Amar como Jesús

Hace unas semanas unas mendigas eran ridiculizados por hinchas de un equipo de fútbol holandés en Madrid. Unos días más tarde sucede lo mismo en Roma. Ayer caminando por mi ciudad observo como un joven pisotea un vaso de plástico de un mendigo. Cuando voy a recriminárselo, un hombre adulto trata de detenerlo pero el joven sale corriendo y escapa entre el bullicio de la calle. ¿Por qué tanta falta de amor hacia los demás?
Vivimos inmersos en un egoísmo de corazón feroz. Y, así, es imposible amar. Imposible seguir los pasos del Señor que nos enseña a amar hasta que duela; aprender a darse a los demás viviendo evangélicamente el mandamiento del amor, siguiendo los pasos de Cristo, bebiendo de su estilo y de su forma de actuar, de ser y de amar.
En este año de la Misericordia la primera premisa de nuestra vida debería ser amar. Amar como hizo Jesús. Amar hasta el extremo. Y empezar por los más pobres, los más sencillos, los más desesperanzados, los más parias, los que a nadie importan, los que nadie presta atención… porque en todos ellos también está Dios.
Amar mostrando compromiso con el dolor de los demás, sintiendo verdadera compasión por el que sufre, uniéndose en el dolor a él, volviéndose próximo para nacer en su corazón como haría el mismo Dios.
Amar con gestos auténticos, actitudes sinceras, paciencia infinita, entrega desinteresada, con palabras amorosas, con obras misericordiosas, con valentía y coraje.
Amar saliendo al encuentro del necesitado, acogiendo al que sufre, denunciando al que humilla, tratando de mostrar a la gente el rostro de Dios, que es caridad, amor, verdad, vida, justicia, esperanza…
En definitiva, amar en lo pequeño y en lo grande, en la realidad de nuestro entorno y en el día a día, en el hoy, en el ahora y en el mañana, a unos y a otros, por medio del servicio y de la entrega, dándose hasta morir por el bien de uno mismo, de los demás y del mundo entero.

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¡Señor, ayúdame a salir de mi mismo para darme a los demás! ¡Ayúdame a amar como Tú amaste! ¡Ayúdame a salir de mis comodidades y mis egoísmos para ir en misión! ¡En este Año de la Misericordia dame, Espíritu Santo, un corazón sencillo para anunciar el reino de Dios! ¡Ayúdame a sembrar en los corazones de la gente que me rodea la semilla del amor, dando testimonio, amor, caridad, fraternidad, mansedumbre, esperanza y misericordia! ¡Enséñame, Señor, el camino para vivir siempre de manera solidaria! ¡Para convertir la dureza de mi corazón en un corazón humilde, sencillo y sensible que se acerque a los que sufren, a los que padecen, a los que tienen necesidad! ¡Dame, Espíritu de Dios, la sencillez para conmoverme ante el sufrimiento ajeno, ante las necesidades de los demás! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a regalar mi tiempo, mi oración, mi entrega, mi esfuerzo, mis cosas a los demás sin esperar nada a cambio porque todo lo que tengo no es mío sino un regalo que viene de Ti! ¡Ayúdame a ser compasivo y misericordioso con los que sufren, padeciendo con ellos, movilizándome por ellos, conmoviéndome con ellos! ¡Que mi fe, Señor, se manifieste en obras concretas de amor! ¡Enséñame, Señor, a amar y a descubrir tu rostro en los que se cruzan por mi camino!

Oración del pobre es la música que acompaña hoy esta meditación:

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No entristecer al Espíritu Santo

Cada vez que leo a san Pablo mi corazón se remueve. En su carta a los Efesios nos recomienda el apóstol de los gentiles que no entristezcamos al Espíritu Santo. Y, hoy, en el silencio de mi oración, me preguntó de qué manera puedo entristecer al Espíritu de Dios. Y la respuesta me llena de turbación porque cada vez que soy incapaz de vislumbrar los dones y gracias que Dios derrama sobre mi lleno al Espíritu de tristeza. Cuando soy incapaz de dar gracias y pensar que todo lo que tengo, lo que soy, lo que genero, no es sólo fruto de mis capacidades sino de la gracia de Dios, lleno de tristeza al Espíritu. Y, cuando estoy convencido de que todo lo merezco, que todos los beneficios que redundan en mi vida son fruto de mi merecido esfuerzo, cubro de tristeza al Espíritu. Y cuando me miro a mi mismo, colocándome en un pedestal de barro, dejando de contemplar a Dios como el único y verdadero Dios, porque tengo otros ídolos que llenan mi vida envuelvo al Espíritu Santo de una profunda tristeza.
Pero no sólo Pablo me exhorta a no poner triste al Espíritu. Me invita a desterrar de mi corazón la amargura, los enfados, la ira, los insultos y toda maldad. ¡Qué iluso parece, en ocasiones, san Pablo! ¡Esto es, en apariencia, un imposible!
¿Cómo pensar que es posible desterrar la amargura del corazón humano cuando constantemente nos hieren y herimos, nos ofenden y ofendemos, nos envidian y envidiamos, nos critican y criticamos, nos agarramos a los sufrimientos del pasado y somos incapaces de vislumbrar las alegrías del presente, nos comparan y comparamos, nos buscan los defectos y nosotros evidenciamos los ajenos, tratamos de dejar constancia de nuestros éxitos y minimizamos los de los otros, se alegran de nuestros fracasos y nosotros luchamos denodadamente para mostrar lo que no somos?
¡La amargura, la tristeza, la desesperanza no son los signos representativos del cristiano! Un cristiano no puede permitirse ¡jamás! ser una persona triste. Ni amargada. Si uno cree verdaderamente en el poder de Jesucristo, en su poder sanador y en la fuerza de su amor y misericordia, nunca puede dejarse vencer por la tristeza por muchos problemas, dificultades, caídas, fracasos, conflictos personales, sufrimientos, humillaciones, olvidos, silencios, soledades, dolores, desilusiones… que sufra. ¡Nunca! Sobre todo porque cada día tenemos el estímulo impresionante de la Eucaristía. Allí es donde el hombre puede encontrar el reposo de todo lo que hace su vida, en apariencia, desgraciada. Descargando todo sobre el altar de la Eucaristía, siendo partícipe de la Pasión de Cristo, uno comprende que el peso de su cruz es compartido. Entonces uno se convierte en un cirineo de la alegría. Y da gracias al Señor por hacer llevaderas sus penas. Y el Espíritu de Dios, alegre, se derrama sobre él para vivificar su fe y convertirlo en una persona llena de esperanza.

