Todos somos vulnerables

Ser alguien vulnerable, mostrar sensibilidad, manifestar debilidad, dejar en evidencia los propios defectos, evidenciar fragilidad no está muy bien visto en la sociedad actual. Si hablamos de belleza, sólo son válidos los cánones de la hermosura. Pero la perfección… no existe. Y, aunque somos conscientes de ello, vivimos tratando de evitar que queden en evidencia en nuestra vida la imperfección, la vulnerabilidad, la fragilidad y las limitaciones.
Veía el otro día un documental sobre san Ignacio de Loyola, un hombre que vivió en una época en la que el honor devenía la razón de todo militar. Pero Íñigo de Loyola había fracasado en todos los frentes de su existencia. Herido en una batalla, desprestigiado en lo militar, desengañado en lo amoroso, lacerado en su reputación… sobre su vida se cernía la oscuridad. Sin embargo, desde la penumbra de su vida, surgió la luz. Sólo cuando Ignacio dejó de mirarse a sí mismo, de potenciar su yo, pudo descubrir a ese Dios que caminaba junto a él en el camino de la vida. Dios conquistó el corazón de aquel hombre orgulloso. Es la demostración que, incluso en los momentos más oscuros, sombríos y nebulosos de nuestra vida, siempre hay Alguien que busca hacerse un hueco en nuestro corazón.
En san Ignacio, como me puede ocurrir a mi o ti, Dios conquistó un corazón soberbio, un corazón de piedra, un corazón egoísta y obstinado. Siendo derrotado en la lucha interior es como, sorprendentemente, san Ignacio se alzó con la victoria final. Logró encontrar en Dios la alegría, la verdad, el gozo, la paz y el sentido de su existencia: fue capaz de amar y darse a los demás, ser misericordioso y recibir la misericordia de Dios, servir con generosidad a los demás y servir generosamente a Dios.
Eso fue posible cuando el joven vasco dejó de vivir de apariencias, de vivir a la defensiva, de anteponer su yo, de tratar de impresionar a los demás, de desenquistar sus deseos y su voluntad. Enderezó el rumbo de su vida porque su corazón se dejó conquistar por la misericordia de Dios. ¿Y por qué yo, cada día, me muestro temeroso a que se conozcan mis defectos, mi vulnerabilidad, mis imperfecciones y trato de ocultar la autenticidad de mi vida?
El analizar desde el corazón, en la oración, las debilidades y limitaciones nos hace cada día más sabios. Más honestos. Más auténticos. Y si todo ello lo ponemos ante la Misericordia de Dios nos convierte en cristianos más genuinos porque en ese coraje de reconocer nuestra debilidad Dios puede ayudarnos a enderezar el rumbo de nuestra vida.
Tiempo de cuaresma. Tiempo de interiorización. Tiempo para reconquistar la propia vida, para caminar hacia la santidad con una visión personal. No es una tarea sencilla, pero es una aventura que merece la pena afrontar.

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¡Señor, estoy lleno de debilidades pero no me avergüenzo de que Tú las conozcas, las asumas y las llenes de vida! ¡Señor, Tú me conoces a la perfección y sabes quien soy por dentro! ¡Y cuando miras mi rostro, está tan desfigurado como el Tuyo en la Cruz! ¡Ayúdame a caminar contigo hacia mi interioridad, a avanzar cada día para ser mejor! ¡Tantas veces, Señor, soy un desconocido para mi mismo y para Ti también! ¡Pero me postro ante Ti, Señor de la Misericordia, con mi sencillez, con mi pequeñez, con mi nada buscándote a Ti que eres mi amigo para desde el silencio me comuniques todo aquello que quieres que sea, que haga y que transmita! ¡Señor, desde mi pequeñez me complazco en mirarte y eso me da una gran paz y un gran consuelo! ¡Qué bien me siento contigo, Señor! ¡Ayúdame en este tiempo de cuaresma a descubrirme verdaderamente, a aceptarme en mi realidad, a soportar mis inseguridades y mis miedos, a superar mis caídas, mis faltas y mis tantos fracasos, a levantarme cuando parece que nada tiene solución, a seguir avanzando cogido de tu mano, a no mirar atrás sino siempre con mirada firme y esperanzada hacia adelante, a empezar cada día con las fuerzas renovadas y con el impulso del Espíritu Santo! ¡Tu eres mi roca, Señor, y el agua que me sacia la sed de cada día! ¡Señor, derriba los muros que cercan mi corazón y ayúdame a salirme de mi mismo para encontrarte en la Pascua con un corazón nuevo, un corazón alegre, un corazón repleto de vida!

Me invocará y lo escucharé, cantamos hoy siguiendo la letra del salmista:

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