Orar con los salmos

Antes de iniciar la meditación del día he orado con el Salmo 18, el que le dices al Señor que le amas porque es tu fortaleza. Rezar con los salmos es una forma hermosa de alabar a Dios, de abandonarse en sus manos. La oración de la Iglesia se encuentra en los salmos y allí también está Cristo, que es el corazón vivo de la Iglesia. No hemos de olvidar que los Evangelios nos muestran que Jesús oraba siempre con los Salmos. Les daba vida. Los ponía en práctica. En las sinagogas y en el silencio de su oración diaria, Jesús recitó los Salmos, himnos de belleza extrema, son palabra de Dios. Y esa palabra Jesús la conocía y la oraba con deleite. Hacía suyas sus palabras para que le acompañaran en su caminar cotidiano.
Los Salmos, bellas plegarias, que no son más que la vida misma convertida en oración, son una invitación maravillosa a convertir nuestra vida en oración confiada y acción de gracias llena de alegría. Cuando te acostumbras a rezar los Salmos con deleite y despacio su música te llega a lo más profundo del alma. Los Salmos te invitan a decirle a Dios lo que siente tu corazón.
Orar con el corazón abierto. Orar con los salmos. Hemos nacido para orar. Dios ha creado nuestro corazón para el amor y la oración es el amor confiado. No es posible salir adelante sin oración. Con una fe débil. Con confianza torcida. Es imposible un camino de alegría sin la experiencia vivificante de Dios en tu vida.
Los Salmos nos ayudan a interiorizar en nuestra vida. Hacer de nuestra vida un encuentro personal con Dios. Dejarse llevar por Él. Los Salmos surgen del corazón de Dios para llevar al hombre su amor, su ternura, su compasión y su misericordia. Tomándolo así la vida cambia. Y el encuentro personal con Él también.

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Y como dice el Salmo [hago un adecuación al texto], ¡Señor, Tú eres mi Roca, mi fortaleza y mi libertador, mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte! ¡Te invoco, Señor, que eres digno de alabanza! ¡En mi angustia te invoco Señor, grito a mi Dios pidiendo auxilio, y Él escucha mi voz desde su Templo, mi grito llega hasta sus oídos! ¡Él Señor tiende su mano desde lo alto y me toma, me saca de las aguas caudalosas; me libra de mi enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo! ¡Señor, Tú eres bondadoso con los buenos y eres íntegro con el hombre intachable; eres sincero con los que son sinceros y te muestras astuto con los falsos porque tú salvas al pueblo oprimido y humillas los ojos altaneros! ¡Tú eres mi lámpara, Señor: Dios mío, tu iluminas mis tinieblas; contigo puedo asaltar una muralla! ¡Tu camino, mi Dios, es perfecto, y tus promesas son dignas de confianza! ¿Y quién es la Roca fuera de nuestro Dios? ¡Os amo, Dios mío, Jesús mío, en vosotros pongo mi corazón y me lleno de esperanza!

Bellísimo este Salmo 18 interpretado por el Coro del St John’s College de Cambridge:

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