Mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida

Probablemente durante esta Navidad habrás mirado —contemplado— el pesebre infinidad de ocasiones. Y rezado, meditado y suplicado al Niño Jesús solo o en familia. Fijado la atención en ese Niño Dios que ha venido a salvarnos. Y experimentado en tu corazón su amor. Y comprendido que, para convertirse en un seguidor de Cristo, hay que aprender a mirar con ojos de amor.
Mirar como el sol se pone por la mañana, la sonrisa de tu hijo, el gesto de tu cónyuge, el trabajo bien hecho de tu compañero de oficina, el vuelo de un pájaro, la mano tendida de un mendigo en la esquina de tu casa… pero, sobre todo, mirar aquello que a simple vista es difícil de ver porque las prisas, la aceleración de la vida, el estrés incesante del trabajo o de la vida social, ese «no tengo tiempo para nada», impide que nuestra mirada sea un mirar contemplativo que interiorice lo que la vista observa y el corazón acoge.
Cuando la serenidad no anida en el corazón humano es imposible que el hombre pueda dar amor, ser comprensivo con los demás, mirar con una mirada de entrega. Y, así, surgen las suspicacias, las desconfianzas, los conflictos, las discusiones, las querellas, los malos entendidos… Si nuestra vida avanza tan rápido que es imposible detenerse brevemente a mirar lo que gira a nuestro alrededor, tampoco será posible pararse a mirar a ese Dios que espera cruzarse con nuestra mirada.
De toda mirada surge siempre una experiencia. Una experiencia que puede llevar tras de sí un encuentro con uno mismo o con los demás, con el entorno o con la realidad de un mundo que se abre a nuestro alrededor pero que la ceguera del egoísmo nos impide ver. Sin una mirada serena, alegre pero de quietud, inserta en el corazón, es imposible que germine la semilla de la fe.
Personalmente, la contemplación del Niño Jesús en el pesebre de Belén ha significado una invitación a mirar la realidad de mi vida. A fijar los ojos en ese Dios infante que me permite mirar profundamente lo que anida en mi corazón, para crecer en el amor y en la fe, para detenerme en aquellos detalles que debo mejorar, para mirar con ojos renovados a los demás, para fijar mi mirada en el que sufre y necesita de mi amor y mi perdón, para mirar con dulce compasión al que busca mi consuelo y mi paz, para mirar con firmeza al que necesita de mi ayuda, para mirar con generosidad al que busca mi consejo, para mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida, para acoger con interés lo que nos quieren transmitir, para mirar con sencillez cuando nos tienen que corregir…
Ese Niño Dios es el mismo que años más tarde curará en las aldeas de Galilea los ojos de los ciegos que viven en las tinieblas y la oscuridad. O lo que es lo mismo, mi propia ceguera espiritual. Por eso hoy, a pocos días de que la Navidad llegue a su fin, elevo mi mirada al cielo e invoco al Dios creador para que, viéndole en el pedestal de la gloria, alegre por la presencia de su Hijo en mi corazón, mi mirada se impregne de su luz para que ilumine mi camino y la senda de los que andan junto a mí en ese peregrinaje hermoso que es la vida con Dios en el corazón.

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¡Padre de bondad, cambia mi mirada; convierte mi corazón para que sea capaz de descubrir tu presencia y las huellas del Reino, tan cercanas y cotidianas, y mirar la vida con tus ojos! ¡Cambia mi mirada para vivir la fiesta del encuentro, para sorprenderme cada día con tu caminar a mi lado, Tu que eres Señor mi compañero y protector! ¡Cambia mi mirada, para descubrir a Tu Hijo Jesucristo, que vive en el que sufre, en el que tiene problemas económicos, en el que está enfermo, en el marginado por la sociedad, en el que no tiene esperanza, pero amado y preferido por Ti! ¡Cambia mi mirada para encontrar las semillas de Evangelio, que crecen en mi pobre y sencilla humanidad! ¡Padre de Amor y Misericordia, abre mis ojos y mis oídos, para encontrar la senda correcta y escuchar tus desafíos! ¡Dame Espíritu Santo la mirada del Evangelio que transforma el mundo para convertirlo en sacramento, señal viva de tu presencia y eco fecundo de tu aliento! ¡Ayúdanos, Padre Dios, a buscarte en la vida, a encontrarte en la historia de cada persona que se cruza en mi camino, a localizarte en lo cotidiano, para servir a los demás, trabajar hacer el mundo mejor y contribuir a construir con ello tu Reino!

Nos deleitamos con esta Cantata de Navidad del compositor Alessandro Scarlatti:

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