Morir por amor

Ha llegado el día. Durante varias semanas nos hemos preparado para este momento terrible y a la vez liberador. Es el momento de la verdad; el día de la entrega verdadera. Cristo, el hombre, se despoja de sí mismo y se dona para nuestra salvación. Colgado de un madero, magullado, herido, maltratado, mofado, vilipendiado, la Verdad de todo aparee crucificada. La sangre roja de la vida, la sangre del amor verdadero, se derrama para manifestar el mayor sacrificio que jamás ha hecho persona alguna. Cristo ha sacrificado su vida por cada uno de los hombres —por ti y por mí—, de los que le aman y los que le desprecian, de los que lo sienten cerca y de los que se muestran indiferentes ante su grandeza.
Jesús pronuncia unas pocas palabras. A continuación inclina su cabeza malherida y exhala su último suspiro. El mayor ofrecimiento al Padre se produce desde la desnudez de la nada, desde la monstruosidad de un cuerpo lacerado y descompuesto. Pero Cristo ha actuado así por amor, por un amor infinito, consciente de que la grandeza de su mensaje y su testimonio son parte del proyecto que Dios.
Me faltan palabras para transmitir lo que siento, pero mi corazón desborda arrebatamiento y sólo me queda expresarlo en una oración serena y llena de amor por el Amor en este día callado y silenciado por la muerte:

¡Permíteme, Señor, que me ponga a los pies de la Cruz para acompañarte! ¡Oh Cristo, cómo puedo agradecerte que te hayas sometido a la muerte y a una muerte de Cruz si no lo merezco! ¡Señor, Tú has dado la vida por amor y a mí me cuesta tanto amar! ¡Enséñame, Señor, a amar como Tu amas, a dar mi vida como Tú la das, a entregarme como lo haces Tú! ¡Señor, perdón; perdón porque cargas con mis pecados que no son los tuyos! ¡Perdón porque mi iniquidad y mi miseria te han conducido hacia la muerte y el silencio del sepulcro! ¡Señor, perdón! ¡Perdón porque en este día te has quedado solo, abandonado de todos y yo el primero! ¡Incluso Dios parece que te ha dejado solo! ¡Pero Tú me demuestras, Señor, la confianza ciega que tienes en el Padre! ¡Tú me demuestras, oh Cristo, como encomiendas tus manos y tu espíritu en la voluntad del Padre! ¡Qué gran enseñanza la tuya, Señor mío y me doy cuenta de las veces que pierdo la esperanza y la confianza por cosas nimias e intrascendentes, cuando no se hace mi voluntad o las cosas no salen como estaban previstas! ¡Señor, miro tu rostro magullado, reclinada la cabeza a causa de mi miseria pero comprendo que es Dios quien la sostiene para elevarla a la gloria! ¡Me doy cuenta, Señor, las veces que te desagravio, que te crucifico cada día pero quiero aliviarte con mi amor como hicieron María, Juan y la Magdalena! ¡Quiero seguir tu ejemplo, Cristo mío, quiero seguir tus huellas! ¡Quiero, oh Cristo, que mi sangre se mezcle con la que tú derramaste desde la Santa Cruz! ¡Por eso le pido al Espíritu Santo que me capacite para el amor, para seguirte siempre, para imitarte siempre, para vivir como Tú nos has enseñado, para ponerme siempre en manos del Padre Creador! ¡Qué sienta de verdad que tu muerte es mi propia vida! ¡Quiero hacer de mi vida una vida auténtica, de verdadero discípulo, sin fraudes, ni mentiras, ni máscaras malgastando mis horas en cosas inútiles! ¡Hazme entender que el dolor y el sufrimiento no son cosas estériles sino que me unen más a Ti cada día! ¡Y te pido en este día por la humanidad entera, por mi familia y mis amigos, por la Iglesia, por tu pueblo santo, por la unidad de los cristianos, por los que no creen, por los gobernantes, por los enfermos, por los atribulados! ¡Ábreme y ábrenos los ojos y el corazón, guía cada una de nuestras palabras y nuestros pensamientos, dale sabiduría a cada una de nuestras acciones y decisiones y repara en nosotros toda nuestra debilidad! ¡Pongo mis manos al pie de la Cruz y contemplo tus pies traspasados por el clavo y miro tu rostro y no puedo más que darte infinitas gracias por dar tu vida por mí, por tu amor infinito y generoso, por tu inagotable misericordia, por tu sangre derramada, por tu paz, por tus enseñanzas, por tu justicia, por el código de la bienaventuranzas que me invitan a cambiar, por tu capacidad de servicio! ¡Ante Ti, Señor mío, que apareces hoy muerto en la Cruz quiero vivir, experimentar, sentir, celebrar e interiorizar la grandeza del amor de Dios! ¡Dar gracias, bendecir y alabarle porque antes incluso de mi creación me amó con un amor eterno! ¡Y en este día triste pero también alegre y de esperanza no puedo más que comprender que en esta vida sólo tengo razones para amar a los demás porque tu testimonio de la cruz es el guión claro de la existencia del amor verdadero, de ese amor divino que no excluye a nadie! ¡Te pido, Señor, que me hagas pequeño siempre, despojándome del orgullo y del egoísmo, para amar y perdonar! ¡Te contemplo en la Cruz, Señor, y me arrepiento de haber abandonado y no haber estado junto a Ti a los pies de la Cruz!

Junto a la Cruz cantamos hoy en el dolor de este Viernes Santo:

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