Despierto con Cristo en Getsemaní

«¡Me siento impotente!» Repito ayer esta frase en varias ocasiones azorado por una situación difícil. Pero en este día que avanza y que anuncia la Pasión y muerte de Cristo esta frase me ha dado luz en la oración. Con frecuencia contemplo la Pasión únicamente desde el sufrimiento físico y moral que tuvo que soportar el Señor en aquellas horas agónicas hasta morir en el Calvario. Pero ahora comprendo que la Pasión es también impotencia a la vez provechosa para Él y para el resto de la humanidad.
Y esa impotencia da sus primeros pasos en Getsemaní, a las pocas horas de haber partido el pan, gesto que nos legará su presencia en la Eucaristía. En el silencio de aquel huerto, mientras sus discípulos duermen, Cristo se enfrenta a la prueba del sufrimiento. Lo hace en una especie de jardín, bajo la tenue luz de la luna, protegido por la intimidad que dan las copas de los olivos. Es ese huerto como el Paraíso donde todo es luz y alegría aunque la figura de Jesús sólo muestre dolor, sudor a sangre, agonía, desesperanza y soledad.
Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, postrado de rodillas, en posición orante, lleno de impotencia, con el rostro desencajado, es como el amante abandonado, solo y rechazado. Tal es el dolor físico, el miedo, la visión tremenda de lo que pronto le acontecerá —insultos, golpes, azotes, flagelación, escupinajos, corona de espinas, empujones, pisotones, vejaciones, dolor intenso, menosprecios, llagas, cruz…— que le lleva a esparcir su sangre por el jardín dorado de los olivos.
En el silencio del huerto, a pocas horas de su crucifixión, Cristo sufre como el amante herido, rechazado, humillado, abochornado, malinterpretado. Ha sido traicionado injustamente y va a ser juzgado arbitrariamente con falaces acusaciones. Su dolor no es un dolor físico. Es dolor del alma.
El sufrimiento de Cristo en el huerto de los olivos me hace entender muchas cosas. Me hace ver, sobre todo, que en la soledad de aquel lugar la impotencia de Jesús debía ser descomunal. Rechazado por todos, sabedor que un discípulo amado iba a venderle por treinta míseras monedas de oro, humillado en el Sanedrín, indefenso. El inocente es acusado injustamente, el amor de los amores atacado por la insensibilidad humana, el hombre de las bienaventuranzas y el perdón a punto de ser condenado a muerte por odio y venganza… Y yo cada vez que me lamento de algo, cada vez que me quejo por una situación por muy injusta que sea, debo pensar que Cristo vivió algo similar y lo hizo por mí. Y que yo fui uno de los que no estaban allí para ayudarle a levantarse cuando de rodillas no podía prácticamente ponerse en pie. Y que si me siento impotente por algo, ¡cómo se debió sentir Jesús!

¡Señor, quiero permanecer despierto contigo en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Quiero unirme a Ti, Señor, en espíritu y en oración para ser capaz de comprender la grandeza de tu amor! ¡Necesito, Señor, que limpies mi corazón para que sea capaz de ver tu rostro afligido! ¡Quiero, Señor, sentirme cerca de Ti para velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡Te pido también, Señor, perdón porque no estuve en Getsemaní! ¡Soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a sus palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

Del maestro británico Edmund Rubbra acompaño hoy el responsorio Ecce vidimus eum de su colección de “Motetes de Tinieblas, op. 72” compuesta para este tiempo de Pasión:

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