Admirar y anhelar la belleza

Caminando por la ciudad observo los anuncios en las paradas de los autobuses, en los paneles de las calles, en las fachadas de los edificios. La mayoría de esta publicidad presenta una belleza ilusionista con una impresionante habilidad para tentar al hombre y empequeñecerlo haciéndole vulnerable ante la tentación. Todo debe ser amado. En la contemplación de la cosas y de la vida siempre hay un elemento de belleza. La rosa que has regalado a tu mujer pero se va marchitando con el paso de los días; el dálmata de tu vecino; el gesto risueño de ese niño que se sienta a tu lado en el metro; la sonrisa de tu hijo o de tu mujer; el cuadro que has admirado en un museo; el amanecer a orillas del mar; la conversación bajo una noche estrellada; la música de James Blund que te recuerda aquel momento hermoso de tu vida. En todos estos momentos hay una relación muy íntima y personal con la eternidad.
Por eso es necesario dejarse admirar por la belleza del momento y de las cosas, descubrirla, anhelarla, incluso aunque lo observes en el barrizal de tus problemas y angustias, para elevarla a Dios, Creador de todas las cosas. Pero no hay que quedarse ligado a la belleza porque la belleza se presenta sólo como un rayo luminoso y el hombre no está hecho para una luz fugaz sino para la inmensidad del sol, no para la oscuridad de ese mar tenebroso sobre el que se reflejan sus rayos.
Es el motivo por el que en el mundo reine el desencanto porque nos obstinamos a agarrarnos a lo temporal, a lo material, a lo que nos es duradero. Olvidamos que la belleza no refleja más que la verdad y que está, en su esencia más elevada, es Dios.
Cada vez que el corazón del hombre se abre a la belleza de las cosas, y trata de percibir las cosas en su verdadera esencia, se va abriendo a Dios, lo interioriza, y parte de ese cielo que nos corresponde penetra en nuestro corazón.

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¡Señor, te pido me ayudes a cambiar ese materialismo de mi corazón que no me permite los momentos de contemplación, de alegría para ver las cosas con el único fin de admirar su belleza! ¡Señor, ayúdame a detenerme a mirar la belleza de la Creación, ayúdame a orar con ese simple gesto que es mirar al cielo y darte gracias por todo lo que me das! ¡Señor, quiero aprender de Ti y mirar hacia el cielo y dejar que el cielo entre en mi! ¡Padre, creador de todas las cosas, gracias por la belleza que has puesto en todas tus creaciones! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites admirar la fuerza y la belleza de todo lo que me rodea! ¡Te pido que ayudes a todos tus hijos a ver esta misma perfección para respetar el entorno en el que vivimos! ¡Te pido también, Padre, que ayudes a los que no creen en Ti que no duden de tu sabiduría para darle a cada una de tus creaciones la posibilidad de ser una extensión viva de tu perfecto amor! ¡Padre, Tu que eres el Señor de la ternura, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que sepamos cuidar y respetar la vida y la belleza que ésta lleva implícita por venir de Ti!

La belleza también está en la música como en esta Cantata espiritual del compositor barroco italiano Benedetto Ferrari (c.1597-1681):

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