¿Y, yo, cómo ayuno en esta Cuaresma?

Una de las prácticas penitenciales de la Cuaresma es el ayuno. No es una cuestión secundaria. Ocupa un lugar relevante. El ayuno fortalece nuestra voluntad en tanto sometemos nuestra vida y nuestra autosuficiencia a la voluntad de Dios. Cuando un deseo o una apetencia no logra ser saciada, allí aparece la fortaleza que ofrece el Espíritu de Dios para saciarnos y vigorizarnos con su presencia.
Hay un texto muy hermoso del profeta Isaías que canta diciendo que «Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor».
Es texto es tan vivificante que uno comprende que para Dios el ayuno no es sólo una práctica exterior, es un acción íntima unida a la vida espiritual. Desde el conocimiento interior uno analiza lo que falla en su interior. Y puesto en oración se ofrece a Dios lo que debe ser cambiado buscando la verdadera conversión, para fortalecer el espíritu y doblegar esa voluntad que nos lleva por el camino del mal.
Lo hermoso del ayuno es el cambio interior. Todo ayuno doblega nuestra voluntad y nuestras apetencias, nos convierte en personas más dóciles; la privación de algo que apetece fortalece el espíritu y nos convierte en seres más abiertos a la docilidad a Dios. Ayunar para seguir por el mismo camino no tiene ninguno sentido. Pero también es una enseñanza sobre el agradecimiento. La privación de algo nos deja vacíos pero también nos permite valorar aquello con lo que contamos.
Es fundamental, al mismo tiempo, que mientras practicamos el ayuno la queja no se convierta en una cantinela de nuestro corazón porque entonces no disfrutaremos de lo que nos privamos. Carece de sentido abrir una puerta a nuestra alma para ocuparla con otras cosas que nos dan placer sin ponerse en oración y meditando sobre la realidad de nuestra vida.
Ayunar tiene unas connotaciones muy profundas. Es darle utilidad a lo que ayuno, compartiendo incluso con quién más lo necesita. El ayuno es también desprendimiento, no aplazamiento. Es dar, darse y entregarse por amor a Dios. ¡Cuántas veces olvido esto, Señor!
Y, el ayuno enseña algo también muy relevante para nuestra vida: sentir una profunda aflicción por mis pecados y contemplar esta práctica como la gran oportunidad para sentir en lo más íntimo el daño que provocan mis pecados. Es como ataviarse de penitencia para ofrecer mi pequeñez a Dios.
¡Y en esta pequeñez pongo todo mi empeño para ayunar esta Cuaresma de todo aquello que me aparta de Dios y de los demás!

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¡Espíritu Santo, don de vida, ayúdame a vivir esta Cuaresma con un decidido deseo de cambiar, de ayunar de todo aquello que me aparta de Dios, para que el ayuno se convierta en un verdadero reflejo de mi disposición interior a crecer en santidad! ¡Señor, que mi ayuno sea un ayuno alegre, predispuesto a la alegría, con rostro feliz y bien limpio, para que me fortaleza para convertirme en un cristiano mejor y lograr una verdadera conversión interior! ¡Ilumíname, Espíritu Santo, para este deseo de mi corazón! ¡Señor, quiero hacer el ayuno que Tú deseas! ¡Quiero desprenderme de aquellas cadenas que me atan a lo insustancial! ¡Quiero desatarme de las ataduras de mi egoísmo, de mi soberbia, de mis infidelidades a Ti y a los demás, de mis perezas, de mis yoes…! ¡Quiero desatarme, Señor, de las ligaduras de la falta de perdón, de la arrogancia, de los chismes, de la mentira! ¡Quiero, Señor, soltarme de las cargas por mis inseguridades que son una falta de confianza en Ti! ¡Quiero, Señor, de las cadenas de la hipocresía para ser un auténtico cristiano que ame de verdad y cuya vida de fe esté estrechamente centrada en la caridad hacia los que me necesitan! ¡Santa María, tu también me invitas en este tiempo a imitar tu ejemplo! ¡Ayúdame a sentirme cerca de Tu Hijo, y muéstrame tus caminos! ¡Dame la gracia de la humildad y la fuerza para hacer siempre la voluntad del Padre y de ayunar con alegría para que mi corazón se una a Ti en mi canto de acción de gracias! ¡Y a ti, Padre, te pido que el ayuno que emprenda en este tiempo me limpie de los malos hábitos, suavice mis anhelos y me haga crecer en mis virtudes! ¡Y, enséñame Padre, a que a través del ayuno, esté más cerca de Tu Hijo Jesucristo, por medio del Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, gracias!

