Junto a la sepultura de Jesús

Tres interminables horas de agonía. Y, finalmente, Jesús muere en la Cruz. El cielo se torna oscuro y una fuerte tormenta rompe sobre Jerusalén. El ruido es atronador. No es para menos. Ha muerto el Hijo de Dios. El culto a la Antigua Alianza ha terminado por eso se desgarra el velo del templo que pone fin a lo caduco. Ahora la humanidad de Cristo, sacerdote y víctima, el Salvador del Mundo, nos invita darle culto a Dios.
La inquina contra Jesús prosigue. Una lanza le abre el costado. El soldado observará como de allí brota sangre y agua. Son los sacramentos que brotan del cuerpo de Cristo y la Iglesia que surge triunfante del costado del Señor. De allí todo lo que sale es gracia, infinitas gracias. A los pies de la Cruz está la Madre. María, desgarrado su corazón inmaculado por el dolor. Junto a Juan, el discípulo amado, al que toma de la mano, la Virgen interioriza aquellas palabras que antaño le dijera Simeón al presentar a Jesús en el Templo: «Una espada traspasará tu alma». ¡Qué triste verdad!
Tu y yo contemplamos la escena desde la distancia. Somos de los que hemos abandonado al Señor. Y vemos como lo desprenden de la Cruz. Y como María y Juan y las santas mujeres lo toman con amor. La Virgen toma el cuerpo de Jesús en sus brazos. Y le besa. Y llora. Lloramos nosotros también con María. Y nuestro corazón también se desagarra. Solo atinamos a exclamar entre sollozos: «¡Oh buen Jesús, dentro de tus llagas escóndeme! ¡No permitas que me aparte de Ti!»
Es el momento de la sepultura. La Virgen y las santas mujeres limpian el cuerpo llagado de Cristo, lo perfuman con cariño, lo envuelven con cuidado con un lienzo blanco como la nieve y lo depositan entre gemidos y lamentos en un sepulcro propiedad de José de Arimatea. Es este, junto a Nicodemo, de los pocos que no se avergüenzan de ser seguidores de Jesús. Y, tu y yo, desde la distancia no podemos más que exclamar: «¡Perdón, Señor, ten piedad de mí! ¡Todo el mundo te ha abandonado y despreciado pero yo te quiero seguir sirviendo siempre con amor!»
Y cuando Cristo yace en el Sepulcro, desorientados como los discípulos que han huido, confundidos por la muerte del Señor, sólo podemos acudir a un lugar. Al corazón de María. Es Ella, la Virgen, la que nos acoge con el amor de Madre, de Corredentora, la que en este Sábado Santo sostiene nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra debilidad, nuestros miedos, nuestro renacer como Hijos de la Iglesia que nace de nuevo. Ella nos da la fuerza de ser hijos de Dios.
Sábado Santo en el silencio del sepulcro, pero con la alegría de sentirse hijos de Dios.

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¡Qué paz interior el poder acudir permanentemente a María para junto a Ella vivir mañana la Pascua de la Resurrección! ¡Señor, estás en Sepulcro, el sagrario está vacío! ¡Todo se ha cumplido! ¡Nos has sido arrebato, Señor de los Amores! ¡Es un día de silencio, Señor, porque Tú mismo estás callado, en vela y yo quiero permanecer callado y en vela contigo! ¡Quiero velar junto al sepulcro, contemplar tu cuerpo magullado por mis pecados! ¡Quiero meditar tu Pasión, Señor, y tu muerte que es para mi salvación y la de mis hermanos! ¡Qué hermoso es, Señor, contemplar como el misterio de la Cruz resplandece en mi corazón, se hace vivo en mi alma! ¡Porque tu vives, Señor, no estás muerto, vives en Dios y vives en cada uno de los que te amamos! ¡Señor, me impresiona meditar como has bajado a la más hondo, a lo más profundo, a lo más oscuro y recóndito que es donde habitan los muertos! ¡Tu que eres el Señor de Señores, el Rey de Reyes! ¡Has muerto para dar fruto, Señor, porque eres la vida! ¡Quiero aprender de Ti a morir al pecado y vivir siempre para Dios, caminando hacia una vida nueva! ¡Quiero aprovechar para penetrar en el misterio de Dios y darle gracias, y alabarle y bendecirle! ¡Quiero en este día volver a Ti, Señor! ¡Resucítame! ¡Y hoy también contemplo el silencio de María y no puedo más que callar y acompañar a la Madre dolorosa participando de su dolor y su aflicción! ¡María, en tí pongo hoy mis esperanzas! ¡A ti, María, te entrego mi corazón pobre para que lo predispongas a una vida de autencidad cristiana!

En este día de recogimiento que mejor que el O quam tristis del Stabat Mater de Marco Rosano:

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