¡Espíritu de Dios, quiero hacer hoy un alto en el camino para contemplar tu luz y escuchar tu voz que exclama: «Estate siempre alegre porque eres hijo de Dios y Dios te ama»! ¡Y quiero celebrar este mensaje! ¡Quiero que mi corazón se llene de Ti para que rebose siempre de alegría y de esperanza! ¡No quiero que la amargura me invada por mis aparentes fracasos, mis múltiples caídas, mis aventuras sin éxito, mis frutos no recogidos, mis objetivos no superados, por mis renuncias dolorosas, por los encuentros fallidos, mis sueños inalcanzados, por las esperanzas infundadas, por los días y los años desaprovechados! ¡Quiero que me ayudes a ser un apóstol de la alegría, Espíritu Santo de Dios, para celebrar cada día la alegría de vivir, de convertir mi vida en un desafío, en ser semilla en tierra yerma que de abundantes frutos, en convertirme en línea de partida en el camino de la vida! ¡Quiero que mi canto sea un canto alegre que exclame lleno de esperanza: «gracias, Señor, mil gracias, por tantos dones y tantas gracias que tantas veces no he sabido ver en mi vida»!

Una hermosa canción dedicada al Espíritu Santo para acompañar esta meditación:

El lavatorio de pies, releído unos días después

Releo detenidamente, saboreando cada palabra, ese pasaje tan extraordinario en el que Jesús, ceñido con el milagroso manto de la humildad, arrodillado ante sus discípulos —frente a los hombres, en realidad— les lava los pies abajándose hasta el extremo. Es una de las más impresionantes escenas de servicio y de profundo amor que nos legó Jesús.
Cada una de las palabras del Señor, cada uno de sus gestos y ademanes, cada vez que toma los pies de cada uno de los doce y los lava y seca con delicadeza tiene la fuerza de transformar lo sencillo en un evento de gozosa belleza. Jesús, servicial y sumiso, como un esclavo silencioso, toca nuestros pies con sus manos delicadas y besa esos pies cansados que recorren los caminos de la vida, algunos acertados y otros errados. Y Jesús se pone de rodillas y reza al hombre que ha creado el Padre del barro de la tierra. Es el mismo Dios quien se postra ante la criatura creada a su imagen y semejanza. Que polvo es y en polvo se convertirá.
Es un derroche de amor que estremece. Es el sello de una actitud que compromete para toda la vida, un actitud vivida hasta el final. Jesús no sólo lava nuestras manchas con el agua del amor sino que reza al ser que ha creado, y besa nuestros pies como besaría nuestro corazón para que sintamos como el Dios arrodillado escuche el sentido del servicio. Es un gesto que nos hace comprender la grandeza del servicio a los más pequeños sin esperar gratificación alguna.
Pero yo, enredado como estoy diariamente en las cosas del mundo, en los sucesos de lo cotidiano, no soy capaz de recordar esta escena estremecedora. No soy capaz de ceñirme el paño de la comprensión y de la fraternidad, del servicio y de la entrega, para lavar con humildad los pies de los que tengo cerca que es a lo que de verdad debo servir. No soy capaz de colocarme en esa escena y ser consciente de quién soy y lo que soy y qué quiere Dios de mí. No soy capaz de ponerme de rodillas y aplacar mi soberbia y mi orgullo para mirar desde abajo. Y así, es difícil comprender para lo que uno ha sido llamado: para servir, para vivir amando.
Y, así, uno entiende que tiene que despojarse del yo, aparcar la comodidad del querer ser servido y ponerse en acción. E inclinarse como hizo Dios, para alzando desde abajo los ojos al que sirves, comprender que en esos mismos ojos está el Señor. Si quiero ser verdaderamente un discípulo fiel, un discípulo contemporáneo del Señor, he de ser un siervo que sea capaz de lavar cada día los pies de aquellos que junto a mí caminan por el sendero de la cotidianeidad.

