¡Tengo que ser como era Jesús!

Prepararse para la Pascua es un camino de peregrinación muy bello. Lo hago entre salmos y profundizando cada día en la lectura del Evangelio. Y veo como Jesús no me obliga a nada, no me exige nada, no fuerza mi voluntad. Él, que va a dar su vida por mí, podría hacerlo. Al contrario, sus palabras son sencillas: «¡Sí tú quieres, hazlo!». ¡Me da libertad absoluta! Jesús sólo me llama: «¡Sí quieres, ven!». Jesús sólo me invita: «¡Sí quieres, ven!». Jesús sólo me hace partícipe de su Palabra: «¡Sí quieres, escucha!». En Jesús lo que predomina es la vivencia de la gratuidad. La gratuidad que emana del Espíritu de Dios. ¡Es tan bello… que estremece!
Sé que si le sigo —y no siempre lo hago— voy a ser feliz, libre, lleno de esperanza, repleto de gozo y alegría, fortalecido por la fe y la confianza, amparado por su misericordia. Lees la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada palabra emerge la gran ternura que Dios siente por todos los hombres. Y también queda en evidencia la pobreza del corazón humano. De mi propio corazón. Pero como el Evangelio es la constatación de la Buena Nueva uno no puede más que regocijarse de alegría.
Camino hacia la Pascua. ¡Y pienso: yo tengo que ser como era Jesús! ¡Ser Cristo para los demás! ¡Ser Cristo en el corazón, en la palabra, en los gestos, en los compromisos, en los pensamientos, en la mirada, en el perdón, en los sentimientos! ¡Irradiar a Cristo! ¡Ser un hombre nuevo para trasladar el mensaje del Evangelio desde la sencillez de mi vida en la familia, en el trabajo, entre los amigos, en la comunidad…! ¡El reto que me impone el Evangelio es enorme, pero es tan auténtico y hermoso que no puedo más que exclamar: «¡Señor, sí quiero!»!

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¡Sí quiero, Señor! ¡Quiero hacer como hacías Tú, Jesús! ¡Quiero amar como amabas Tú, Señor! ¡Quiero orar como orabas Tú, Jesús! ¡Quiero sentir, acoger, vivir… como lo hacías Tü! ¡Tú, Jesús, eres el Hijo de Dios hecho Hombre, que me invitas a crecer! ¡Ayúdame, Señor, a ser yo mismo tu evangelio vivo, mirarte a ti, acoger en mi corazón tu Palabra, seguir fielmente tus pasos a través de Nazaret y de los caminos de Galilea a Jerusalén que son los caminos de este tiempo que me toca vivir y percibir la fuerza de tu Resurrección! ¡Quiero conocerte mejor, Señor, descubrir tu sensibilidad, tu generosidad, tu amor, tu misericordia, el auténtico perfil que te define, como el enviado de Dios Padre! ¡Dame, Señor Jesús, una nueva sensibilidad, la que manifiestas en tus respuestas! ¡Quiero ser sensible como lo eres Tú, que ninguna realidad me deje indiferente! ¡Quiero, Señor: hacer de la humildad la base lo que soy! ¡Aquí me tienes, Señor, en busca del bien y dispuesto a seguir tus mandatos, a luchar contra el mal y decidido a hacer el bien, con ganas de ser auténtico, sencillamente yo, sin máscaras que recubran mi verdad! ¡Aquí me tienes junto a ti, Señor Jesús, Señor de la vida y del amor!

En este periodo cuaresmal elevamos nuestra plegaria con la música bizantina y el Salmo 33 que exclama: «Aclamen, justos, al Señor: es propio de los buenos alabarlo».

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