El ayuno que gusta al Señor, cantamos hoy:

La Salvación llega con Jesús

Mi guía y traductor en Libia es musulmán. Hemos compartido muchas horas de coche, comidas, tiempos muertos y reuniones de trabajo. Ayer, al mediodía, antes de partir del país después de una semana me invita a acompañarle a una mezquita para hacer su plegaria. Es la hora en la que se reúnen los hombres en las mezquitas para, descalzos y orientados hacia la Meca, sobre una alfombra de vivos colores, seguir las plegarias del almuecín que proclama reiteradamente el credo de que «No hay más dios que Allah y Mahoma es su enviado». Me descalzo, entro en su interior y contemplo recogido y respetuoso en un rincón del edificio sus oraciones mientras rezo la Divina Misericordia. Los musulmanes no creen que Jesucristo sea Dios ni en su divina misericordia. Para ellos, sólo hay un Dios por lo que no aceptan la Santísima Trinidad, considerada una blasfemia contra Allah, el Único Dios. Y, por supuesto, Jesús es sólo un profeta anterior a Mahoma.
En el mundo musulmán Islam y política van de la mano. Para los cristianos la fe es una opción personal, es una gracia que se recibe de Dios. Durante estos días de intensa relación en la que he hablado mucho con él sobre cristianismo e islamismo he constatado que el hombre puede estar en relación con Dios mediante la oración, la fe, el deseo de hacer su voluntad, de amarla y agradarle con sus actos. Pero eso no ilumina las sombras de nuestras diferencias antagónicas.
Cuando le hablo a mi interlocutor de la Encarnación de Cristo me niega la relación de toda criatura con Dios. Es imposible que un ser superior pueda ser verdadero Dios y verdadero hombre. Cuando le comento que me preparo para vivir la Pasión de Jesús, mi guía trata de convencerme de que Jesús no murió en la Cruz. Quiere que entienda que es una mera ilusión pues, como profeta, la salvación no llega de Jesús. Cristo sólo vino al mundo a trasladar un mensaje pero a lo largo de la historia los cristianos hemos deformado su figura. Cristo no es el Hijo de Dios, es un mero hombre que padeció pruebas aunque como enviado de Allah no fracasó en su misión. Y, por supuesto, en Jesucristo no está la salvación pues no es más que un mediador entre los hombres y Dios. Y aunque coincidimos que Dios habla directamente al corazón del hombre, la manera de revelarse es muy diferente. Un musulmán cree que son los únicos que comprenden la doctrina y que son fieles a ella porque nosotros hemos falsificado la palabra de Dios.
Hay unos valores comunes entre los musulmanes y los cristianos, como que hay sólo un Dios, justo y misericordioso; para todos la oración es la base de nuestra vida, creemos en la limosna y el ayuno, en el perdón y la penitencia, y que al final de nuestra vida, Dios que conoce lo que anida en el interior de nuestro corazón, será un juez de misericordia y, tras las resurrección, unos uniremos a Él para alcanzar la felicidad eterna.
Pero pienso en Mahoma y pienso en Jesús. Y si pongo la mirada entre los dos, la obra, la figura y la persona de Jesús de Nazaret es la única que permite tener una estrecha relación y un conocimiento profundo, íntimo y personal con Dios y, sobre todo, una comunión de hijo con sus infinitos dones y gracias, por eso es mi Señor y Salvador. Aparte de la extraordinaria gracia del Eucaristía y el don inmenso de tener a María como Madre de todas las gracias. Podría enumerar cientos de razones más pero… ¡Qué hermoso es sentir que mi fe me permite una auténtica fidelidad con la Verdad!

¡Señor, Dios mío, elevo mi mirada al cielo y te bendigo y te alabo como Señor de cielos y tierra, de todo lo creado, de todo lo visible e invisible, Padre de Misericordia y de bondad, Señor misericordioso de toda la humanidad, de los creyentes y de los que no lo son! ¡Te pido, Dios mío, que nos ayudes a reconocerte de verdad como criaturas tuyas, hechas a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a respetar siempre las tradiciones religiosas de los demás pero dame mucha firmeza en mis propias creencias! ¡Te pido, Señor, que la paz reine entre todos los hombres, que a sabiendas de que las diferencias se mantendrán siempre seamos capaces de aceptarnos unos a otros, profundizando en lo que nos separa con respeto, amor y generosidad! ¡Te doy gracias por habernos dado a Tu Hijo, Jesucristo, que por amor dentro de pocos días dará su vida por nuestra salvación! ¡Te pido, Jesús, la paz que emana de tu Evangelio y que el mundo es incapaz de hacer llegar por la dureza de nuestro corazón! ¡Envíanos tu Espíritu Santo, Señor, para reconciliar los corazones de la gente y de los pueblos y haz que irradie sobre todos el reino del amor! ¡Pero sobre todo, Señor, creo en ti, espero en ti, confío en ti porque sé que Tú estás con nosotros en todo momento y ocasión y eres el camino, la Verdad y la vida!