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¡Señor, tú me has hecho para amar y para servir porque es el mandamiento nuevo que nos has dado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar sin esperar nada, de ponerme al servicio desinteresado de los demás, de no hacer distinciones! ¡Quiero, Señor, dar cabida en mi corazón a todos los que se crucen en mi camino! ¡No permitas, Señor, que nunca aparte a nadie de mi mesa! ¡Ayúdame, Señor con la gracia del Espíritu Santo, a ser generoso siempre, a dar sin calcular, a servir sin esperar recompensas y aplausos y con alegría y servicio sencillo, a devolver siempre bien por mal, a amar gratuitamente, a acercarme al que menos me gusta, a donarme con generosidad al que más me necesita! ¡Y hacerlo para recibir la recompensa que más anhelo: tenerte en lo más íntimo de mi corazón! ¡Y a Ti, Padre, quiero darte las gracias! ¡Gracias porque me siento lavado por tu amor a través de Cristo, Tu Hijo! ¡Que este sentimiento me permita salir de mi mismo, de mis sufrimientos y mis miedos, para crecer en mi vida cristiana y ser don para los que me rodean!

Os doy un mandamiento nuevo, cantamos hoy acompañando esta meditación:

La impronta de la resurrección en mi corazón

Concluye la Semana Santa y ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado! Este suceso llena de alegría nuestros corazones y lo que hemos vivido no nos deja indiferentes. El año jubilar al que nos invita el papa Francisco nos hace vivir con mayor intensidad los acontecimientos de la Resurrección del Señor de la Misericordia.
Vivir nuestra fe a la luz de las obras de misericordia nos da una luz muy clara de nuestra concepción cristiana. En estos días pasados hemos testimoniado como Dios que se hizo carne se ha acercado a nuestra vida asumiendo nuestra humanidad en la suya propia. Y ha muerto por nuestra redención. Es un motivo de alegría y de esperanza comprender la manera con la que actúa Dios.
En estos días, Jesús ha dejado también testimonio de que en los momentos de cruz se puede vivir con gran intensidad el misterio de las bienaventuranzas. Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, nos ha hecho comprender que lo único importante es amar a las personas no a las ideas. Jesús, muerto en la Cruz por amor, nos deja a los pies del madero santo la enseñanza de que el amor es el único camino para la vida del cristiano. Es allí donde ponemos en cuestión nuestra verdadera identidad. Llegará un momento, a la entrada del reino celestial, que todos individualmente seremos examinados de amor. ¡Amor!
En pleno año de la misericordia las obras de misericordia se convierten para cada uno en el termómetro más fidedigno de nuestro compromiso y fidelidad con nuestra fe; el test para comprobar si verdaderamente seguimos al Señor.
La Semana Santa ha concluido. Y Cristo ha resucitado, renovando también nuestro interior. Es el momento para caminar por la senda del amor que sólo podremos materializar en acciones y gestos que denoten nuestra capacidad para amar sin olvidar nunca que es imposible amar al Dios que no vemos si somos incapaces de amar a aquellos que nos rodean y que cada día vemos.

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¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado! ¡Hoy lo exclamo con profunda alegría, Señor, porque Tú has resucitado! ¡Mi corazón se estremece de felicidad reforzando mi fe y llenando de esperanza mi vida! ¡Gracias, Señor, por resucitar en mi corazón y en mi vida! ¡Gracias porque eres mi paz, mi esperanza, mi vida, mi consuelo! ¡Y exclamo con profunda alegría que has resucitado! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones! ¡No quiero parar de exclamar, Señor, que has resucitado, que Tu amor ha vencido al odio, y que la esperanza que nos das vence el desasosiego del corazón, que la luz que ilumina nuestra vida aclara toda nuestra oscuridad! ¡Hazme, Espíritu Santo, una persona misericordiosa que de vida a la luz del Evangelio, que peregrine siempre hacia el padre, con actitud de conversión personal constante, pobre de espíritu y de corazón sencillo, que actúe sin prepotencia ni arrogancia, que se sostenga siguiendo el ejemplo humilde de Jesús, que llore con los que lloran, que sufra con los que lo necesitan, que comparta con los perdedores, que dé consuelo siempre, que renuncie a imponer sus ideas, que practique siempre la mansedumbre, que busque siempre la conversión, que trabaje por una vida más justa y digna, que mi anhelo sea estar siempre cerca de Dios, que renuncie al rigorismo de la vida y que prefiera siempre la misericordia por encima del sacrificio, que acoja al que me ha hecho daño perdonando siempre, que tenga siempre actitudes limpias de corazón y conducta transparente, que no viva en la ambigüedad de la vida ni con máscaras que no dejan traslucir mi verdadero yo, que camine en la verdad de Jesús! ¡Son muchas cosas, lo sé, pero Jesucristo ha resucitado en mi corazón y quiero ser coherente con mi autenticidad cristiana! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Cristo ha resucitado y eso nos llena de alegría como canta esta canción que acompaña la meditación de hoy:

