¿Debo estar agradecido cuando mi mundo se desmorona?

En líneas generales si preguntas a la gente escuchas que la vida le trata mal. Problemas económicos, un trabajo frustrante, diferencias con amigos o familiares, la pérdida de un ser querido, carencia de afecto, soledad, un mal hábito persistente, alteraciones del sueño, hábitos poco ejemplares, una separación o un divorcio, una enfermedad imprevista…
Más o menos grandes o pequeñas, breves o prolongadas, cotidianas o espaciadas en el tiempo, muchas de estas experiencias vitales que anidan en el corazón y nublan los pensamientos, generan temores y magnifican las preocupaciones. Esta «miseria» nos cubre como si de una telaraña se tratara e impide alejar el problema de nuestra mente.
Hacemos cualquier cosa para intentar solventar estos problemas. Defendemos a capa y espada nuestras ideas en contra de quienes más nos hacen sufrir en la vida. Tratamos de encontrar el apoyo moral para exteriorizar nuestros lamentos y nuestras quejas. Y, con frecuencia, buscamos la evasión en cosas vanas, para no pensar en nuestros problemas y aliviarnos del sufrimiento.
¿Cuántas veces nos sentimos excluidos, traicionados, abandonados, maltratados, subestimados, inferiores…. y eso provoca en nosotros un remolino de autocompasión que nos hunde todavía más en el pozo de nuestros problemas? Eso provoca un mayor alejamiento de Dios.
Aquí surge el gran poder de la gratitud. De la verdadera gratitud. De la gratitud que nace y muere en Cristo. De la gratitud que es una gracia. De la gratitud válida para todo momento y ocasión, incluso en los periodos y las situaciones más difíciles, complejas y desesperantes de nuestra vida. Cuando no hay respuesta a lo que nos sucede. La gratitud es la que nos regala la esperanza. Y transforma a los que se afanan por salir adelante, a los más agobiados, a los más desesperados, en conquistadores victoriosos.
La gratitud a Dios debe ser parte intrínseca de nuestro ser cristiano porque la gratitud es una actitud del corazón que ha sido bendecido, perdonado y redimido. Es la actitud del que demuestra amor. Del que se siente impulsado a ponerse en manos de Dios. A guardar sus mandamientos. A adorarle. A desear vivir en santidad —sin santidad no veremos a Dios—. A ser verdaderamente humildes. A evitar caer en la autocompasión y la complacencia. A no caer en el orgullo. A sentir el amor de Dios en nuestra vida.
La gratitud es la entrega amorosa a Dios, que todo me lo entrega. Tal vez resulte contradictorio sugerir que alguien lleno de pesares deba dar gracias a Dios pero cuando se observa la botella medio llena de la amargura y se eleva la copa de la gratitud la bebida se convierte en un líquido purificante de sanación, paz y misericordia.
Ahora, miro en el interior de mi corazón y trato de enumerar una a una las bendiciones, los favores y las misericordias que Dios me regaló en el día de ayer. Y las pongo en la balanza. ¡Ay, Dios mío, que ingrato soy contigo!

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¡Padre bueno, perdona porque no soy capaz de ver todos los favores y todas las misericordias que me ofreces cada día! ¡Vivo tantas veces sin la comprensión de lo que haces en mí y por mí es para mí bien! ¡Sé, Padre de Misericordia, que nunca podré pagarte lo que Tú haces por mí cada día, por eso quiero ser eternamente deudor y estarte agradecidos por la eternidad! ¡Padre, eres un Dios grande, bondadoso y maravilloso! ¡Eres un Dios bueno y poderoso que cada día me colmas de bienes, favores y misericordias cada día! ¡Padre, eres un Dios generoso que no ha haces conmigo conforme a mis iniquidades y no me pagas conforme a mis faltas y mis pecados! ¡Gracias! ¡Gracias, Padre Celestial, porque tengo grandes razones y poderosos motivos para estarte agradecido! ¡Gracias por la fe que, a pesar que a veces se tambalea, nunca dejas de fortalecer! ¡Espíritu Santo, dame un corazón humilde, un corazón que no sea olvidadizo y que reconozca todas las bendiciones maravillosas que Dios me ofrece! ¡Espíritu Santo, quiero tener una actitud de agradecimiento permanente a Dios, aleja de mi corazón todos los pensamientos sean deshonestos, impuros, orgullosos, soberbios o desagradecidos! ¡Bendice, alma mía al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre!

Te doy gracias, Señor es el título de esta canción de Javier Alexandre que acompaña el tema de la meditación de hoy:

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