¿Pobre de espíritu?

La bienaventuranza más radical, tal vez la más importante, la que a mí personalmente me deja más huella es la primera: «Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos». Los pobres de espíritu son los pobres de corazón, los humildes, los sencillos. A esos ya se les regala de por sí el reino del Padre de la Misericordia. En realidad, también los que viven plenamente identificados con el pobre de los pobres, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el que siendo rico nos enriqueció con su sublime pobreza. En estos días del tránsito hacia la Pascua contemplas la Cruz del Señor y comprendes que no hay nadie más pobre en este mundo que ese Cristo de torso desnudo, magullado y crucificado, al que le han arrebatado todo. Pero en esa pobreza incomprensible a los ojos humanos reside el gran poder de Dios y su extraordinaria sabiduría.
Y yo, ¿tengo acaso un corazón pobre, sencillo, humilde? ¿O mi corazón es soberbio, altanero, endiosado u orgulloso? El corazón de pobre es aquel que acepta humildemente su condición de pecador, que reconoce que su vida es como una vasija frágil hecha de barro por las manos de Dios. El corazón de pobre es aquel que no se siente importante, que no se cree por encima de los demás, que trata de estar siempre en un segundo plano y no busca el reconocimiento de los demás, que acepta complacido ocupar siempre el último lugar, que le satisface acompañar a Jesús en el más incómodo de los lugares: la santa cruz, pero cruz en definitiva.
El corazón pobre es el que peregrina poniendo toda su confianza y esperanza en el Dios de la misericordia, en el Padre Creador que acoge con manos compasivas. Que pone toda su vida centrándola en la providencia del Señor, que se siente profundamente amado por Dios y lo alaba con alegría y exaltación.
El corazón pobre es aquel que no piensa en sí mismo, que es capaz de desgastarse hasta el extremo, que puede llegar a consumirse como las pilas Duracell que no duran siempre aunque se diga lo contrario, siempre pensando en los demás y no en su propio yo. Pero lo hace porque se identifica plenamente con el reino de Dios.
El corazón pobre es aquel que no da importancia a lo material porque no da importancia a los bienes terrenales sino a los bienes espirituales, los que tienen su sede en la eternidad.
No es una declaración de principios. Es la enseñanza que me deja el Señor. Pero en un examen no pasaría, tal vez, del aprobado. ¡Pero yo en definitiva quiero parecerme al corazón de Jesús! ¿Por qué no lo consigo? Porque mi corazón no es pobre sino orgulloso. No es pobre como fue el corazón de Jesús. Y el de María. Y el de José. Tres modelos diferentes de corazones bienaventurados. Tres corazones que dieron sentido al valor de la humildad, de la sencillez, de la entrega, de la pobreza de espíritu, de la generosidad, de la pobreza pero todo revestido de una intensa espiritualidad, de una profunda vida de oración, de una completa presencia en su vida del amor a Dios.
«Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos». ¡Algún día me gustaría encontrarme en este escalón!

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¡Señor, ayúdame a no agarrarme a las cosas viejas, inútiles, innecesarias y a acoger en mi corazón las cosas nuevas que vienen de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a vencer mi tibieza, dame un espíritu que me lleve a buscarte cada día y no permitas que me conforme con lo que ya poseo! ¡Señor Jesús, no permitas que mi corazón se llene de orgullo, que me deleite con la soberbia, que piense que lo sé todo y que por ello te vaya perdiendo! ¡Hazme, Señor, estar hambriento de Ti, de Tu Palabra y de Tu Eucaristía! ¡Muéstrame, Señor Jesús, mi verdadera condición de hombre para que pueda acudir a Ti con una gran pobreza de espíritu! ¡Soy pecador, Señor, solo no me puedo salvar y estoy necesitado de Tu perdón y de todos aquellos que he ofendido! ¡Estoy dispuesto, Señor, a seguir tus enseñanzas, a obedecerte y dedicar mi vida a servirte a Ti y a los demás! ¡Señor, soy tu mendigo porque mis manos están vacías y todo lo que recibo para llenarlas proviene de Ti que me lo regalas gratuitamente! ¡Gracias, Señor, por tu grandeza! ¡Te alabo y te bendigo, Señor, porque soy muy pobre Señor pero tu misericordia y tu amor me ayudan a aspirar al reino de los cielos!

Disfrutamos hoy de una pieza de la obra Las Bienaventuranzas del compositor francés César Franck:

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