El lavatorio de pies, releído unos días después

Releo detenidamente, saboreando cada palabra, ese pasaje tan extraordinario en el que Jesús, ceñido con el milagroso manto de la humildad, arrodillado ante sus discípulos —frente a los hombres, en realidad— les lava los pies abajándose hasta el extremo. Es una de las más impresionantes escenas de servicio y de profundo amor que nos legó Jesús.
Cada una de las palabras del Señor, cada uno de sus gestos y ademanes, cada vez que toma los pies de cada uno de los doce y los lava y seca con delicadeza tiene la fuerza de transformar lo sencillo en un evento de gozosa belleza. Jesús, servicial y sumiso, como un esclavo silencioso, toca nuestros pies con sus manos delicadas y besa esos pies cansados que recorren los caminos de la vida, algunos acertados y otros errados. Y Jesús se pone de rodillas y reza al hombre que ha creado el Padre del barro de la tierra. Es el mismo Dios quien se postra ante la criatura creada a su imagen y semejanza. Que polvo es y en polvo se convertirá.
Es un derroche de amor que estremece. Es el sello de una actitud que compromete para toda la vida, un actitud vivida hasta el final. Jesús no sólo lava nuestras manchas con el agua del amor sino que reza al ser que ha creado, y besa nuestros pies como besaría nuestro corazón para que sintamos como el Dios arrodillado escuche el sentido del servicio. Es un gesto que nos hace comprender la grandeza del servicio a los más pequeños sin esperar gratificación alguna.
Pero yo, enredado como estoy diariamente en las cosas del mundo, en los sucesos de lo cotidiano, no soy capaz de recordar esta escena estremecedora. No soy capaz de ceñirme el paño de la comprensión y de la fraternidad, del servicio y de la entrega, para lavar con humildad los pies de los que tengo cerca que es a lo que de verdad debo servir. No soy capaz de colocarme en esa escena y ser consciente de quién soy y lo que soy y qué quiere Dios de mí. No soy capaz de ponerme de rodillas y aplacar mi soberbia y mi orgullo para mirar desde abajo. Y así, es difícil comprender para lo que uno ha sido llamado: para servir, para vivir amando.
Y, así, uno entiende que tiene que despojarse del yo, aparcar la comodidad del querer ser servido y ponerse en acción. E inclinarse como hizo Dios, para alzando desde abajo los ojos al que sirves, comprender que en esos mismos ojos está el Señor. Si quiero ser verdaderamente un discípulo fiel, un discípulo contemporáneo del Señor, he de ser un siervo que sea capaz de lavar cada día los pies de aquellos que junto a mí caminan por el sendero de la cotidianeidad.

lavatorio pies

¡Señor, tú me has hecho para amar y para servir porque es el mandamiento nuevo que nos has dado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar sin esperar nada, de ponerme al servicio desinteresado de los demás, de no hacer distinciones! ¡Quiero, Señor, dar cabida en mi corazón a todos los que se crucen en mi camino! ¡No permitas, Señor, que nunca aparte a nadie de mi mesa! ¡Ayúdame, Señor con la gracia del Espíritu Santo, a ser generoso siempre, a dar sin calcular, a servir sin esperar recompensas y aplausos y con alegría y servicio sencillo, a devolver siempre bien por mal, a amar gratuitamente, a acercarme al que menos me gusta, a donarme con generosidad al que más me necesita! ¡Y hacerlo para recibir la recompensa que más anhelo: tenerte en lo más íntimo de mi corazón! ¡Y a Ti, Padre, quiero darte las gracias! ¡Gracias porque me siento lavado por tu amor a través de Cristo, Tu Hijo! ¡Que este sentimiento me permita salir de mi mismo, de mis sufrimientos y mis miedos, para crecer en mi vida cristiana y ser don para los que me rodean!

Os doy un mandamiento nuevo, cantamos hoy acompañando esta meditación:

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