De cómo Jesús respeta los tiempos de las personas

Sorprende profundamente como hace el Señor las cosas. Lo perfectas que hace las cosas. Una de las cosas que más me maravillan de los momentos posteriores a la Resurrección de Cristo es el momento en que se aparece a María Magdalena. Es el ejemplo de cómo Jesús respeta los tiempos de las personas. El desea comunicarnos algo, pero sabe esperar el momento oportuno para hacerlo. Y el hecho extraordinario de su Resurrección es uno de esos instantes bellísimos que no se pueden anunciar de cualquier manera. Y, menos, a su discípula amada.
María Magdalena exige un tiempo para asimilar lo vivido. Su corazón necesita tiempo para llorar la ausencia de Cristo, al que tanto ama. Necesita sus momentos de silencio para interiorizar lo vivido. Necesita drenar su pérdida, aclarar la confusión en la que vive sumida, explotar su ira y su frustración. En el alma de María es necesario asentar la paz interior para comprender qué ha sucedido con la muerte de Aquel que le devolvió a la vida. De ahí que cuando mira al Señor —el Cristo que siempre nos espera, a María Magdalena, a ti y a mí cada día—, la Magdalena es incapaz de reconocerle ofuscada como está por esos ojos humedecidos por las lágrimas.
Pero Cristo, que de tiempos sabe lo que no está escrito, espera. Espera para que sea el tiempo en que María comprenda. Y le mira con amor, le pregunta con ternura, le habla con afecto, la calma con cariño, le enjuga las lágrimas de dolor con delicadeza. Todos estos gestos tocan el corazón de María que comprende quien tiene delante. Jesús da siempre claridad en la oscuridad de la vida. Los sufrimientos, el dolor, la turbación, la desazón, la desesperanza, el abatimiento, la frustración, el desánimo, la pena, la profunda tristeza, la congoja —comunes en el ser humano— impiden a María Magdalena reconocer al Cristo de la esperanza. Al Cristo que ha resucitado. Al Cristo que ha vuelto a la vida. Pero cuando María tiene el corazón preparado, el corazón abierto, el corazón predipuesto a la escucha, Cristo la llama. Y pronuncia su nombre. Alto y claro: ¡María! Y, ella, la antaño pecadora, la que fue salvada por el Cristo de la esperanza, turbada por la alegría se lanza ante la figura del Resucitado.
Así es nuestra vida. Como la de María Magdalena. Cristo nos espera cada día. Nos espera con los brazos abiertos. Espera nuestro momento. Y sabe cómo hacerlo. Sabe el momento preciso que puede hacerse presente en nuestra vida. Pero nos da la libertad, el bien más preciado del hombre, para que vayamos raudos al sepulcro para encontrarnos con Él que ha resucitado.
Cada día Jesús me llama. Unos días le escucho y otros hago caso omiso a su llamada. Pero su amor es el mismo. El sólo pronuncia mi nombre. ¿Y, yo, me lanzo a sus brazos?

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¡Señor, has resucitado y tu resurrección me invita a cambiar profundamente! ¡Te me has presentado como hiciste con la Magdalena, me has mirado y no puedo más que postrarme ante Ti y reconocerte como mi Señor y exclamar «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»! ¡Y ahora me toca también a mí tener una vida nueva! ¡Por eso, Señor, te pido me ayudes a ser un verdadero discípulo tuyo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a mirar el mundo y la gente como Tú lo harías! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por la crueldad y la maldad de los juicios, ni a levantar murallas sobre las ruinas de las personas, a no señalar con el dedo acusador los defectos y las debilidades de los que pasan por mi lado, ni comentar las cosas negativas, porque eso sólo provoca descrédito y dolor y me aleja de Tí! ¡Ayúdame, Señor, a tener un corazón humilde y misericordioso, generoso y magnánimo, prudente y compasivo! ¡Así era tu corazón, Señor, y con este mismo corazón te presentaste para salvar a la Magdalena y con ese mismo corazón le llamaste por su nombre para que te reconociera el día de Tu Resurrección! ¡Llámame por mi nombre, Señor, para que corrija mi vida! ¡Para ver siempre el lado positivo de la vida y de las personas! ¡Para ser misericordioso con el sufrimiento de los que me rodean, para no ser altavoz de chismes ni cotillos, para no ser juez de nadie, para sostener las cruces de los que sufren a mi lado, para caminar de la mano del que me necesita! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Espíritu, Señor, a resucitar contigo de nuevo, para que la verdad reine siempre en mi vida, para que brille siempre la gloria de la misericordia en todas mis palabras, mis gestos y mis acciones, para que surja de mi corazón la comprensión hacia las personas y la bondad en todo lo que haga! ¡Hoy has resucitado, Señor, y ahora comprendo que no tengo que ir corriendo desconsoladamente a tu encuentro, ni mover las piedras de la vida, ni inquietarme por lo que sucede ni preguntarme dónde te has metido, porque para encontrarte a Ti basta con ponerme interiormente en tu presencia y exclamarte con amor sincero: «¡Aquí estoy, Señor, para lo que quieras de mí, para servirte y para servir, para amarte y para amar!» y sé que con esto comenzaré de nuevo contigo! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Acompaña esta meditación el Oratorio de C.P. Bach sobre la Resurrección y Ascensión de Cristo, en este día tan bello que celebramos hoy:

