¿Escucho a los demás o me escucho solamente a mí mismo?

En la relación entre los seres humanos una de las cualidades que debería sobresalir más pero que, lamentablemente, vamos arrinconando es el saber escuchar. Es una cualidad de gran relevancia para alcanzar esa felicidad que Dios anhela de cada uno. Aprender a escuchar al que me rodea con interés, con amor, con respeto, con educación, con atención, con sencillez, con afecto… Hacerlo así es parte intrínseca del amor y de la misericordia que se siente hacia el semejante. No es una tarea sencilla. Cuando hay incapacidad para escuchar a alguien entre los interlocutores no puede surgir un ambiente de confianza, una actitud de respeto, una fuente de afecto y una situación de amor. El amor auténtico se sustenta en el interés y la escucha mutua.
Un corazón cerrado a la escucha, un corazón hermético incapaz de escuchar a los demás, no tendrá jamás la disposición para acoger en lo más profundo de su interior la Palabra de Dios, esa palabra que germina dando vida, esperanza y amor. Para recibir el mensaje de Jesús es necesaria una predisposición a la escucha, un anhelo de acogida, una sensibilidad para acoger los mensajes de amor y misericordia que en su amor infinito Él nos dirige.
¿Soy verdaderamente alguien capaz de escuchar a los demás o me escucho solamente a mí mismo? La mayoría de las ocasiones no somos capaces de escuchar por soberbia, por nuestra rapidez, por egoísmo, por comodidad, por pereza, por ingratitud, porque miramos a los demás por encima del hombro… todas estas actitudes nos impiden crecer y cierran la puerta al enriquecimiento mutuo.
Si esto nos sucede en relación con los demás, ¿qué no será con Dios? ¡Con cuánta frecuencia hacemos oídos sordos a su llamada! ¡En ocasiones no somos capaces ni de prestar atención a la propia palabra de Su Hijo Jesucristo en las lecturas de la Misa dominical! ¡Ni a esa mirada cómplice de un amigo, a la ayuda de un conocido, a la disponibilidad de alguien inesperado, de la bondad de un alma generosa, del detalle cariñoso de un miembro de la familia o un compañero de oficina! ¡Dios siempre habla directamente al corazón del hombre pero lo hace en el silencio, no por medio de palabras! ¡Y también nos habla a través del sufrimiento, del dolor, de las pruebas cotidianas! A través de todo ello Dios entabla su diálogo personal con el ser humano. ¡Y espera que le escuchemos y que aprendamos a escuchar a los que nos rodean!

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¡Señor, cuanto me cuesta escuchar tus susurros por las prisas, los agobios, por el poco tiempo que te dedico a Ti, por el ruido que hay a mi alrededor, por mi egoísmo, porque centro mi tiempo solo en mí! ¡Pero hoy quiero dirigirme a Ti y contarte desde la sencillez todo lo que siento! ¡Quiero hablarte, Señor, desde el corazón! ¡Enséñame a permanecer en silencio y estar atento a tu voz! ¡Permite, Señor, que sea tu Palabra la que ilumine mi vida, que guíe mis pasos, que me ayude a vivir en tu presencia! ¡Señor, permíteme estar atento a tu llamada porque quiero ser tu amigo aunque tantas veces me olvido de Ti! ¡Abre la puerta de mi corazón, Señor, está disponible para Ti! ¡Te ofrezco mi pequeñez, te confío lo poco que soy, te lo doy todo de corazón, incluso aquellas pequeñas cosas que se hacer! ¡Haz que Tu amor produzca grandes frutos en mí!

Buscar refugio, con Jesús Adrián Romero:

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