Aceptar la cruz

Ayer, en un grupo de oración, adoramos las cinco llagas de Cristo. En una de las llagas le ofrecemos a Cristo a todos los enfermos, a los ancianos, a los olvidados de la sociedad, a los que están abandonados por todos, a los que cargan con su cruz en soledad, a los que la llevan con resignación, con un peso difícil de sobrellevar. No tienen ningún Cireneo a su lado. La vida de Cruz es, en definitiva, una vida de aceptación. En el silencio tras la breve oración medito profundamente cómo acepto yo la cruz.
Aceptar la cruz produce vértigo. Pero el seguimiento de Cristo implica la aceptación de la Cruz, no huir de la Cruz, permanecer al pie de la Cruz.
Aceptar la cruz es vencer el dolor, la desgracia, el sufrimiento, la tristeza, la desolación, la frustración… todo aquello doloroso de nuestra vida y hacerlo sin amargura.
Aceptar la cruz es imitar a Cristo y en esa imitación tener paz interior, serenidad y entereza.
Aceptar la cruz es abrirse a la sorpresa, entregarse la vida de la gracia, don de Dios, que habitualmente nos regala aquello que no esperamos pero que en realidad necesitamos.
Aceptar la cruz es asumir con firmeza la vida de fe y creer y vivir en la confianza de que para Dios nada hay imposible. Estar realmente convencido de la bondad de Dios.
Aceptar la cruz es poner delante de todo el amor y la humildad como razón de ser y de vivir.
Aceptar la cruz es impedir que venza el mal, las pasiones desordenadas, el pecado…
Aceptar la cruz es comprometerse con Cristo, abandonar los propios sueños y esperanzas y, en muchas circunstancias, llegar a perder a personas cercanas, la reputación, el trabajo y la propia vida.
Aceptar la cruz… es decir y exclamar a Cristo que se haga su voluntad y no la mía. Aceptar la cruz… ¿Cómo acepto yo mi cruz cotidiana? ¿Acepto la cruz con alegría, como medio para acercarme y amar más al Señor y a los demás o como elemento de amargura?

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¡Señor, gracias, porque Tu me regalas la cruz como un signo de amor! ¡Tu me invitas a tomar mi cruz y a seguirte cada día! ¡Señor, Tu sabes cuánto me cuesta seguirte con alegría y confianza, sin quejarme y lamentarme! ¡Que sea, Señor, la cruz mi amiga fiel para cada día amarte más y mejor! ¡Así la quiero yo acoger en mi vida!¡Ayúdame a aceptar siempre la cruz! ¡A ser tu Cireneo cargando con mis cruces cotidianas! ¡Ayúdame también a cargar con las cruces de mis hermanos para que juntos nos unamos más a Ti, empequeñecernos para que Tú surjas con mayor gloria! ¡Señor, Tú que has llevado nuestras cruces y tus sufrimientos  guíanos hacia el camino de la salvación, acude en ayuda de los que caminan siguiendo tus pasos, de los enfermos, de los desesperados, de los que no te conocen, de los sufrientes, de los desesperados…!

Acompaña esta meditación esta profunda y excelsa Crux fidelis, a 4 voces atribuida al rey Joao IV de Portugal. Una auténtica meditación ante el Cristo yaciente en la Cruz como redentor de nuestros pecados:

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