Acudir a la Madre del buen consejo

Último fin de semana de febrero con María en nuestro corazón. Ayer, una persona que viaja conmigo, me pide consejo sobre un asunto de relativa importancia en su vida. Le doy mi opinión pero le recomiendo también que lo ponga en oración, pidiéndole a María, Madre del Buen Consejo, que le ilumine. Entre los gloriosos títulos que la Iglesia ha otorgado a la Virgen, en las Letanías del Santo Rosario el de Buen Consejo es uno de los más bellos pero también el de los más eficaces. En dos ocasiones leemos en el Evangelio de san Lucas que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”. El corazón de María es en sí recogimiento, sentimiento, sabiduría, bondad, oración, emoción, esperanza. Únicamente la palabra que surge del corazón y se pronuncia de corazón alcanza al corazón del otro. Dirigirse al Corazón de María es penetrar en el camino de la profundidad, de la contemplación, del silencio interior. De ese corazón, que guardaba todo lo que provenía de Dios, surge también el eterno consejo. Además, durante los años de vida oculta de Jesús correspondió a la Virgen la formación espiritual y humana de su Hijo, obrando en Él de manera singular el consejo de Madre.
El don de Consejo es también uno de los siete dones del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que anunció a María que sería Madre de Dios. Ella está llena de este singular don que nos permite conocer y escoger de manera eficaz aquello que mejor nos conviene y que decidimos para glorificar a Dios.
Los cristianos tenemos muchos recursos para poner en manos de Dios las preocupaciones y agobios de nuestra vida. El de la Virgen es uno de los más eficaces. Como Madre intercesora podemos recurrir a ella con fidelidad y confianza para pedirle el don de consejo que nos permita elegir siempre lo que más conviene a nuestra vida y a nuestra alma, para guardar en nuestro corazón la gracia que proviene de Dios, afianzar nuestra fe, profundizar en nuestra vida cristiana, apartarnos de la tentación y acertar en todas las decisiones que debamos tomar. ¡Pero con cuánta frecuencia tomamos decisiones equivocadas por caprichos, vanidades, miedos y amores que nos alejan del Señor! ¡En este sábado que María se hace presente en nuestra vida es un momento para pedirle a la Virgen, Madre del Buen Consejo, que se convierta siempre en nuestra más dulce y eficaz consejera!

¡Maria, Madre Inmaculada, Señora del Buen Consejo, en este camino de la Cuaresma, te pido que impregnes mi corazón y mi alma de tus mejores consejos! ¡Te pido, Señora, que ruegues al Espíritu Santo que impregne en mi alma el don de Consejo del que tanta necesidad tengo para acertar en todas las decisiones de mi vida! ¡Te pido, Señora del Buen Consejo, que le pidas a Dios que abra mi alma a la escucha para que se haga siempre la voluntad del Padre! ¡Que sea capaz de hablar a los demás de las cosas de Dios y dar siempre los mejores consejos como hiciste Tú con tu Hijo y como haces Tú con quienes a Ti acudimos! ¡Te pido María que me enseñes a guardar las cosas buenas en mi corazón! ¡Que esta enseñanza me sirva para vivir mejor el amor al prójimo, para convertir mi egoísmo y mi yo para servir a los demás en caridad, para amar más a Dios y a tu Hijo Jesucristo! ¡Ayúdame, María, a ser luz de Tu Hijo! ¡Inspírame, Madre del Buen Consejo, en todos mis pensamientos, en mis acciones, en mis palabras y en mis actos, convirtiéndolos todos en puros y bien intencionados como eran los tuyos, y dame también la grandeza de la humildad para que pueda proclamar como hiciste Tú que se haga en mi según la palabra del Padre!

Mater bonii consilii nos invita a cantar esta breve pero bellísima pieza que acompaña la mediciación de hoy:

¿Escucho a los demás o me escucho solamente a mí mismo?

En la relación entre los seres humanos una de las cualidades que debería sobresalir más pero que, lamentablemente, vamos arrinconando es el saber escuchar. Es una cualidad de gran relevancia para alcanzar esa felicidad que Dios anhela de cada uno. Aprender a escuchar al que me rodea con interés, con amor, con respeto, con educación, con atención, con sencillez, con afecto… Hacerlo así es parte intrínseca del amor y de la misericordia que se siente hacia el semejante. No es una tarea sencilla. Cuando hay incapacidad para escuchar a alguien entre los interlocutores no puede surgir un ambiente de confianza, una actitud de respeto, una fuente de afecto y una situación de amor. El amor auténtico se sustenta en el interés y la escucha mutua.
Un corazón cerrado a la escucha, un corazón hermético incapaz de escuchar a los demás, no tendrá jamás la disposición para acoger en lo más profundo de su interior la Palabra de Dios, esa palabra que germina dando vida, esperanza y amor. Para recibir el mensaje de Jesús es necesaria una predisposición a la escucha, un anhelo de acogida, una sensibilidad para acoger los mensajes de amor y misericordia que en su amor infinito Él nos dirige.
¿Soy verdaderamente alguien capaz de escuchar a los demás o me escucho solamente a mí mismo? La mayoría de las ocasiones no somos capaces de escuchar por soberbia, por nuestra rapidez, por egoísmo, por comodidad, por pereza, por ingratitud, porque miramos a los demás por encima del hombro… todas estas actitudes nos impiden crecer y cierran la puerta al enriquecimiento mutuo.
Si esto nos sucede en relación con los demás, ¿qué no será con Dios? ¡Con cuánta frecuencia hacemos oídos sordos a su llamada! ¡En ocasiones no somos capaces ni de prestar atención a la propia palabra de Su Hijo Jesucristo en las lecturas de la Misa dominical! ¡Ni a esa mirada cómplice de un amigo, a la ayuda de un conocido, a la disponibilidad de alguien inesperado, de la bondad de un alma generosa, del detalle cariñoso de un miembro de la familia o un compañero de oficina! ¡Dios siempre habla directamente al corazón del hombre pero lo hace en el silencio, no por medio de palabras! ¡Y también nos habla a través del sufrimiento, del dolor, de las pruebas cotidianas! A través de todo ello Dios entabla su diálogo personal con el ser humano. ¡Y espera que le escuchemos y que aprendamos a escuchar a los que nos rodean!

