Un ejemplo de autenticidad cristiana

Por razones laborales desde hace unos días me encuentro en Libia, un país asolado recientemente por la guerra y con lugares ocupados por el Isis. La última gran comunidad cristiana que residía en la ciudad de Misurata, donde tengo mi base de operaciones, eran coptos egipcios pero fueron asesinados por radicales islámicos. Los pocos cristianos y católicos que quedan no pueden hacer públicamente profesión de su fe. He conocido, por casualidad, a un católico romano. Católico en un lugar donde los musulmanes imponen sus reglas. Estoy sentado en un cómodo sofa de la recepción del hotel, el único lugar con acceso a Internet, con los cantos de la mezquita de fondo. Buscaba ayer a primera hora, antes de que despuntara el sol, imágenes para ilustrar la meditación, escribirla y enviarla. Merodeaba un trabajador del hotel de mediana edad, que observaba de reojo unas imágenes de la Cruz en la pantalla de mi ordenador. Y, unas horas, más tarde, cuando nadie le ve me cuenta en su pobre inglés su historia e indaga de donde soy. Me dice que es cristiano. Y que no hay sacerdotes en su localidad, y que todos los días vive los sacramentos desde la oración. No tiene internet en casa pero se las apaña para junto a su mujer y sus dos hijos de ocho y diez años poder seguir la Santa Misa dominical en italiano en casa de unos amigos cristianos (yo la pude seguir también el domingo por Magnificat.tv ante la imposibilidad de encontrar un templo). Reza también el Santo Rosario en familia y considera una bendición que este sea el Año de la Misericordia y del perdón, en un país que tanta reconciliación necesita.
Fahmi, como destaca el nombre de su chaqueta, trata de vivir con coherencia, con la fuerza interior del que tiene la certeza de su fe, del que siente que su encuentro con Cristo no es racional, sino que lo siente en la mente y en el corazón. Vive la Iglesia del silencio, pero siente y vive la fe en Jesucristo con una alegría y una esperanza desbordantes. Y la transmite a sus hijos, cuya vida espiritual no es fácil en un entorno hostil a lo cristiano.
En Europa, en América Latina y en Estados Unidos tenemos fácil el acceso a la Iglesia. Nuestro problema radica fundamentalmente en que los hombres no estamos dispuestos a renunciar a nuestro yo, a nuestras cosas, a nuestras apetencias. Tenemos miedo a declararnos cristianos por el qué dirán, por miedo a no conseguir el ascenso en la empresa, por miedo a que nos aparten de un determinado círculo social… No estamos dispuestos a unirnos íntimamente con Cristo. Nuestro problema radica en que en nuestras vidas prima la soberbia, el orgullo, la vanidad, el rencor, el egoísmo… No abrimos nuestro corazón a Cristo. No dejamos que la fuerza de su amor penetre en nuestros corazones. No dejamos que ese soplo divino que viene del cielo retumbe en nuestra alma. No le abrimos al Señor de par en par las puertas de nuestro corazón. Fahmi tiene claro que el cristiano veraz está llamado a vivir en el amor de Jesús por los demás. Él no tiene miedo a la muerte.
Un cristiano debe ser firme y valiente en la fe. Eso implica hacer camino con Cristo. Fahmi, un cristiano que no tiene la libertad exterior de serlo aunque en su corazón está arraigado el amor por Cristo siente de verdad que ¡En Jesús está la alegría y la esperanza! ¡Menudo ejemplo de autenticidad cristiana!

¡Señor, el mundo se encuentra en tinieblas porque hay mucho odio a Ti y a la Iglesia que Tú fundaste! ¡Pero hay miles de luces encendidas que resplandecen porque en su corazón estás Tú, silencioso pero amante! ¡Señor, en los cinco continentes hay miles de cristianos amenazados por razón de su fe, por su valentía para no rechazarte, perseguidos por amor a Tí! ¡Son verdaderos testimonios de la Verdad, con signos de contradicción, pero les mueve el deseo de amar y de aferrarse a Ti, que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Muchos de ellos, Señor, mueren por Ti, que eres el verdadero amor! ¡Protégelos, Señor, llénalos con tu paz y con tu misericordia, con tu amor y tu paz! ¡Te pido, Señor, por todos aquellos que les persiguen! ¡Conviértelos, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu! ¡A Ti, María, Madre del Salvador y Madre Nuestra, tu fuiste la primera en este mundo de sufrir en carne propia la espada del dolor y la persecución, conviértete en la intercesora de todos ellos! ¡Espíritu Santo, envíales tus siete dones, la fortaleza para vivir esta situación difícil, que nunca estos hombres y mujeres se alejen del Señor por vergüenza, por miedo, por temor, por falta de fe! ¡Bendice, Señor, a tantos hombres y mujeres que levantan su voz con su testimonio! ¡Aumenta mi fe, Señor, como la de estos hombres que no renuncian nunca a Ti pese a la persecución, las dificultades, los peligros, el silencio, la humillación y el terror!

Aumenta mi fe, Señor, cantamos hoy.

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