«Tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se lo dio»

Hoy domingo viviremos el misterio de la Eucaristía. Es el día del Señor, de la gran alegría cristiana. Medito hoy sobre los cuatro verbos fundamentales del momento de la consagración. Jesús, antes de morir, nos dejó ese gesto que cada domingo actualizamos y que, a veces, de tanto escucharlo puede acabar convirtiéndose en algo rutinario. Los cuatro verbos son «tomó el pan», «lo bendijo», «lo partió» y se «lo dio». Estos cuatro verbos si los escuchamos con fe y los acogemos en el corazón y tenemos puestos en ellos sintetizada toda nuestra vida algo tiene que cambiar en nuestro interior.
«Tomó el pan». Los cristianos creemos firmemente que hemos sido tomados por las manos de Dios, con cariño y con amor. Es el misterio del amor de Dios en nuestra vida. Pero creerlo es una opción, una cuestión de fe. Que nuestra vida es un regalo de Dios es cuestión de creerlo. También podemos pensar como Heiddegger que la vida nos ha lanzado, que no hay un Dios que nos ha dado la vida. Que la vida es un azar, una broma del destino. Para mí, como cristiano, mi vida es una misión. La Palabra de Dios me invita a creer que estoy en las manos de Dios, que es Padre.
«Lo bendijo». La primera persona que nos bendijo a nosotros no fue nuestra madre cuando nos tomó en sus brazos al nacer. Fue Dios. Pero al mismo tiempo, ¡cuántas personas a lo largo de nuestra vida nos han bendecido porque han dicho bien de nosotros! Familiares, amigos, compañeros de trabajo y de estudios, educadores, religiosos y religiosas… Dios también nos bendice cada día ―nos llama «hijos» amados― en las alegrías y en las penas, en el sufrimiento y en la esperanza, en la salud y en la enfermedad. Los sacramentos son también parte de la bendición de Dios en nuestra vida. Disfrutemos de la plegaria eucarística como un regalo de Dios.
«Lo partió». Sugiere que tantas veces nuestra vida nos partimos. Nos partimos en trozos pequeños, medianos y grandes en función del dolor y del sufrimiento, de las rupturas, de las divisiones internas que llevamos dentro, de nuestra falta de identidad de lo que somos y adónde vamos, de no entendernos a nosotros y no entender a los demás, de las divisiones sociales, familiares, profesionales… Todas estas rupturas de nuestra vida Cristo los asume y se hace partícipe de ellas desde la Cruz. Y la noche antes de su muerte, al partir el pan, dijo bien claro «haced esto en memoria mía». Es la forma para que podamos beneficiarnos, actualizar cada día, cada domingo, lo que Jesús hizo en la Cruz. E impresiona cuando escuchamos desde el micrófono como se parte el pan como se parte también algo de nosotros en comunión con Dios.
Y, finalmente, «se lo dio diciendo: ¡Tomad y comed todos de Él porque este es mi cuerpo!». ¡Qué impresionante! ¡Qué emotivo! ¡Qué hermoso! Nos lo dio. En esta vida fragmentada que tantas veces tenemos, estps inevitables desajustes, divisiones y rupturas de nuestra vida nos podría llevar a tener una visión pesimista de la condición humana. La palabra de Dios, el gesto de Jesús, nos invita a recordar que podemos recomponerla. Nos da la oportunidad de presentarle estos fragmentos partidos de nuestra vida.
Este es el gran mensaje de la Eucaristía: «tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se lo dio» que implica que cada día podemos renovar nuestro compromiso con Jesús, poner nuestra fragilidad en sus manos y aumentar nuestra fe para creer de verdad que puestos en sus manos todo es posible para nuestro pequeño ser.

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¡Esta es mi vida, Señor, no sé hacerlo mejor! ¡Pongo estos pedazos de mi vida ante Ti, Señor, recompónlos y ayúdame a darle este sentido de entrega analizando mis rupturas¡ ¡Ayúdame a hacer, Señor, de las experiencias humanas ―fragmentación, división, rupturas, dolor, angustia, desaliento…― darle la vuelta! ¡Dame también Espíritu Santo tus santos dones para lograrlo! ¡Te lo ofrezco, Señor! ¡Y en todo caso no permitas que me contemple tanto y aunque mi vida sea frágil te la entrego para que la hagas nueva! ¡Haz de mi vida llena de dificultades e incoherencias un vida verdadera, llena de ti! ¡Me entrego a ti, Señor! ¡Tú tienes la capacidad para reconciliar, para recomponer mi vida!

Te tengo a Tí, cantamos este canto de comunión en la meditación de hoy

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