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¡Señor, cuanto me cuesta escuchar tus susurros por las prisas, los agobios, por el poco tiempo que te dedico a Ti, por el ruido que hay a mi alrededor, por mi egoísmo, porque centro mi tiempo solo en mí! ¡Pero hoy quiero dirigirme a Ti y contarte desde la sencillez todo lo que siento! ¡Quiero hablarte, Señor, desde el corazón! ¡Enséñame a permanecer en silencio y estar atento a tu voz! ¡Permite, Señor, que sea tu Palabra la que ilumine mi vida, que guíe mis pasos, que me ayude a vivir en tu presencia! ¡Señor, permíteme estar atento a tu llamada porque quiero ser tu amigo aunque tantas veces me olvido de Ti! ¡Abre la puerta de mi corazón, Señor, está disponible para Ti! ¡Te ofrezco mi pequeñez, te confío lo poco que soy, te lo doy todo de corazón, incluso aquellas pequeñas cosas que se hacer! ¡Haz que Tu amor produzca grandes frutos en mí!

Buscar refugio, con Jesús Adrián Romero:

Unidos en Cristo para exclamar ¡Jesucristo ha resucitado!

Este tiempo de Cuaresma me invita a comprender que Cristo se convierte en el centro de todo. Cristo caminando con doloroso sufrimiento hasta su muerte en la Cruz a consecuencia de mi pecado y al servicio de mi conversión; morir para perdonar; morir para liberar de las ataduras del mal; morir por mi salvación. ¡Comprender el misterio de la Cruz es entender el poder irrefrenable de la Misericordia de Dios! ¡Qué Amor tan grande el hacer pagar con la sangre de su Hijo Jesucristo el amor que siente por nosotros!
Por eso, siento un deseo intenso de vivenciar durante esta Cuaresma una comunión especial con este Cristo que se unió a nosotros hasta el extremo de sufrir hasta las últimas consecuencias mis faltas como si fuesen propias; de adentrarme y asimilar su sufrimiento, su dolor y su muerte; de acercarme a ese Dios que mendiga el amor de la criatura por Él creada, de ese Dios que tiene sed de mi amor; de preparar una buena confesión para purificarme del mal, de ese pecado que emborrona mi alma, de tantos defectos y faltas que degradan la verdad y la gracia, que empequeñecen y aquietan el amor, la esperanza, la alegría y la paz que hay en mi corazón; de comprometerme de verdad con mi comunidad para profundizar en el sentido y el valor de ser cristiano; de descubrir de nuevo la gran misericordia de Dios para ser yo también misericordioso con los que me rodean; de vivir este periodo como un tiempo eucarístico en el que acogiendo en mi corazón el amor de Jesús sea capaz de difundirlo a mi alrededor con cada gesto, con cada palabra, con cada mirada, con cada acción; de unirme a ese Cristo que dignifica el valor del servicio, que sufre con los que sufren, que llora con los que lloran; y comprometerme a comunicar a los demás que queda poco para poder exclamar: «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

¡Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, durante este tiempo de interiorización y arrepentimiento, ten misericordia de mí! ¡Ayúdame a cambiar, y con la fuerza del ayuno, de la oración y mis buenas obras para con los demás transforma mi vida, convierte mi egoísmo en generosidad, mi soberbia en misericordia, mi tristeza en alegría, mis preocupaciones en alabanza a Ti! ¡Abre, Padre, mi corazón a Tu Palabra, sana todo aquello que tiene que ser cambiado de mi corazón, ayúdame a hacer el bien y transmitir bondad y amor! ¡Amado Jesús, Tú te retiraste al desierto cuarenta día para preparar tu misión! ¡Quiero seguir tu ejemplo, quiero verme reflejado en Ti durante estos cuarenta día de misión! ¡Quiero aprender de Ti y prepararme cada día para el día de la Pascua! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y dejar atrás todas las cadenas que oprimen y encadenan mi vida! ¡Ayúdame, Señor, a caminar contigo, a lograr la tan ansiada resurrección y alejar de mi corazón el aplauso, el reconocimiento, el prestigio social, el consumismo, el egoísmo, el aparentar, la mentira, la infidelidad, los pecados de omisión, la falta de amor y caridad…! ¡Señor, que cada día sea un prólogo para la Pascua deseada y me acerque a la felicidad auténtica que Tú me propones con Tu Palabra, Tu vida y tu mensaje de amor y misericordia!

Te traigo más que una canción, que mires en el interior de mi corazón cantamos en un estrofa de esta bella canción: Heart of Worship:

Un ejemplo de autenticidad cristiana

Por razones laborales desde hace unos días me encuentro en Libia, un país asolado recientemente por la guerra y con lugares ocupados por el Isis. La última gran comunidad cristiana que residía en la ciudad de Misurata, donde tengo mi base de operaciones, eran coptos egipcios pero fueron asesinados por radicales islámicos. Los pocos cristianos y católicos que quedan no pueden hacer públicamente profesión de su fe. He conocido, por casualidad, a un católico romano. Católico en un lugar donde los musulmanes imponen sus reglas. Estoy sentado en un cómodo sofa de la recepción del hotel, el único lugar con acceso a Internet, con los cantos de la mezquita de fondo. Buscaba ayer a primera hora, antes de que despuntara el sol, imágenes para ilustrar la meditación, escribirla y enviarla. Merodeaba un trabajador del hotel de mediana edad, que observaba de reojo unas imágenes de la Cruz en la pantalla de mi ordenador. Y, unas horas, más tarde, cuando nadie le ve me cuenta en su pobre inglés su historia e indaga de donde soy. Me dice que es cristiano. Y que no hay sacerdotes en su localidad, y que todos los días vive los sacramentos desde la oración. No tiene internet en casa pero se las apaña para junto a su mujer y sus dos hijos de ocho y diez años poder seguir la Santa Misa dominical en italiano en casa de unos amigos cristianos (yo la pude seguir también el domingo por Magnificat.tv ante la imposibilidad de encontrar un templo). Reza también el Santo Rosario en familia y considera una bendición que este sea el Año de la Misericordia y del perdón, en un país que tanta reconciliación necesita.
Fahmi, como destaca el nombre de su chaqueta, trata de vivir con coherencia, con la fuerza interior del que tiene la certeza de su fe, del que siente que su encuentro con Cristo no es racional, sino que lo siente en la mente y en el corazón. Vive la Iglesia del silencio, pero siente y vive la fe en Jesucristo con una alegría y una esperanza desbordantes. Y la transmite a sus hijos, cuya vida espiritual no es fácil en un entorno hostil a lo cristiano.
En Europa, en América Latina y en Estados Unidos tenemos fácil el acceso a la Iglesia. Nuestro problema radica fundamentalmente en que los hombres no estamos dispuestos a renunciar a nuestro yo, a nuestras cosas, a nuestras apetencias. Tenemos miedo a declararnos cristianos por el qué dirán, por miedo a no conseguir el ascenso en la empresa, por miedo a que nos aparten de un determinado círculo social… No estamos dispuestos a unirnos íntimamente con Cristo. Nuestro problema radica en que en nuestras vidas prima la soberbia, el orgullo, la vanidad, el rencor, el egoísmo… No abrimos nuestro corazón a Cristo. No dejamos que la fuerza de su amor penetre en nuestros corazones. No dejamos que ese soplo divino que viene del cielo retumbe en nuestra alma. No le abrimos al Señor de par en par las puertas de nuestro corazón. Fahmi tiene claro que el cristiano veraz está llamado a vivir en el amor de Jesús por los demás. Él no tiene miedo a la muerte.
Un cristiano debe ser firme y valiente en la fe. Eso implica hacer camino con Cristo. Fahmi, un cristiano que no tiene la libertad exterior de serlo aunque en su corazón está arraigado el amor por Cristo siente de verdad que ¡En Jesús está la alegría y la esperanza! ¡Menudo ejemplo de autenticidad cristiana!

¡Señor, el mundo se encuentra en tinieblas porque hay mucho odio a Ti y a la Iglesia que Tú fundaste! ¡Pero hay miles de luces encendidas que resplandecen porque en su corazón estás Tú, silencioso pero amante! ¡Señor, en los cinco continentes hay miles de cristianos amenazados por razón de su fe, por su valentía para no rechazarte, perseguidos por amor a Tí! ¡Son verdaderos testimonios de la Verdad, con signos de contradicción, pero les mueve el deseo de amar y de aferrarse a Ti, que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Muchos de ellos, Señor, mueren por Ti, que eres el verdadero amor! ¡Protégelos, Señor, llénalos con tu paz y con tu misericordia, con tu amor y tu paz! ¡Te pido, Señor, por todos aquellos que les persiguen! ¡Conviértelos, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu! ¡A Ti, María, Madre del Salvador y Madre Nuestra, tu fuiste la primera en este mundo de sufrir en carne propia la espada del dolor y la persecución, conviértete en la intercesora de todos ellos! ¡Espíritu Santo, envíales tus siete dones, la fortaleza para vivir esta situación difícil, que nunca estos hombres y mujeres se alejen del Señor por vergüenza, por miedo, por temor, por falta de fe! ¡Bendice, Señor, a tantos hombres y mujeres que levantan su voz con su testimonio! ¡Aumenta mi fe, Señor, como la de estos hombres que no renuncian nunca a Ti pese a la persecución, las dificultades, los peligros, el silencio, la humillación y el terror!

