Los combates del corazón

Vivimos —vivo, en este caso— con el corazón ardiendo por esos enfrentamientos del espíritu, del pecado y el amor. Son muchas las ocasiones que siento como el fuego de mis faltas se hace brasa en mi interior que se convierten en llamas vivas a la que sopla un poco de temporal. Me apena cuando por mis venas corre el fuego ardiente y calcinador del orgullo, de la soberbia, de la altanería o de la prepotencia. Y, cuando el extintor de la confesión apaga las llamas abrasadoras comprendo que he querido convertirme en un pequeño dios que se alza contra el mismo Dios. Y siento un dolor profundo porque ese fuego deja todo hecho un erial, con las cenizas esparcidas por mi alma sufriente. Y al igual que mi alma, mi cuerpo queda desfigurado por la destrucción.
Hay otros fuegos igual de devastadores como aquel que satura los vacíos del corazón con el lodo y la basura del mundo o con la tierra sucia del lodazal. Es el fuego de la envidia, de la pereza, de la desidia, de la avaricia, de la hipocresía, de la falta de amor y de servicio, de la simpleza, de la ira, de la rabia, del mirar hacia otro lado, de la vanidad, de la incapacidad para perdonar, de la tibieza, del ver lo negativo de las cosas, de la curiosidad desordenada, de la desesperación, de la cobardía, de la falta de caridad, de la insatisfacción… Pecados dolorosos que demuestran la debilidad del ser humano. Pecados que humillan el corazón y abajan el alma.
Tenemos los hombres el corazón carcomido por las polillas del pecado y, aun así, seguimos pensando en nuestra bondad. Y no nos damos cuenta que somos vasijas de barro quebradizas, duras como el alma seca incapaces de admirar la belleza del que tenemos alrededor.

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¡Señor, siento una gran desdicha cuando trato de buscarte y no te encuentro! ¡Me duelo, Señor, cuando te busco y no te encuentro! ¡Te pido perdón, Señor, cuando no soy capaz de pronunciar tu nombre, por no permitir que el ungüento de tu amor se convierta en un bálsamo que sane las heridas de mi corazón! ¡Te pido disculpas, Señor, por esa obstinación de aparentar fortaleza cuando no soy más que un soplo de vida que Tú has creado por tu infinito amor! ¡Te pido perdón, Señor, porque son muchas las veces que sólo miro a través de mi espejo y no permito que tus ojos sean los míos, que tu mirada transforme la mía para verlo todo renovado! ¡Señor, Tú sabes perfectamente quien soy y ante Ti nada puedo aparentar! ¡Libérame, Señor, de tantos vacíos que quieren ser llenados con tu amor y tu misericordia! ¡Libérame de las dolencias de mi alma que tantas veces hacen vagar por la vida sin criterios claros! ¡Anhelos, Señor, agarrarme a tus cálidas manos y escuchar tu voz que tanto consuelo y esperanza ofrecen! ¡Sólo Tú, Señor, eres capaz de hacerlo y sólo sabes cómo hacerlo!

Dame tu perdón, Señor, cantamos hoy:

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