Confesores al amparo de la «Reina de los confesores»

Se cree erróneamente que cuando proclamamos en las letanías del Rosario a María como «Reina de los confesores» [«Regina confessorum»], nos acordamos de los sacerdotes que imparten el sacramento de la Reconciliación. En realidad, los confesores a los que hace referencia el Santo Rosario son los que, con fidelidad y compromiso, profesaron públicamente su fe en Jesucristo, siguieron los postulados del Evangelio y los pusieron en práctica a lo largo de su vida. Son aquellos santos que dieron testimonio de vida cristiana sin llegar al martirio.
Y María es, precisamente, «Reina de los confesores», porque Ella fue la primera en profesar su fe con una lealtad, fidelidad, amor, constancia, perseverancia y firmeza dignificando este título de realeza.
La Virgen permaneció a la vera de Su Hijo a lo largo de su vida. Desde el nacimiento en la cueva de Belén y a lo largo de su vida oculta. Desde el primer milagro de Jesús en Caná a la muerte de Cristo en la Cruz para permanecer fiel junto a Él en el Calvario y compartir con el Señor el sacrificio de nuestra Redención. Cuando todos habían abandonado a Jesús, desamparado ante el oprobio de la Pasión, allí estaba María para hacer honor a su título de Corredentora de todos los hombres.
Todos estamos llamados a ser súbditos fieles de esta «Reina de los confesores». Y, pedirle a María, que nos empuje en nuestro camino de fe para vivir con coherencia nuestra vida cristiana. Todos los cristianos tenemos la obligación de ser confesores de Cristo aunque confesarle a Él a lo largo de la vida no siempre resulta sencillo porque exige fidelidad, fe, sacrificio, compromiso, fortaleza, constancia, valentía e, incluso, heroicidad. Y, junto a estas virtudes, estar repletos de la gracia de Dios para luchar contra el pecado y todo aquello que nos aparta de Él.
La vida cristiana exige superar las dificultades de la vida. Y los cristianos tenemos el ejemplo de María, que demuestra con su testimonio, que es merecedora de ser venerada como «Reina de los confesores» porque con su vida nos demostró que la fidelidad al Señor es el camino a seguir para alcanzar la felicidad eterna.

Reina de los confesores

¡Señor, ayúdame a mantenerme como Tu Madre, siempre fiel a la fe que he recibido con el Bautismo! ¡Que mi fidelidad a Ti me evite perderme en las arenas movedizas de la vida! ¡Qué mi fe, Señor, me permita luchar por la verdad! ¡Dame, Señor, la fe de Tu Madre para darte un sí sin medidas, para renunciar a mi egoísmo y mi orgullo y entregarte por completo mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a dejarme iluminar por la fe de María! ¡Y en los momentos de dificultad, de prueba, de turbación, de oscuridad, de desaliento o de desesperanza, que la tome siempre como modelo de confianza en la voluntad de Dios, que sólo desea lo mejor para mí! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a vivir la fe verdadera como la vivió María, en la sencillez de las preocupaciones cotidianas, en el diálogo profundo con Dios, en la relación íntima con su Hijo, con un sí perfecto y un amor sincero! ¡Guíame, María, a luz del Espíritu Santo, para confiar siempre en la voluntad del Padre!

A La fe de María, cantamos con Ítala Rodriguez:

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