Aumenta mi fe, Señor, cantamos hoy.

¡Tengo que ser como era Jesús!

Prepararse para la Pascua es un camino de peregrinación muy bello. Lo hago entre salmos y profundizando cada día en la lectura del Evangelio. Y veo como Jesús no me obliga a nada, no me exige nada, no fuerza mi voluntad. Él, que va a dar su vida por mí, podría hacerlo. Al contrario, sus palabras son sencillas: «¡Sí tú quieres, hazlo!». ¡Me da libertad absoluta! Jesús sólo me llama: «¡Sí quieres, ven!». Jesús sólo me invita: «¡Sí quieres, ven!». Jesús sólo me hace partícipe de su Palabra: «¡Sí quieres, escucha!». En Jesús lo que predomina es la vivencia de la gratuidad. La gratuidad que emana del Espíritu de Dios. ¡Es tan bello… que estremece!
Sé que si le sigo —y no siempre lo hago— voy a ser feliz, libre, lleno de esperanza, repleto de gozo y alegría, fortalecido por la fe y la confianza, amparado por su misericordia. Lees la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada palabra emerge la gran ternura que Dios siente por todos los hombres. Y también queda en evidencia la pobreza del corazón humano. De mi propio corazón. Pero como el Evangelio es la constatación de la Buena Nueva uno no puede más que regocijarse de alegría.
Camino hacia la Pascua. ¡Y pienso: yo tengo que ser como era Jesús! ¡Ser Cristo para los demás! ¡Ser Cristo en el corazón, en la palabra, en los gestos, en los compromisos, en los pensamientos, en la mirada, en el perdón, en los sentimientos! ¡Irradiar a Cristo! ¡Ser un hombre nuevo para trasladar el mensaje del Evangelio desde la sencillez de mi vida en la familia, en el trabajo, entre los amigos, en la comunidad…! ¡El reto que me impone el Evangelio es enorme, pero es tan auténtico y hermoso que no puedo más que exclamar: «¡Señor, sí quiero!»!

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¡Sí quiero, Señor! ¡Quiero hacer como hacías Tú, Jesús! ¡Quiero amar como amabas Tú, Señor! ¡Quiero orar como orabas Tú, Jesús! ¡Quiero sentir, acoger, vivir… como lo hacías Tü! ¡Tú, Jesús, eres el Hijo de Dios hecho Hombre, que me invitas a crecer! ¡Ayúdame, Señor, a ser yo mismo tu evangelio vivo, mirarte a ti, acoger en mi corazón tu Palabra, seguir fielmente tus pasos a través de Nazaret y de los caminos de Galilea a Jerusalén que son los caminos de este tiempo que me toca vivir y percibir la fuerza de tu Resurrección! ¡Quiero conocerte mejor, Señor, descubrir tu sensibilidad, tu generosidad, tu amor, tu misericordia, el auténtico perfil que te define, como el enviado de Dios Padre! ¡Dame, Señor Jesús, una nueva sensibilidad, la que manifiestas en tus respuestas! ¡Quiero ser sensible como lo eres Tú, que ninguna realidad me deje indiferente! ¡Quiero, Señor: hacer de la humildad la base lo que soy! ¡Aquí me tienes, Señor, en busca del bien y dispuesto a seguir tus mandatos, a luchar contra el mal y decidido a hacer el bien, con ganas de ser auténtico, sencillamente yo, sin máscaras que recubran mi verdad! ¡Aquí me tienes junto a ti, Señor Jesús, Señor de la vida y del amor!

En este periodo cuaresmal elevamos nuestra plegaria con la música bizantina y el Salmo 33 que exclama: «Aclamen, justos, al Señor: es propio de los buenos alabarlo».

Cerca de Dios, en las alturas

El sábado volaba a gran altura en un viaje de varias horas. Desde la ventana del avión se tiene la impresión de estar inmóvil, suspendido por un hilo invisible. El espinazo de las montañas nevadas… El agua de tintes morados del Mediterráneo… Las casas diminutas de los diferentes pueblos que sobrevolamos… El escuadrón de nubes blancas que invaden el firmamento… El trazo tortuoso de las costas… Hay que viajar de vez en cuando para darse cuenta de la propia pequeñez asomado al mundo desde ese balcón real que es el avión. Hay que haber visto el mundo desde lo alto para comprender la miseria de nuestra nada, que escarba la tierra y edifica como cuevas de hormigas. Y como también nosotros estamos hechos para los espacios inmensos, los horizontes sin límites. En una palabra, para el infinito. Mientras rezo el Rosario desde la ventana del avión emerge un sol luminoso. Inmortalizo la imagen. Parto hacia un país musulmán, todavía en guerra, y parece como si Dios quisiera acompañarme. Y, de Jesús, su Hijo. Y, de María, de la que voy de la mano. Y los siento cercanos. Soy pequeño pero en la inmesidad del universo allí esta la fuerza de ese Dios creador que nos acompaña siempre, dándonos su apoyo, su amor y su cercanía. De Cristo, su Hijo, que me acompaña en el caminar de la vida. Y de la Virgen, la Señora que me cubre con su manto protegiéndome siempre.