Junto a la sepultura de Jesús

Tres interminables horas de agonía. Y, finalmente, Jesús muere en la Cruz. El cielo se torna oscuro y una fuerte tormenta rompe sobre Jerusalén. El ruido es atronador. No es para menos. Ha muerto el Hijo de Dios. El culto a la Antigua Alianza ha terminado por eso se desgarra el velo del templo que pone fin a lo caduco. Ahora la humanidad de Cristo, sacerdote y víctima, el Salvador del Mundo, nos invita darle culto a Dios.
La inquina contra Jesús prosigue. Una lanza le abre el costado. El soldado observará como de allí brota sangre y agua. Son los sacramentos que brotan del cuerpo de Cristo y la Iglesia que surge triunfante del costado del Señor. De allí todo lo que sale es gracia, infinitas gracias. A los pies de la Cruz está la Madre. María, desgarrado su corazón inmaculado por el dolor. Junto a Juan, el discípulo amado, al que toma de la mano, la Virgen interioriza aquellas palabras que antaño le dijera Simeón al presentar a Jesús en el Templo: «Una espada traspasará tu alma». ¡Qué triste verdad!
Tu y yo contemplamos la escena desde la distancia. Somos de los que hemos abandonado al Señor. Y vemos como lo desprenden de la Cruz. Y como María y Juan y las santas mujeres lo toman con amor. La Virgen toma el cuerpo de Jesús en sus brazos. Y le besa. Y llora. Lloramos nosotros también con María. Y nuestro corazón también se desagarra. Solo atinamos a exclamar entre sollozos: «¡Oh buen Jesús, dentro de tus llagas escóndeme! ¡No permitas que me aparte de Ti!»
Es el momento de la sepultura. La Virgen y las santas mujeres limpian el cuerpo llagado de Cristo, lo perfuman con cariño, lo envuelven con cuidado con un lienzo blanco como la nieve y lo depositan entre gemidos y lamentos en un sepulcro propiedad de José de Arimatea. Es este, junto a Nicodemo, de los pocos que no se avergüenzan de ser seguidores de Jesús. Y, tu y yo, desde la distancia no podemos más que exclamar: «¡Perdón, Señor, ten piedad de mí! ¡Todo el mundo te ha abandonado y despreciado pero yo te quiero seguir sirviendo siempre con amor!»
Y cuando Cristo yace en el Sepulcro, desorientados como los discípulos que han huido, confundidos por la muerte del Señor, sólo podemos acudir a un lugar. Al corazón de María. Es Ella, la Virgen, la que nos acoge con el amor de Madre, de Corredentora, la que en este Sábado Santo sostiene nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra debilidad, nuestros miedos, nuestro renacer como Hijos de la Iglesia que nace de nuevo. Ella nos da la fuerza de ser hijos de Dios.
Sábado Santo en el silencio del sepulcro, pero con la alegría de sentirse hijos de Dios.

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¡Qué paz interior el poder acudir permanentemente a María para junto a Ella vivir mañana la Pascua de la Resurrección! ¡Señor, estás en Sepulcro, el sagrario está vacío! ¡Todo se ha cumplido! ¡Nos has sido arrebato, Señor de los Amores! ¡Es un día de silencio, Señor, porque Tú mismo estás callado, en vela y yo quiero permanecer callado y en vela contigo! ¡Quiero velar junto al sepulcro, contemplar tu cuerpo magullado por mis pecados! ¡Quiero meditar tu Pasión, Señor, y tu muerte que es para mi salvación y la de mis hermanos! ¡Qué hermoso es, Señor, contemplar como el misterio de la Cruz resplandece en mi corazón, se hace vivo en mi alma! ¡Porque tu vives, Señor, no estás muerto, vives en Dios y vives en cada uno de los que te amamos! ¡Señor, me impresiona meditar como has bajado a la más hondo, a lo más profundo, a lo más oscuro y recóndito que es donde habitan los muertos! ¡Tu que eres el Señor de Señores, el Rey de Reyes! ¡Has muerto para dar fruto, Señor, porque eres la vida! ¡Quiero aprender de Ti a morir al pecado y vivir siempre para Dios, caminando hacia una vida nueva! ¡Quiero aprovechar para penetrar en el misterio de Dios y darle gracias, y alabarle y bendecirle! ¡Quiero en este día volver a Ti, Señor! ¡Resucítame! ¡Y hoy también contemplo el silencio de María y no puedo más que callar y acompañar a la Madre dolorosa participando de su dolor y su aflicción! ¡María, en tí pongo hoy mis esperanzas! ¡A ti, María, te entrego mi corazón pobre para que lo predispongas a una vida de autencidad cristiana!

En este día de recogimiento que mejor que el O quam tristis del Stabat Mater de Marco Rosano:

Morir por amor

Ha llegado el día. Durante varias semanas nos hemos preparado para este momento terrible y a la vez liberador. Es el momento de la verdad; el día de la entrega verdadera. Cristo, el hombre, se despoja de sí mismo y se dona para nuestra salvación. Colgado de un madero, magullado, herido, maltratado, mofado, vilipendiado, la Verdad de todo aparee crucificada. La sangre roja de la vida, la sangre del amor verdadero, se derrama para manifestar el mayor sacrificio que jamás ha hecho persona alguna. Cristo ha sacrificado su vida por cada uno de los hombres —por ti y por mí—, de los que le aman y los que le desprecian, de los que lo sienten cerca y de los que se muestran indiferentes ante su grandeza.
Jesús pronuncia unas pocas palabras. A continuación inclina su cabeza malherida y exhala su último suspiro. El mayor ofrecimiento al Padre se produce desde la desnudez de la nada, desde la monstruosidad de un cuerpo lacerado y descompuesto. Pero Cristo ha actuado así por amor, por un amor infinito, consciente de que la grandeza de su mensaje y su testimonio son parte del proyecto que Dios.
Me faltan palabras para transmitir lo que siento, pero mi corazón desborda arrebatamiento y sólo me queda expresarlo en una oración serena y llena de amor por el Amor en este día callado y silenciado por la muerte:

¡Permíteme, Señor, que me ponga a los pies de la Cruz para acompañarte! ¡Oh Cristo, cómo puedo agradecerte que te hayas sometido a la muerte y a una muerte de Cruz si no lo merezco! ¡Señor, Tú has dado la vida por amor y a mí me cuesta tanto amar! ¡Enséñame, Señor, a amar como Tu amas, a dar mi vida como Tú la das, a entregarme como lo haces Tú! ¡Señor, perdón; perdón porque cargas con mis pecados que no son los tuyos! ¡Perdón porque mi iniquidad y mi miseria te han conducido hacia la muerte y el silencio del sepulcro! ¡Señor, perdón! ¡Perdón porque en este día te has quedado solo, abandonado de todos y yo el primero! ¡Incluso Dios parece que te ha dejado solo! ¡Pero Tú me demuestras, Señor, la confianza ciega que tienes en el Padre! ¡Tú me demuestras, oh Cristo, como encomiendas tus manos y tu espíritu en la voluntad del Padre! ¡Qué gran enseñanza la tuya, Señor mío y me doy cuenta de las veces que pierdo la esperanza y la confianza por cosas nimias e intrascendentes, cuando no se hace mi voluntad o las cosas no salen como estaban previstas! ¡Señor, miro tu rostro magullado, reclinada la cabeza a causa de mi miseria pero comprendo que es Dios quien la sostiene para elevarla a la gloria! ¡Me doy cuenta, Señor, las veces que te desagravio, que te crucifico cada día pero quiero aliviarte con mi amor como hicieron María, Juan y la Magdalena! ¡Quiero seguir tu ejemplo, Cristo mío, quiero seguir tus huellas! ¡Quiero, oh Cristo, que mi sangre se mezcle con la que tú derramaste desde la Santa Cruz! ¡Por eso le pido al Espíritu Santo que me capacite para el amor, para seguirte siempre, para imitarte siempre, para vivir como Tú nos has enseñado, para ponerme siempre en manos del Padre Creador! ¡Qué sienta de verdad que tu muerte es mi propia vida! ¡Quiero hacer de mi vida una vida auténtica, de verdadero discípulo, sin fraudes, ni mentiras, ni máscaras malgastando mis horas en cosas inútiles! ¡Hazme entender que el dolor y el sufrimiento no son cosas estériles sino que me unen más a Ti cada día! ¡Y te pido en este día por la humanidad entera, por mi familia y mis amigos, por la Iglesia, por tu pueblo santo, por la unidad de los cristianos, por los que no creen, por los gobernantes, por los enfermos, por los atribulados! ¡Ábreme y ábrenos los ojos y el corazón, guía cada una de nuestras palabras y nuestros pensamientos, dale sabiduría a cada una de nuestras acciones y decisiones y repara en nosotros toda nuestra debilidad! ¡Pongo mis manos al pie de la Cruz y contemplo tus pies traspasados por el clavo y miro tu rostro y no puedo más que darte infinitas gracias por dar tu vida por mí, por tu amor infinito y generoso, por tu inagotable misericordia, por tu sangre derramada, por tu paz, por tus enseñanzas, por tu justicia, por el código de la bienaventuranzas que me invitan a cambiar, por tu capacidad de servicio! ¡Ante Ti, Señor mío, que apareces hoy muerto en la Cruz quiero vivir, experimentar, sentir, celebrar e interiorizar la grandeza del amor de Dios! ¡Dar gracias, bendecir y alabarle porque antes incluso de mi creación me amó con un amor eterno! ¡Y en este día triste pero también alegre y de esperanza no puedo más que comprender que en esta vida sólo tengo razones para amar a los demás porque tu testimonio de la cruz es el guión claro de la existencia del amor verdadero, de ese amor divino que no excluye a nadie! ¡Te pido, Señor, que me hagas pequeño siempre, despojándome del orgullo y del egoísmo, para amar y perdonar! ¡Te contemplo en la Cruz, Señor, y me arrepiento de haber abandonado y no haber estado junto a Ti a los pies de la Cruz!

Junto a la Cruz cantamos hoy en el dolor de este Viernes Santo:

Sentado en el Cenáculo junto al Señor

Hoy Jueves Santo, Jesucristo me —nos— invita a todos a celebrar la Pascua sentados junto a Él en el Cenáculo. Cada uno de los momentos que reviviremos en esta Última Cena manifiestan la grandiosa Majestad de Cristo. Sabedor de que al día siguiente iniciará su Pasión, Jesús se muestra sereno, misericordioso, generoso, manifestando un amor desbordante y una ternura infinita por el ser humano.
Jesús encarga a Pedro y Juan —sus discípulos predilectos— que dispongan lo necesario para convertir la celebración en algo especial. Y ambos ponen todo su corazón en hacer la voluntad del Señor. ¿Son así también mis actos con respecto a Él?
En estas últimas horas, Jesús se prodiga en gestos afectuosos con los que le acompañan. Va a dejar la impronta de su ser. En esta cena de despedida, rodeada de un halo de tristeza, en el fondo todo está sumergido de una intensa alegría. Lo sabemos ahora. Cristo nos dejará el admirable sacramento de su Cuerpo y de su Sangre con un mensaje tan impresionante que se puede resumir en esta frase: Cristo nos ha amado hasta el fin.
¡Cuánto amor, Señor, eres capaz de dar! ¡Cuánto amor, Señor, nos transmites a cada uno de manera individual! ¡Y qué tristeza, Señor, pensar la poca importancia que a veces doy la Eucaristía, al trato que tengo contigo, a mis actos de amor y caridad hacia los demás, a mi comportamiento cotidiano, al orgullo que anida en mi corazón…!
Sentado en torno a la mesa del Cenáculo, en la que seguro estaría también la Virgen, compartiendo con Jesús esta última cena, testigo del sacrificio que en este día se va a producir, renuevo de nuevo mi amor por la Eucaristía, ese milagro cotidiano que fortalece mi vida. La Eucaristía no es un mero rito, es la viva representación del gesto supremo del amor de Cristo.
¡Qué impresionante saber que en esta noche Cristo va a quedarse para siempre en el Sagrario de las iglesias y de mi corazón! ¡Que en el momento en que me arrodille ante el Monumento Él me estará allí esperando con un amor inmenso, reconociendo mi pequeñez pero también mi predisposición a acogerlo en mi corazón! ¡Porque en este día Jesús quiere quedarse con nosotros para que seamos capaces de vivir con intensidad su mandamiento del amor: Amaos los unos a los otros como yo os he amado!
Sentado en torno a la mesa del Señor, en una esquina del Cenáculo, me pregunto en este día, si quienes me conocen me pueden reconocer como un verdadero discípulo de Jesús; como un cristiano auténtico al servicio de los demás; como un verdadero enamorado de la Eucaristía, predispuesto a hacer siempre la voluntad de Dios; como una persona caritativa no solo en los gestos sino también en los pensamientos, en las palabras y en las actitudes…

