¿Y, yo, cómo ayuno en esta Cuaresma?

Una de las prácticas penitenciales de la Cuaresma es el ayuno. No es una cuestión secundaria. Ocupa un lugar relevante. El ayuno fortalece nuestra voluntad en tanto sometemos nuestra vida y nuestra autosuficiencia a la voluntad de Dios. Cuando un deseo o una apetencia no logra ser saciada, allí aparece la fortaleza que ofrece el Espíritu de Dios para saciarnos y vigorizarnos con su presencia.
Hay un texto muy hermoso del profeta Isaías que canta diciendo que «Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor».
Es texto es tan vivificante que uno comprende que para Dios el ayuno no es sólo una práctica exterior, es un acción íntima unida a la vida espiritual. Desde el conocimiento interior uno analiza lo que falla en su interior. Y puesto en oración se ofrece a Dios lo que debe ser cambiado buscando la verdadera conversión, para fortalecer el espíritu y doblegar esa voluntad que nos lleva por el camino del mal.
Lo hermoso del ayuno es el cambio interior. Todo ayuno doblega nuestra voluntad y nuestras apetencias, nos convierte en personas más dóciles; la privación de algo que apetece fortalece el espíritu y nos convierte en seres más abiertos a la docilidad a Dios. Ayunar para seguir por el mismo camino no tiene ninguno sentido. Pero también es una enseñanza sobre el agradecimiento. La privación de algo nos deja vacíos pero también nos permite valorar aquello con lo que contamos.
Es fundamental, al mismo tiempo, que mientras practicamos el ayuno la queja no se convierta en una cantinela de nuestro corazón porque entonces no disfrutaremos de lo que nos privamos. Carece de sentido abrir una puerta a nuestra alma para ocuparla con otras cosas que nos dan placer sin ponerse en oración y meditando sobre la realidad de nuestra vida.
Ayunar tiene unas connotaciones muy profundas. Es darle utilidad a lo que ayuno, compartiendo incluso con quién más lo necesita. El ayuno es también desprendimiento, no aplazamiento. Es dar, darse y entregarse por amor a Dios. ¡Cuántas veces olvido esto, Señor!
Y, el ayuno enseña algo también muy relevante para nuestra vida: sentir una profunda aflicción por mis pecados y contemplar esta práctica como la gran oportunidad para sentir en lo más íntimo el daño que provocan mis pecados. Es como ataviarse de penitencia para ofrecer mi pequeñez a Dios.
¡Y en esta pequeñez pongo todo mi empeño para ayunar esta Cuaresma de todo aquello que me aparta de Dios y de los demás!

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¡Espíritu Santo, don de vida, ayúdame a vivir esta Cuaresma con un decidido deseo de cambiar, de ayunar de todo aquello que me aparta de Dios, para que el ayuno se convierta en un verdadero reflejo de mi disposición interior a crecer en santidad! ¡Señor, que mi ayuno sea un ayuno alegre, predispuesto a la alegría, con rostro feliz y bien limpio, para que me fortaleza para convertirme en un cristiano mejor y lograr una verdadera conversión interior! ¡Ilumíname, Espíritu Santo, para este deseo de mi corazón! ¡Señor, quiero hacer el ayuno que Tú deseas! ¡Quiero desprenderme de aquellas cadenas que me atan a lo insustancial! ¡Quiero desatarme de las ataduras de mi egoísmo, de mi soberbia, de mis infidelidades a Ti y a los demás, de mis perezas, de mis yoes…! ¡Quiero desatarme, Señor, de las ligaduras de la falta de perdón, de la arrogancia, de los chismes, de la mentira! ¡Quiero, Señor, soltarme de las cargas por mis inseguridades que son una falta de confianza en Ti! ¡Quiero, Señor, de las cadenas de la hipocresía para ser un auténtico cristiano que ame de verdad y cuya vida de fe esté estrechamente centrada en la caridad hacia los que me necesitan! ¡Santa María, tu también me invitas en este tiempo a imitar tu ejemplo! ¡Ayúdame a sentirme cerca de Tu Hijo, y muéstrame tus caminos! ¡Dame la gracia de la humildad y la fuerza para hacer siempre la voluntad del Padre y de ayunar con alegría para que mi corazón se una a Ti en mi canto de acción de gracias! ¡Y a ti, Padre, te pido que el ayuno que emprenda en este tiempo me limpie de los malos hábitos, suavice mis anhelos y me haga crecer en mis virtudes! ¡Y, enséñame Padre, a que a través del ayuno, esté más cerca de Tu Hijo Jesucristo, por medio del Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, gracias!

El ayuno que gusta al Señor, cantamos hoy:

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