Llorar con Jesús

Cuando observas llorar a alguien, aunque sea desconocido, te estremeces, te unes a esa persona desde la compasión. Tres veces lloró Jesús según los relatos del Evangelio. En el silencio de la oración medito hoy estos tres momentos. Ante la tumba de su amigo Lázaro, llora de tristeza por la pérdida del ser querido y la dureza de corazón de tantos. Al acercarse a Jerusalén se compadece de la ciudad exclamando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!». Llora también por tantos que le rechazarán y por la destrucción de la ciudad. Y en el huerto de los olivos, desgarrado por el dolor y en medio de la oración, su corazón angustiado le llevará a sudar gotas de dolor sabedor que tendrá que cargar con el peso de nuestros pecados. Sin embargo, en el momento de mayor sufrimiento, dolorido por los golpes en el Sanedrín y durante la flagelación, y en el camino llevando encima la Cruz, Cristo no llora. Se muestra manso, sus gestos denotan serenidad, transmite paz y, lo más impresionante, es capaz de llevando encima el peso de la humanidad repartir consuelo a los que lloran entre la multitud y de perdonar dispensando de toda culpa a aquellos que lo van a crucificar.
Llora Jesús también en la actualidad. Sus lágrimas las derrama por mi incapacidad para dar la vida por Él, por mi miedo a reconocerlo ante los demás, por mis continuas negaciones, por tantas traiciones a su voluntad, por las veces que rechazo sus señales, por las muchas veces que he huido como hicieron los apóstoles en Getsemaní, por la dureza de mi corazón o cuando desprecio sus palabras…. Llora Jesús y tiene motivos para ello. ¡Cómo no va a llorar Jesús si no hago más que reincidir siempre con los mismos pecados pese a las insistentes promesas de cambiar, de arrepentirme de verdad, de corregir todo aquello que me aleja de Él!
Las lágrimas de Jesús están justificadas. Ha dado la vida por nosotros y nos cuesta aceptar esta entrega salvífica y generosa. Demostramos tener una fe débil. La tentación nos arrastra y no tenemos la fortaleza para no caer. Nuestro testimonio cristiano es, en muchas ocasiones, inconsistente.
Llora Jesús. Tiene motivos para hacerlo porque cada vez que peco rompo mi relación con Su Padre, con mi Padre Dios. Porque fragmento la vida divina que Él mismo ha dejado impresa en mi pobre alma. En realidad, el que tendría que llorar debería ser yo por los pecados con los que cargo una y otra vez. Derramar lágrimas de súplica, de perdón y de petición de misericordia.
Pero hay algo positivo en las lágrimas clementes de Jesús. Son lágrimas de gracia, son la clara invitación que responder a su llamada, son el clamor para que me acerque a Él y me acoja a su compasión y misericordia, es el llamamiento a ser sensible al dolor del que camina a mi lado. Se acerca el día de su Pasión y Cruz: ¡Cuántas lágrimas tengo que derramar por ese amor tan grande que el Señor tiene por mí y no es correspondido por mi pequeño ser!

¡Señor, Tú nos dices que «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»! ¡Te pido en este día que consueles mi corazón y de todos aquellos que a mi alrededor y en el mundo entero lloran por tantos problemas y desolaciones que afectan su vida! ¡Quiero llorar contigo, Señor, consciente de mis múltiples caídas que dañan tu corazón inmaculado! ¡Pero te doy gracias, Señor, por tantas lágrimas que derramaste durante Tu Pasión y las que derramó tu Santísima Madre, para colaborar en la Redención del mundo! ¡Gracias, porque me hacen consciente del gran amor que sentís por mí y por el mundo entero! ¡Lloro, Señor, hoy por mis pecados y por los pecados del mundo entero que deshonran nuestra condición de hijos de Dios! ¡Lloro, Señor contigo y con tu Madre por todos los que rechazan el amor de Dios en su vida, por los jóvenes que viven alejados de la verdad y sometidos a la mentira del consumismo, por la violencia que asola tantos rincones del mundo, por las familias que pasan dificultades espirituales y materiales, por las incomprensiones entre los seres humanos, por los odios que abren tantos abismos entre nosotros, por la falta de fe y y esperanza de tantos, por la falta de caridad entre las personas, por el desprecio hacia la Iglesia y tu Palabra, por los que sufren persecución por defender su fe, por los que pasan sequedades interiores, por los enfermos, por los que tienen dureza de corazón, por los que son incapaces de escuchar la llamada de Dios, por los que no rezan, por los poderosos que son insensibles al sufrimiento de los más necesitados! ¡Señor, lloro también para que ablandes mi corazón y lo abras a un encuentro más sincero contigo, Tú que eres fuente de luz y de paz! ¡Y a ti, María, te pido que me mires con bondad maternal y ruegues a Dios por mi verdadera conversión!

Jesùs secó mis lágrimas, cantamos con Óscar Medina:

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