santa cena

¡Señor, en esta noche sublime quiero proclamar mi amor por Ti! ¡Mi amor por un misterio tan sublime como es la Eucaristía! ¡Y doy gracias por el don de la fe, por esta luz que ilumina los pasos de mi vida! ¡Doy gracias porque mi corazón puede exclamar hoy con alegría postrado ante ti: Tantum ergo Sacramentum, veneremur cernui! ¡Gracias, Señor, por tu inmensa generosidad! ¡Gracias porque con Tu Sangre derramada con absoluta libertad en la Cruz ha creado una Alianza Nueva! ¡Gracias, Cordero de Dios, porque te has ofrecido por amor la salvación del mundo! ¡Señor, estoy profundamente emocionado por este acontecimiento! ¡Señor, quiero adorarte siempre, amarte siempre, alabarte siempre por lo que has hecho por mí! ¡Quiero recibirte cada día, para hacerme fuerte, para salir de mi mismo y de mis propios intereses, para entregarme más a los demás, con el fin de ser más que de tener, para perdonar como perdona Dios, para ser generoso y paciente como lo es Jesús, para darme totalmente como lo hace el Señor, para cargar con el peso de la cruz de los que me rodean como hizo Jesús, para alejar de mi corazón el orgullo, la ambición y los deseos de dominar a los demás, para que reine en mi corazón la alegría, la paz y el amor! ¡Quiero recibirte en la Sagrada Comunión siempre en gracia de Dios y con la máxima devoción! ¡Y quiero hacerlo también unido a la Virgen María, corredentora en la Pasión de Jesús!

En este Jueves Santo, día eucarístico y del amor fraterno, de institución de la Eucaristía, nos unimos al Señor con el himno Tantum ergo en Sol Mayor, CW E26 de Johann Christian Bach:

Despierto con Cristo en Getsemaní

«¡Me siento impotente!» Repito ayer esta frase en varias ocasiones azorado por una situación difícil. Pero en este día que avanza y que anuncia la Pasión y muerte de Cristo esta frase me ha dado luz en la oración. Con frecuencia contemplo la Pasión únicamente desde el sufrimiento físico y moral que tuvo que soportar el Señor en aquellas horas agónicas hasta morir en el Calvario. Pero ahora comprendo que la Pasión es también impotencia a la vez provechosa para Él y para el resto de la humanidad.
Y esa impotencia da sus primeros pasos en Getsemaní, a las pocas horas de haber partido el pan, gesto que nos legará su presencia en la Eucaristía. En el silencio de aquel huerto, mientras sus discípulos duermen, Cristo se enfrenta a la prueba del sufrimiento. Lo hace en una especie de jardín, bajo la tenue luz de la luna, protegido por la intimidad que dan las copas de los olivos. Es ese huerto como el Paraíso donde todo es luz y alegría aunque la figura de Jesús sólo muestre dolor, sudor a sangre, agonía, desesperanza y soledad.
Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, postrado de rodillas, en posición orante, lleno de impotencia, con el rostro desencajado, es como el amante abandonado, solo y rechazado. Tal es el dolor físico, el miedo, la visión tremenda de lo que pronto le acontecerá —insultos, golpes, azotes, flagelación, escupinajos, corona de espinas, empujones, pisotones, vejaciones, dolor intenso, menosprecios, llagas, cruz…— que le lleva a esparcir su sangre por el jardín dorado de los olivos.
En el silencio del huerto, a pocas horas de su crucifixión, Cristo sufre como el amante herido, rechazado, humillado, abochornado, malinterpretado. Ha sido traicionado injustamente y va a ser juzgado arbitrariamente con falaces acusaciones. Su dolor no es un dolor físico. Es dolor del alma.
El sufrimiento de Cristo en el huerto de los olivos me hace entender muchas cosas. Me hace ver, sobre todo, que en la soledad de aquel lugar la impotencia de Jesús debía ser descomunal. Rechazado por todos, sabedor que un discípulo amado iba a venderle por treinta míseras monedas de oro, humillado en el Sanedrín, indefenso. El inocente es acusado injustamente, el amor de los amores atacado por la insensibilidad humana, el hombre de las bienaventuranzas y el perdón a punto de ser condenado a muerte por odio y venganza… Y yo cada vez que me lamento de algo, cada vez que me quejo por una situación por muy injusta que sea, debo pensar que Cristo vivió algo similar y lo hizo por mí. Y que yo fui uno de los que no estaban allí para ayudarle a levantarse cuando de rodillas no podía prácticamente ponerse en pie. Y que si me siento impotente por algo, ¡cómo se debió sentir Jesús!

