fe y esperanza, pretender transformar esta idea y cambiar profundamente estos términos. En el vocabulario de Dios cuando las cosas se ponen difíciles el «No puedo» es un concepto inimaginable porque en la dificultad Él utiliza términos tan hermosos como fidelidad, paciencia, perseverancia en el bien, fe, confianza… Todas estas palabras reflejan la imagen de Dios y todas ellas forman un círculo y se necesitan mutuamente. ¿Por qué no confiar en esa promesa tan veraz y hermosa del «Yo, soy el Señor, lo que he dicho lo cumpliré»? ¡Pero si Dios es el Dios que da vida y hacer florecer a los árboles secos! ¡Pero sí sólo el Espíritu de Dios da vida y eficacia a los esfuerzos de los hombres! ¡Pero si Dios es fiel desde la eternidad hasta la eternidad porque es parte de su identidad y ninguna circunstancia le hará cambiar!
La fe y la confianza tienen como columna la fidelidad a Dios. ¿Por qué entonces desconfiar de mis propias fuerzas y desconfiar de Dios? ¿Por qué me cuesta tanto cultivar mi fidelidad a Dios, alabarlo cuando todo me va bien y alejarme de Él cuando las cosas no surgen como yo espero? ¿Por qué desafío su fidelidad? ¿Por qué no soy capaz de trabajar mi fidelidad a Dios a base de paciencia, de amor, de entrega, de esfuerzo, de compromiso y en cambio me abono a la tentación del abandono y de creer en mis propias fuerzas?
Si la única semilla que fructifica es aquella que viene de Dios. ¿Por qué entonces empeñarme en no sembrar a sabiendas de que mi semilla no va a dará los frutos deseados?

000

¡Quiero expresarte hoy, Señor, mi amor de hijo que se siente feliz, abandonado en el amor de su Padre! ¡Quiero hablarte y decirte cosas sencillas! ¡Quiero que Tú seas el sembrador de mi vida! ¡Señor, sabes las veces que me complico las cosas sin darme cuenta de lo sencillas que son! ¡Que tu amor sea correspondido con el mío! ¡Que tu amor, Padre, produzca en mi y en los que me rodean frutos de amor; que tu amor, nos ilumine el camino de la vida! ¡Haz mi corazón sencillo para que pueda entrar en tu Reino! ¡Señor, eres el mejor jardinero porque tu jardín es mi comunidad de fe! ¡Planta en nosotros la semilla de tu amor y danos un corazón abierto, generoso, servicial, amoroso para que sea tierra fértil para recibirlo! ¡Cultiva en nosotros, Señor, los valores de Tu reino para que crezcan firmes y sólidos! ¡Jesús, dame tu luz y el agua viva de tu Espíritu! ¡Enséñanos a cultivar mi jardín, a quitar las piedras que impiden que crezca la semilla de mi fe y que tu mensaje eche raíces en mi corazón! ¡Señor, soy una creación tuya! ¡Vive dentro de mí, Señor, permite que Tu Palabra y la semilla de Tu Evangelio florezca y dé frutos! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

El jardín, una hermosa canción de Jesús Adrián Romero: