Hijo mío no eres mío, perteneces a Dios

Tercer sábado de febrero y segundo de Cuaresma con María en nuestro corazón. Hoy comienzo mi oración con una idea fija: ¿cómo fue el primer día que Jesús inició su camino de predicación? ¿Te lo has planteado alguna vez? Cumplidos los ¡treinta años! consciente que viene del Padre para cumplir su misión, Jesús tiene que dejar el hogar que ha compartido con María y José. Ha llegado su hora. La hora. La de cumplir con amor y por amor la voluntad del Padre. Su marcha será definitiva. Va a desarrollar su auténtica vocación: promover el reino del Padre y dejar testimonio de la Verdad. Durante treinta años se ha preparado para ello.
Pudo ser al despuntar el día. Con los primeros rayos de sol. Con la escarcha fina todavía viva del frío de la noche. Con el verde de las hojas de los olivos irradiando luz. Con las herramientas de la carpintería bien guardadas. Sin ningún trabajo más que entregar. Jesús se acerca a María, la Madre. Y le besa tiernamente en la mejilla. Tal vez, Madre e Hijo se abrazan. Se despiden en silencio. Hay amor… mucho amor. A continuación, María sonríe. Es una sonrisa de complicidad, es un nuevo Hágase sereno y confiado a la voluntad del Padre. Todo lo que María había ido guardando en su corazón renace de nuevo. Y, Jesús, estoy convencido, le pidió su bendición para andar en busca de la salvación del género humano.
Y María, con un corazón traspasado por la espada del dolor, pero con la serenidad de saber que todo aquello que vendrá es voluntad del mismo Dios, impone sus manos sobre Jesús para exclamar algo así: «¡Hijo mío, no eres mío, perteneces a Dios. Emprende tu camino y anda en paz. Que la fuerza de tus pisadas dejen profundas huellas en el corazón de aquellos que encontrarás en el camino. Recibe mi abrazo amoroso de Madre y anima los corazones de tantos seres humanos que tienen necesidad de Ti».
María, siempre fiel, en el momento crucial de la Historia, con una decisión y una firmeza extraordinarias, también aceptó una misión con su bienaventurado «sí». Jesús partió bendecido por la Madre de la Confianza, y hoy mi misión es partir también a anunciar el Evangelio a todos aquellos con los que me voy a cruzar. ¡De la mano de Jesús y de María, claro!

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¡María, Madre siempre fiel, Madre de Jesús y Madre mía, cuando tenga que emprender mi misión y me asalten las incertidumbres, cuando las cosas se compliquen, cuando todo sea difícil enséñame el camino, Tú que supiste confiar! ¡Obtén para mí, Santa María de la Confianza, el auxilio divino para superar todas las incertidumbres que me acosan en este tiempo! ¡Pero ayúdame también, Señora, a esforzarme según mis capacidades y el máximo de mis posibilidades para responder al plan de Dios en mi vida y en todas las circunstancias que me rodean! ¡Ayúdame, María, a superar todos mis miedos, mis tormentos, mis desesperanzas! ¡María, Tú que eres la Corredentora de todas las gracias, me entrego a Ti con confianza para que de Tu santa mano me lleves hacia tu Hijo Jesucristo con alegría y esperanza!

María, mírame, cantamos hoy esta canción dedicada a María:

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