¡Señor, quiero permanecer despierto contigo en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Quiero unirme a Ti, Señor, en espíritu y en oración para ser capaz de comprender la grandeza de tu amor! ¡Necesito, Señor, que limpies mi corazón para que sea capaz de ver tu rostro afligido! ¡Quiero, Señor, sentirme cerca de Ti para velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡Te pido también, Señor, perdón porque no estuve en Getsemaní! ¡Soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a sus palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

Del maestro británico Edmund Rubbra acompaño hoy el responsorio Ecce vidimus eum de su colección de “Motetes de Tinieblas, op. 72” compuesta para este tiempo de Pasión:

¿Soy también un traidor a Jesús?

Martes santo. Día de intenso dolor, de angustia profunda, de soledad desgarradora y de abandono absoluto. Jesús se siente profundamente solo, su corazón está lleno de angustia y se siente dolorido y angustiado. El camino que le llevará a la Cruz está ya cercano. El Señor es consciente de que será traicionado por Judas cuyo corazón resentido tiene un precio: treinta míseras monedas de oro. Horas después de que Judas unte el pan en la misma copa que Cristo, Jesus ora al Padre en el Huerto de los Olivos. Es tremendo contemplar como con la entrega de Judas y la negación de Pedro, la roca sobre la que se edificará la Iglesia, la traición al Señor se gesta entre los más íntimos, los que más conocieron el amor que desprendía el corazón de Cristo.
Con esta traición ─con mi traición— se pierde el sentido de ser un auténtico discípulo del Señor porque toda traición comporta romper una fidelidad firme, un amor auténtico, una amistad comprometida. Únicamente es posible traicionar aquello que de verdad se ama.
Y, en el silencio de este Martes Santo, me pregunto con el corazón compungido: ¿Qué hago cada día yo por el Señor? ¿Le entrego con frialdad de corazón o me mantengo firme junto a Él? Y, en estos días de Semana Santa, ¿me siento más cerca de Él o mis actitudes me alejan de aquel que va a dar su vida por la salvación del mundo? ¿Soy consciente de cómo lo traiciono cada día?
Lo traiciono cuando trato de hacer mi voluntad y no me dejo penetrar por su amor y su misericordia. Le traiciono cuando mi boca le ensalza y le ora pero a la hora de la verdad no le permito que transforme ni mi corazón ni mi vida. O cuando utilizo al Señor para pedir y exigir y no estoy dispuesto a cambiar mis actitudes. O cuando dudo de su infinita misericordia. O cuando la tibieza se hace presente en mi vida. O cuando no perfecciono mis obras de amor ni trato de ser vigilante con mi vida cristiana. O cuando falto a la confianza, lealtad, fidelidad de alguien de mi familia, de mis amigos o de la gente que se cruza en mi vida. O cuando mis promesas de autenticidad y verdad son meras palabras faltas de compromiso. O cuando mis intereses están por encima de mi compromiso cristiano. O cuando doy la espalda a aquellos que me necesitan. O cuando niego a mi prójimo. O cuando le niego su libertad y su felicidad. O cuando me dejo vencer por la tentación. O cuando desecho la cruz en mi vida. O cuando incumplo mis promesas. Y, así, un largo etcétera.
Hoy Martes Santo quiero permanecer al lado del Señor. Dejarme penetrar por su mirada y descubrir, en el silencio de la oración, cuáles son las sombras que cubren mi vida para llegar a resucitar con Él con el corazón limpio y lleno de esperanza.

Kiss of Judas

¡Déjame, Señor, permanecer junto a Ti en el Huerto de los Olivos! ¡No permitas que un beso mío sirva para entregarte! ¡Permíteme, Señor, llorar contigo, orar contigo, sufrir contigo en este día! ¡Permíteme tomar la cruz y caminar contigo hacia el Calvario! ¡Permíteme, incluso, que me crucifiquen contigo porque anhelo, Señor, resucitar contigo el día de Pascua de Resurrección! ¡Señor, no quiero tracionarte! ¡Pérdoname, perdona, Señor, a este discípulo tuyo débil y cobarde que tantas veces te traiciona! ¡Dame, Espíritu Santo, la iluminación para ver las manos y los pies de Cristo clavados en la Cruz y recordar que todo ello fue producto de mis traiciones! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no crucificar de nuevo al Señor y no permitas que mi conducta, mis gestos, mis palabras o mis pensamientos le exponga de nuevo al escarnio público y la condena a morir en la cruz! ¡Ayúdame a ser una persona libre, abierta a Cristo, y no preocupada por mis propios intereses personales, mis satisfacciones, mis necesidades, mi egoísmo! ¡Ayúdame a ser una persona auténtica, abierta a Cristo, que se haga fuerte en la debilidad, que no huya en el momento de la prueba y que niegue a Jesús! ¡Ayúdame a ser como Cristo, siempre abierto a todos y a Dios, ejemplo de servicio, siempre desinteresado, siempre pendiente de los demás, siempre lleno de amor y de misericordia! ¡Padre, que la Pasión de tu Hijo Jesucristo, que convirtió su sufrimiento en instrumento de reconciliación y amor, me sirva para transformar mi vida y me haga siempre fiel a Ti y a los demás! ¡Ayúdame a ser fiel siempre a Tu Hijo!

In Monti Oliveti de Martini, para acompañar la meditación de hoy: