Llenar mi cántaro vacío

Regreso de un viaje de tres días por África. Como en otras ocasiones he palpado el sufrimiento por la carestía de agua, que reseca las gargantas de tantas gentes sin futuro y esperanza. Al igual que una gran parte de la humanidad sufre de sed, a Jesús le sucedió algo similar. Tras una jornada agotadora, se muestra sediento y pide agua, signo de su auténtica humanidad. Sentado junto a un pozo, una mujer le da de beber. A cambio, ese Cristo que siempre se hace el encontradizo, le ofrece un manantial que es surtidor de serenidad, alegría, felicidad, paz y vida interior.
¿Y de qué estoy sediento yo? ¿Soy consciente de que tantas veces pongo obstáculos e inconvenientes a Dios para que actúe en mi vida y llene mi cántaro de Él? ¿Estoy sediento del agua cristalina y fresca que Él me ofrece? ¿O, por el contrario, necesito mucho más para saciar mi sed?
Vivimos una época en que todo nos satura. Nos llenamos de todo pero también de nada. Tenemos lo imprescindible para vivir pero, en esa insatisfacción permanente en la que vivimos, sentimos que nos falta ese poquito de más para alcanzar la felicidad. Y en ese instante, ese Cristo que espera con paciencia de amigo, entra en acción. Él no ofrece el agua de manantial envasada en botellas individuales que podemos adquirir en una gran superficie comercial. Jesús nos toma de la mano y nos conduce a esa fuente de agua viva que calma nuestra desazón e intranquilidad y nos colma con la sed de Dios.
Todos somos en cierta manera como la mujer samaritana. Y al sentarnos en el pozo junto a Jesús nos colocamos frente a la verdad de nuestra vida. Y esto es, sin duda, lo que más nos cuesta aceptar. Pero el Señor nos ofrece una infinidad de pozos donde encontrarnos con Él y llenar nuestro cántaro vacío. Pozos cuya agua fresca nunca se agota.
Uno de esos pozos de agua abundante es el pozo de la oración, el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Y a través de la oración Cristo me moldea, me consuela, me fortalece y me habla. Es un pozo que sacia mi sed y me ofrece una vida nueva y permite al Espíritu Santo obrar grandes prodigios en mi corazón.
Pero existe también el pozo de la Palabra en el que Jesús intima conmigo, me descubre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos, me interpela y se me revela porque cada palabra suya llega al corazón humano de manera individual.
Y el que mas sacia es el pozo de la Eucaristía, ese gran misterio de intimidad con el Señor. Allí, impregnado de su presencia, además de mitigar la sed, el Señor me alimenta y me da las fuerzas necesarias para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.

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¡Señor, hoy quiero ponerme en lugar de la mujer samaritana porque sé que tu me esperas en este tiempo de Cuaresma para hablarme directamente al corazón! ¡Señor tu sabes que tantas veces ese cántaro con el que lleno mis obras y mi trajines diarios se me antoja incapaz de saciar mi sed de vida llena! ¡Señor, solo el encuentro contigo desde mi verdad, me hace capaz de dejar mi cántaro, de despreocuparme de mi mismo, de dejar de ser el centro para dejar que los demás ocupen un lugar importante en mi vida! ¡Que mi vida rendida a tu Espíritu consienta en mí la misma transformación que obró en la samaritana; y que, dejando mi cántaro, me convierta en un verdadero discípulo tuyo!

Sed de Dios se titula la canción de Jesed que acompaña esta meditación:

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