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¡Bendito, seas Señor, por la belleza de tu creación y por tu compañía! ¡Gracias, Dios bondadoso, porque siento que dependiendo de Ti me siento libre! ¡Señor, que nunca tenga miedo a lo que me pides a través de las diversas circunstancias de la vida! ¡Que en cada acontecimiento, cada encuentro con alguien, cada dificultad, cada caída, cada alegría… encuentre tu voz, Señor, que me llama e invita a elevar la mirada al cielo y a adherirme a ti! ¡Que sepa comprender, Señor, que estoy creado por ti para alcanzar el infinito! ¡Te pido, Señor, de corazón que me permitas plantar en mi corazón la semilla del amor, del gozo, de la alegría, de la entrega! ¡Aumenta y fortalece mi fe! ¡Señor, sólo en ti está la paz y la esperanza; abro mi corazón y con agradecimiento te doy gracias por todo lo que me has dado! ¡Señor, gracias, porque me amas con un amor infinito! ¡Gracias, Señor, porque incluso te apareces en la luminosidad del sol del atardecer del día, al despuntar el sol por la mañana, en la oscuridad de la noche y en todos los momentos de nuestra vida! ¡Gracias, María, por tu protección consoladora!

Gloria a Dios en las alturas, cantamos hoy con Marcos Barrientos:

Llorar con Jesús

Cuando observas llorar a alguien, aunque sea desconocido, te estremeces, te unes a esa persona desde la compasión. Tres veces lloró Jesús según los relatos del Evangelio. En el silencio de la oración medito hoy estos tres momentos. Ante la tumba de su amigo Lázaro, llora de tristeza por la pérdida del ser querido y la dureza de corazón de tantos. Al acercarse a Jerusalén se compadece de la ciudad exclamando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!». Llora también por tantos que le rechazarán y por la destrucción de la ciudad. Y en el huerto de los olivos, desgarrado por el dolor y en medio de la oración, su corazón angustiado le llevará a sudar gotas de dolor sabedor que tendrá que cargar con el peso de nuestros pecados. Sin embargo, en el momento de mayor sufrimiento, dolorido por los golpes en el Sanedrín y durante la flagelación, y en el camino llevando encima la Cruz, Cristo no llora. Se muestra manso, sus gestos denotan serenidad, transmite paz y, lo más impresionante, es capaz de llevando encima el peso de la humanidad repartir consuelo a los que lloran entre la multitud y de perdonar dispensando de toda culpa a aquellos que lo van a crucificar.
Llora Jesús también en la actualidad. Sus lágrimas las derrama por mi incapacidad para dar la vida por Él, por mi miedo a reconocerlo ante los demás, por mis continuas negaciones, por tantas traiciones a su voluntad, por las veces que rechazo sus señales, por las muchas veces que he huido como hicieron los apóstoles en Getsemaní, por la dureza de mi corazón o cuando desprecio sus palabras…. Llora Jesús y tiene motivos para ello. ¡Cómo no va a llorar Jesús si no hago más que reincidir siempre con los mismos pecados pese a las insistentes promesas de cambiar, de arrepentirme de verdad, de corregir todo aquello que me aleja de Él!
Las lágrimas de Jesús están justificadas. Ha dado la vida por nosotros y nos cuesta aceptar esta entrega salvífica y generosa. Demostramos tener una fe débil. La tentación nos arrastra y no tenemos la fortaleza para no caer. Nuestro testimonio cristiano es, en muchas ocasiones, inconsistente.
Llora Jesús. Tiene motivos para hacerlo porque cada vez que peco rompo mi relación con Su Padre, con mi Padre Dios. Porque fragmento la vida divina que Él mismo ha dejado impresa en mi pobre alma. En realidad, el que tendría que llorar debería ser yo por los pecados con los que cargo una y otra vez. Derramar lágrimas de súplica, de perdón y de petición de misericordia.
Pero hay algo positivo en las lágrimas clementes de Jesús. Son lágrimas de gracia, son la clara invitación que responder a su llamada, son el clamor para que me acerque a Él y me acoja a su compasión y misericordia, es el llamamiento a ser sensible al dolor del que camina a mi lado. Se acerca el día de su Pasión y Cruz: ¡Cuántas lágrimas tengo que derramar por ese amor tan grande que el Señor tiene por mí y no es correspondido por mi pequeño ser!

