Unidos en Cristo para exclamar ¡Jesucristo ha resucitado!

Este tiempo de Cuaresma me invita a comprender que Cristo se convierte en el centro de todo. Cristo caminando con doloroso sufrimiento hasta su muerte en la Cruz a consecuencia de mi pecado y al servicio de mi conversión; morir para perdonar; morir para liberar de las ataduras del mal; morir por mi salvación. ¡Comprender el misterio de la Cruz es entender el poder irrefrenable de la Misericordia de Dios! ¡Qué Amor tan grande el hacer pagar con la sangre de su Hijo Jesucristo el amor que siente por nosotros!
Por eso, siento un deseo intenso de vivenciar durante esta Cuaresma una comunión especial con este Cristo que se unió a nosotros hasta el extremo de sufrir hasta las últimas consecuencias mis faltas como si fuesen propias; de adentrarme y asimilar su sufrimiento, su dolor y su muerte; de acercarme a ese Dios que mendiga el amor de la criatura por Él creada, de ese Dios que tiene sed de mi amor; de preparar una buena confesión para purificarme del mal, de ese pecado que emborrona mi alma, de tantos defectos y faltas que degradan la verdad y la gracia, que empequeñecen y aquietan el amor, la esperanza, la alegría y la paz que hay en mi corazón; de comprometerme de verdad con mi comunidad para profundizar en el sentido y el valor de ser cristiano; de descubrir de nuevo la gran misericordia de Dios para ser yo también misericordioso con los que me rodean; de vivir este periodo como un tiempo eucarístico en el que acogiendo en mi corazón el amor de Jesús sea capaz de difundirlo a mi alrededor con cada gesto, con cada palabra, con cada mirada, con cada acción; de unirme a ese Cristo que dignifica el valor del servicio, que sufre con los que sufren, que llora con los que lloran; y comprometerme a comunicar a los demás que queda poco para poder exclamar: «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

¡Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, durante este tiempo de interiorización y arrepentimiento, ten misericordia de mí! ¡Ayúdame a cambiar, y con la fuerza del ayuno, de la oración y mis buenas obras para con los demás transforma mi vida, convierte mi egoísmo en generosidad, mi soberbia en misericordia, mi tristeza en alegría, mis preocupaciones en alabanza a Ti! ¡Abre, Padre, mi corazón a Tu Palabra, sana todo aquello que tiene que ser cambiado de mi corazón, ayúdame a hacer el bien y transmitir bondad y amor! ¡Amado Jesús, Tú te retiraste al desierto cuarenta día para preparar tu misión! ¡Quiero seguir tu ejemplo, quiero verme reflejado en Ti durante estos cuarenta día de misión! ¡Quiero aprender de Ti y prepararme cada día para el día de la Pascua! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y dejar atrás todas las cadenas que oprimen y encadenan mi vida! ¡Ayúdame, Señor, a caminar contigo, a lograr la tan ansiada resurrección y alejar de mi corazón el aplauso, el reconocimiento, el prestigio social, el consumismo, el egoísmo, el aparentar, la mentira, la infidelidad, los pecados de omisión, la falta de amor y caridad…! ¡Señor, que cada día sea un prólogo para la Pascua deseada y me acerque a la felicidad auténtica que Tú me propones con Tu Palabra, Tu vida y tu mensaje de amor y misericordia!

Te traigo más que una canción, que mires en el interior de mi corazón cantamos en un estrofa de esta bella canción: Heart of Worship:

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