¿Quién es verdaderamente grande?

Una gran mayoría de veces unimos la grandeza al poder. O a la virtud. O a la santidad. La grandeza no recae en los políticos que rigen nuestros destinos… Mi concepto de grandeza es aquel que no le asquea besar a un leproso, como hizo el gran san Francisco de Asís; o se pone de rodillas ante un enfermo, como el Papa Francisco; o limpia el rostro de Cristo sin importarle el qué dirán o pensarán, como la Verónica cuando Cristo avanza hacia el Calvario; o los mártires cristianos de tantos lugares que perdonan a los ejecutores que les van a fusilar; o el que da un abrazo amoroso al harapiento de las calles de su ciudad, a imitación de la Madre Teresa de Calcuta; o el que besa a su cónyuge y a sus hijos para pedirles perdón porque les ama.
La grandeza es innata al amor. Y el amor grande surge de un corazón que tiene paz interior, serenidad, confianza, fe. Emerge del que siente compasión por el desvalido, el necesitado, el abandonado, el humillado, el agredido. Y, además, no le importa ponerse del lado del débil aun cuando puede ser apartado y vilipendiado por ello.
Pero para amar es imprescindible ante haber sido amado porque es imposible dar lo que nunca se ha recibido. Y es ahí donde emerge con una fuerza indescriptible el Amor de Dios en nuestra vida.
Quien es verdaderamente grande es aquel que tiene la plena certeza de que Dios le ha agraciado con su amor y pone todos sus dones y sus virtudes para el servicio a los demás y no para el provecho propio. Lamentablemente la mayoría de nosotros —y, tristemente, yo el primero— nos encontramos en un estadio inferior, incapaces de darnos de verdad, de entregarnos sin contemplaciones probablemente porque nuestras heridas son muy profundas, nuestra vida es muy tibia, nuestras reticencias muy grandes o nuestra actitud ante los demás muy apática.

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¡Ya sabes lo que te pido Señor de la Misericordia! ¡Ya conoces lo que anida en mi corazón, Señor! ¡Quiero verte cada día con más claridad, amarte con más ternura y seguirte con mayor fidelidad! ¡Y quiero hacerlo, Señor, cada día sin desfallecer! ¡Quiero en este día, Padre, Señor de cielos y de tierra, porque me revelas tu gran amor y tu gran bondad! ¡Tú eres el único que verdaderamente ofrece sentido a mi vida! ¡Sé que Tú eres el amor, que estás conmigo y me esperas en la morada eterna, que has preparado para mí desde que creaste el mundo! ¡Que a lo largo de mi vida sea capaz, Señor, de dar amor a los demás; permite, Señor, que sea capaz de amar a todos los que recorren conmigo el camino de la vida! ¡Qué hermoso sería tener un corazón como el tuyo, con capacidad para amar y perdonar, para ayudar y comprender, para crecer y confiar! ¡Pero Tú sabes, Señor, cuánto me cuesta practicarlo, hacerlo vida en cada uno de los actos de mi propia vida! ¡Señor, Tú ya sabes que mis fuerzas son pequeñas pero Tú estás siempre ahí, esperándome, confiando en mí, creyendo en mí; que cada paso atrás que dé, Señor, sea un peldaño que me permita acercarme más a Ti y los demás! ¡Ayúdame, Señor, a tener la valentía de comenzar de nuevo en el camino del amor! ¡Dame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, la valentía de unir mis manos a la de mis hermanos, para crecer unidos en el amor y la amistad! ¡Y así, Señor, al cerrar mis ojos cada noche, sienta que pueda refugiarme serenamente en tu regazo de Padre amoroso, comprensivo y misericordioso, orgulloso de haber actuado siempre con amor y por amor!

Escuchamos hoy la Canción de santidad de Juan Luis Guerra:

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