De cómo Jesús respeta los tiempos de las personas

Sorprende profundamente como hace el Señor las cosas. Lo perfectas que hace las cosas. Una de las cosas que más me maravillan de los momentos posteriores a la Resurrección de Cristo es el momento en que se aparece a María Magdalena. Es el ejemplo de cómo Jesús respeta los tiempos de las personas. El desea comunicarnos algo, pero sabe esperar el momento oportuno para hacerlo. Y el hecho extraordinario de su Resurrección es uno de esos instantes bellísimos que no se pueden anunciar de cualquier manera. Y, menos, a su discípula amada.
María Magdalena exige un tiempo para asimilar lo vivido. Su corazón necesita tiempo para llorar la ausencia de Cristo, al que tanto ama. Necesita sus momentos de silencio para interiorizar lo vivido. Necesita drenar su pérdida, aclarar la confusión en la que vive sumida, explotar su ira y su frustración. En el alma de María es necesario asentar la paz interior para comprender qué ha sucedido con la muerte de Aquel que le devolvió a la vida. De ahí que cuando mira al Señor —el Cristo que siempre nos espera, a María Magdalena, a ti y a mí cada día—, la Magdalena es incapaz de reconocerle ofuscada como está por esos ojos humedecidos por las lágrimas.
Pero Cristo, que de tiempos sabe lo que no está escrito, espera. Espera para que sea el tiempo en que María comprenda. Y le mira con amor, le pregunta con ternura, le habla con afecto, la calma con cariño, le enjuga las lágrimas de dolor con delicadeza. Todos estos gestos tocan el corazón de María que comprende quien tiene delante. Jesús da siempre claridad en la oscuridad de la vida. Los sufrimientos, el dolor, la turbación, la desazón, la desesperanza, el abatimiento, la frustración, el desánimo, la pena, la profunda tristeza, la congoja —comunes en el ser humano— impiden a María Magdalena reconocer al Cristo de la esperanza. Al Cristo que ha resucitado. Al Cristo que ha vuelto a la vida. Pero cuando María tiene el corazón preparado, el corazón abierto, el corazón predipuesto a la escucha, Cristo la llama. Y pronuncia su nombre. Alto y claro: ¡María! Y, ella, la antaño pecadora, la que fue salvada por el Cristo de la esperanza, turbada por la alegría se lanza ante la figura del Resucitado.
Así es nuestra vida. Como la de María Magdalena. Cristo nos espera cada día. Nos espera con los brazos abiertos. Espera nuestro momento. Y sabe cómo hacerlo. Sabe el momento preciso que puede hacerse presente en nuestra vida. Pero nos da la libertad, el bien más preciado del hombre, para que vayamos raudos al sepulcro para encontrarnos con Él que ha resucitado.
Cada día Jesús me llama. Unos días le escucho y otros hago caso omiso a su llamada. Pero su amor es el mismo. El sólo pronuncia mi nombre. ¿Y, yo, me lanzo a sus brazos?

Resurrección Maria Magdalena

¡Señor, has resucitado y tu resurrección me invita a cambiar profundamente! ¡Te me has presentado como hiciste con la Magdalena, me has mirado y no puedo más que postrarme ante Ti y reconocerte como mi Señor y exclamar «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»! ¡Y ahora me toca también a mí tener una vida nueva! ¡Por eso, Señor, te pido me ayudes a ser un verdadero discípulo tuyo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a mirar el mundo y la gente como Tú lo harías! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por la crueldad y la maldad de los juicios, ni a levantar murallas sobre las ruinas de las personas, a no señalar con el dedo acusador los defectos y las debilidades de los que pasan por mi lado, ni comentar las cosas negativas, porque eso sólo provoca descrédito y dolor y me aleja de Tí! ¡Ayúdame, Señor, a tener un corazón humilde y misericordioso, generoso y magnánimo, prudente y compasivo! ¡Así era tu corazón, Señor, y con este mismo corazón te presentaste para salvar a la Magdalena y con ese mismo corazón le llamaste por su nombre para que te reconociera el día de Tu Resurrección! ¡Llámame por mi nombre, Señor, para que corrija mi vida! ¡Para ver siempre el lado positivo de la vida y de las personas! ¡Para ser misericordioso con el sufrimiento de los que me rodean, para no ser altavoz de chismes ni cotillos, para no ser juez de nadie, para sostener las cruces de los que sufren a mi lado, para caminar de la mano del que me necesita! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Espíritu, Señor, a resucitar contigo de nuevo, para que la verdad reine siempre en mi vida, para que brille siempre la gloria de la misericordia en todas mis palabras, mis gestos y mis acciones, para que surja de mi corazón la comprensión hacia las personas y la bondad en todo lo que haga! ¡Hoy has resucitado, Señor, y ahora comprendo que no tengo que ir corriendo desconsoladamente a tu encuentro, ni mover las piedras de la vida, ni inquietarme por lo que sucede ni preguntarme dónde te has metido, porque para encontrarte a Ti basta con ponerme interiormente en tu presencia y exclamarte con amor sincero: «¡Aquí estoy, Señor, para lo que quieras de mí, para servirte y para servir, para amarte y para amar!» y sé que con esto comenzaré de nuevo contigo! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Acompaña esta meditación el Oratorio de C.P. Bach sobre la Resurrección y Ascensión de Cristo, en este día tan bello que celebramos hoy:

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