¡Señor, Tú nos dices que «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»! ¡Te pido en este día que consueles mi corazón y de todos aquellos que a mi alrededor y en el mundo entero lloran por tantos problemas y desolaciones que afectan su vida! ¡Quiero llorar contigo, Señor, consciente de mis múltiples caídas que dañan tu corazón inmaculado! ¡Pero te doy gracias, Señor, por tantas lágrimas que derramaste durante Tu Pasión y las que derramó tu Santísima Madre, para colaborar en la Redención del mundo! ¡Gracias, porque me hacen consciente del gran amor que sentís por mí y por el mundo entero! ¡Lloro, Señor, hoy por mis pecados y por los pecados del mundo entero que deshonran nuestra condición de hijos de Dios! ¡Lloro, Señor contigo y con tu Madre por todos los que rechazan el amor de Dios en su vida, por los jóvenes que viven alejados de la verdad y sometidos a la mentira del consumismo, por la violencia que asola tantos rincones del mundo, por las familias que pasan dificultades espirituales y materiales, por las incomprensiones entre los seres humanos, por los odios que abren tantos abismos entre nosotros, por la falta de fe y y esperanza de tantos, por la falta de caridad entre las personas, por el desprecio hacia la Iglesia y tu Palabra, por los que sufren persecución por defender su fe, por los que pasan sequedades interiores, por los enfermos, por los que tienen dureza de corazón, por los que son incapaces de escuchar la llamada de Dios, por los que no rezan, por los poderosos que son insensibles al sufrimiento de los más necesitados! ¡Señor, lloro también para que ablandes mi corazón y lo abras a un encuentro más sincero contigo, Tú que eres fuente de luz y de paz! ¡Y a ti, María, te pido que me mires con bondad maternal y ruegues a Dios por mi verdadera conversión!

Jesùs secó mis lágrimas, cantamos con Óscar Medina:

Hijo mío no eres mío, perteneces a Dios

Tercer sábado de febrero y segundo de Cuaresma con María en nuestro corazón. Hoy comienzo mi oración con una idea fija: ¿cómo fue el primer día que Jesús inició su camino de predicación? ¿Te lo has planteado alguna vez? Cumplidos los ¡treinta años! consciente que viene del Padre para cumplir su misión, Jesús tiene que dejar el hogar que ha compartido con María y José. Ha llegado su hora. La hora. La de cumplir con amor y por amor la voluntad del Padre. Su marcha será definitiva. Va a desarrollar su auténtica vocación: promover el reino del Padre y dejar testimonio de la Verdad. Durante treinta años se ha preparado para ello.
Pudo ser al despuntar el día. Con los primeros rayos de sol. Con la escarcha fina todavía viva del frío de la noche. Con el verde de las hojas de los olivos irradiando luz. Con las herramientas de la carpintería bien guardadas. Sin ningún trabajo más que entregar. Jesús se acerca a María, la Madre. Y le besa tiernamente en la mejilla. Tal vez, Madre e Hijo se abrazan. Se despiden en silencio. Hay amor… mucho amor. A continuación, María sonríe. Es una sonrisa de complicidad, es un nuevo Hágase sereno y confiado a la voluntad del Padre. Todo lo que María había ido guardando en su corazón renace de nuevo. Y, Jesús, estoy convencido, le pidió su bendición para andar en busca de la salvación del género humano.
Y María, con un corazón traspasado por la espada del dolor, pero con la serenidad de saber que todo aquello que vendrá es voluntad del mismo Dios, impone sus manos sobre Jesús para exclamar algo así: «¡Hijo mío, no eres mío, perteneces a Dios. Emprende tu camino y anda en paz. Que la fuerza de tus pisadas dejen profundas huellas en el corazón de aquellos que encontrarás en el camino. Recibe mi abrazo amoroso de Madre y anima los corazones de tantos seres humanos que tienen necesidad de Ti».
María, siempre fiel, en el momento crucial de la Historia, con una decisión y una firmeza extraordinarias, también aceptó una misión con su bienaventurado «sí». Jesús partió bendecido por la Madre de la Confianza, y hoy mi misión es partir también a anunciar el Evangelio a todos aquellos con los que me voy a cruzar. ¡De la mano de Jesús y de María, claro!

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¡María, Madre siempre fiel, Madre de Jesús y Madre mía, cuando tenga que emprender mi misión y me asalten las incertidumbres, cuando las cosas se compliquen, cuando todo sea difícil enséñame el camino, Tú que supiste confiar! ¡Obtén para mí, Santa María de la Confianza, el auxilio divino para superar todas las incertidumbres que me acosan en este tiempo! ¡Pero ayúdame también, Señora, a esforzarme según mis capacidades y el máximo de mis posibilidades para responder al plan de Dios en mi vida y en todas las circunstancias que me rodean! ¡Ayúdame, María, a superar todos mis miedos, mis tormentos, mis desesperanzas! ¡María, Tú que eres la Corredentora de todas las gracias, me entrego a Ti con confianza para que de Tu santa mano me lleves hacia tu Hijo Jesucristo con alegría y esperanza!

María, mírame, cantamos hoy esta canción dedicada a María: