De la mano de la Madre de la Misericordia

Cuarto sábado de enero con María, Madre de la Misericordia, en nuestro corazón. Comienzo mi oración rezando la Salve. Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia… ¡La costumbre me impide descubrir la fuerza de esta frase! ¡Y me detengo lleno de alegría para meditar estas palabras! Nos encontramos caminando con el corazón abierto en el Año de la Misericordia y peregrinamos junto a la Virgen, la gran puerta de entrada a la Misericordia de Dios.
Me fijo en María, en su amor, en su generosidad y en su piedad y le pongo mi vida en sus manos para que ella me permita comprender y acoger la misericordia divina en mi vida. Ella es en si misma la misericordia pues en ella Dios se compadeció del hombre a través de su maternidad virginal; y María, que se convirtió en Madre de todos a los pies de la Cruz, se conmueve por la miseria de sus hijos, se compadece de su sufrimiento, acoge sus desgracias, se conmueve por su sufrimiento físico y moral, sana a los que están profundamente heridos por el mal y acoge, con ternura de madre, a todo al que acude a su regazo.
Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia. Sí, la Virgen habla al corazón de los necesitados. No busca a los triunfadores, ni a los soberbios, ni a los que alardean del éxito, ni a los que van de sobrados, ni a la beautiful people… María es la Madre de los últimos entre los últimos, de los que fracasan, de los humildes, de los sencillos de corazón, de los que trabajan en la sencillez de la vida, de los que no cuentan, de los puestos en ridículo, de los injuriados, de los que son juzgados con malicia, de los despreciados, de los reprendidos, de los que son apartados, de los enfermos, de los que aman con un corazón sincero, de los que sirven sin esperar aplausos y premios… Y a todos los mira con una mirada llena de misericordia. Y esa mirada de María nos hace comprender que vivimos cuando recibimos con amor la mirada del otro que es la mirada que nos otorga el gran don de la vida.
Ante los ojos misericordiosos nadie pasa desapercibido. Y ante los míos, en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social: ¿soy yo misionero de la misericordia?

¡Dios te Salve María, Reina y Madre de Misericordia! ¡Gracias, María, porque a través tuyo Dios manifiesta Su Misericordia! ¡María, Madre de Misericordia, cuida de todos nosotros, para que la Cruz de Tu Hijo no sea algo inútil en esta sociedad que tanto le necesita, para que no nos desviemos nunca del camino del bien, para que no perdamos jamás la conciencia del pecado, para que crezca en nosotros el Amor a Dios, la Suma Misericordia, para que seamos capaces de amar a los demás y hacer siempre obras de misericordia! ¡Dios te Salve Reina y Madre de Misericordia! ¡Dame consuelo en mis angustias, alivio en mis sufrimientos, fortaleza en mis tentaciones! ¡Enséñame, Señora, a amar como Tu amas! ¡Pongo en tus manos misericordiosas todos mis anhelos, mis esperanzas, mi proyectos, mi vida para que las eleves al Padre! ¡Humildemente te pido que me alcances de Dios Padre la gracia que ya sabes te pido, si conviene para el bien de mi alma y si no es conveniente, como mi abogada y defensora, dirige mi voluntad para honrar y dar gloria a Dios y para la salvación de mi alma!

Salve, Mater Misericordie

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